domingo 18 de octubre de 2026
Opinión

A 7 años del Estallido Social: la historia oculta detrás del triunfo del Rechazo en 2022

A siete años del Estallido Social existe una dimensión sobre la cual sabemos bastante menos: mientras Chile discutía su Constitución, otra disputa se desarrollaba todos los días en nuestros teléfonos.

18 de octubre de 2026 - 07:00

El 18 de octubre de 2019 Chile cambió. Millones de personas salieron a las calles y comenzaron a discutir sobre pensiones, salud, educación, desigualdad y una Constitución escrita bajo la dictadura civil-militar liderada por Pinochet. Un año después, cerca del 78% votó por cambiarla. Dos años más tarde, el 62% rechazó la propuesta que debía reemplazarla. ¿Qué ocurrió entre ambos momentos?

La respuesta más repetida apunta a la Convención. Sus errores, sus escándalos, algunas propuestas controvertidas y una creciente distancia con parte de la ciudadanía explican una parte importante de lo ocurrido. También cambiaron las condiciones políticas y económicas del país.

Pero a siete años del Estallido Social existe una dimensión sobre la cual sabemos bastante menos: mientras Chile discutía su Constitución, otra disputa se desarrollaba todos los días en nuestros teléfonos.

Las campañas digitales no nacieron en Chile. Steve Bannon había comprendido años antes que las redes sociales estaban modificando profundamente la forma de hacer política. Dirigió Breitbart, estuvo vinculado a Cambridge Analytica y terminó encabezando la exitosa campaña de Donald Trump en 2016. Más que inventar una nueva ideología, entendió el enorme valor político que comenzaba a tener algo que todos regalamos diariamente: nuestra atención.

Cambridge Analytica mostró hasta dónde podía llegar esa transformación. Los datos obtenidos sin autorización de millones de usuarios de Facebook fueron utilizados para construir perfiles personalizados y desarrollar estrategias de segmentación política. Ya no era necesario hablarle de la misma manera a todo un país. La tecnología permitía conocer audiencias, dividirlas y ofrecer mensajes distintos según sus intereses, preocupaciones o temores.

Bannon comprendió además el valor de saturar la conversación. Su conocida fórmula de “inundar la zona ” consistía en llenar el espacio informativo de acusaciones, sospechas, verdades a medias y falsedades. En ese escenario, la verdad comenzaba a competir en condiciones cada vez más desiguales con la capacidad de hacer circular un mensaje, repetirlo miles de veces y conseguir que llegara precisamente a quienes estaban dispuestos a creerlo todo.

Ese aprendizaje no quedó encerrado en Estados Unidos. En América Latina aparecieron agencias especializadas en campañas digitales. El reciente caso del argentino Fernando Cerimedo volvió a poner sobre la mesa una discusión que la región lleva años postergando: bots, trolls, cuentas automatizadas y estrategias destinadas a conseguir algo especialmente valioso en las redes sociales: relevancia.

Chile tampoco estuvo al margen de esa transformación. Durante la campaña constitucional de 2022 circularon afirmaciones falsas sobre el fin del derecho de propiedad sobre las viviendas, la supuesta apropiación de los fondos previsionales individuales, el fin del sistema de salud privado, entre otras materias supuestamente contenidas en la propuesta constitucional.

El texto constitucional podía ser cuestionado, claro que sí. Eso forma parte de cualquier democracia. Sin embargo, investigaciones periodísticas documentaron también la circulación de contenidos falsos y engañosos durante el proceso. El propio Servel debió enfrentar la propagación de noticias falsas en redes sociales, aunque sus facultades no le permitían investigar todas las formas de manipulación de la conversación digital.

Una investigación de CIPER permitió conocer antecedentes todavía más inquietantes. Según registros del Servel, el socio chileno de Fernando Cerimedo aportó cuatro millones de pesos a una organización que financió propaganda por el Rechazo. La investigación identificó al menos tres afirmaciones falsas y dos engañosas en esa propaganda. No estamos hablando solamente de rumores que circularon espontáneamente por internet, sino de información falsa difundida mediante una campaña financiada.

Porque las redes sociales no son una plaza pública neutral. Facebook, X, Instagram, YouTube o TikTok seleccionan permanentemente lo que vemos. Sus algoritmos aprenden de nuestro comportamiento: registran qué miramos, qué compartimos, qué nos indigna, qué nos asusta y qué consigue mantenernos algunos segundos más frente a una pantalla.

La extrema derecha comprendió tempranamente las posibilidades políticas de ese escenario. No necesitaba esperar a que un ciudadano leyera un programa político o viera una entrevista de una hora. Podía llegar hasta él mediante un meme, un youtuber, un video de quince segundos o una polémica suficientemente atractiva para que el algoritmo hiciera el resto.

El proceso constitucional nació políticamente en la plaza y terminó disputándose también en la arena algorítmica. Todavía no sabemos con detalle cuánto incidieron estas estrategias en el resultado del plebiscito, pero las investigaciones recientes muestran que la desinformación no fue simplemente un fenómeno marginal de aquella campaña. Desde las ciencias sociales necesitamos reconstruir con mayores detalles aquellos años, sin ignorar que, mientras discutíamos lo que ocurría en la Convención, otra batalla se estaba desarrollando silenciosamente en nuestras pantallas.

Quizás esa sea una de las historias pendientes del 18-O. Mientras millones de chilenos habían ocupado las calles para exigir transformaciones, otros comprendieron que una parte decisiva de la disputa política se estaba trasladando a un territorio mucho menos visible: las pantallas de nuestros teléfonos.

A siete años del 18 de octubre, mira tu teléfono y pregúntate algo bastante más incómodo que si una noticia es verdadera o falsa: ¿por qué estoy viendo esto?, ¿quién consiguió que llegara hasta mí?, ¿cuántas veces lo he visto antes de empezar a creer que todo Chile piensa lo mismo?

Porque esa es una de las disputas centrales de la arena algorítmica: no solamente convencerte de algo, sino conseguir que creas que todos los demás ya están convencidos. La extrema derecha lo entendió antes. Y mientras tú haces scroll, ellos siguen, ahora desde La Moneda, jugando con ventaja.

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