Recientemente visité el distrito de Aguablanca, en Cali, Colombia. Uno de los sectores más pobres de la ciudad, y el corazón de su población negra. Allí viven cerca de 600 mil personas. En Cali, más de 650 mil se reconocen afrodescendientes, según el censo del DANE. Muchas familias llegaron allí huyendo de la violencia del Pacífico, y -en más de una ocasión- sin nada.
Pero en Aguablanca también funciona el Centro para el Desarrollo Tecnológico e Industrial (CDTI) del SENA, el servicio nacional de aprendizaje de Colombia. Su formación es gratuita, la financia el Estado y los aportes de las empresas.
Pude entrar a sus salas de clases, y si bien esperaba un edificio modesto, vi lo contrario. Hay cuatro áreas de formación. Todas con alta tecnología, equipos modernos y materiales en abundancia. Recursos que el Estado colombiano decidió poner justo donde viven los más pobres.
Hay un espacio de investigación vinculado a la empresa. Allí se desarrollan elementos de mecatrónica de todo tipo. No son ejercicios de pizarra. Son piezas pensadas para la industria. Los instructores enseñan con compromiso, los aprendices entienden la oportunidad. Lo vi en sus miradas. Saben que no habrá otra igual. Eso es esperanza real. Es educación pública, gratuita y de calidad, en el lugar donde más se necesita.
Entonces uno vuelve a mirar a Chile. Y duele. Llevamos décadas hablando de educación pública, discursos, comisiones, reformas. Pero lo concreto es que desde 1980 la educación pública pasó de un 78% al 36% de la matrícula escolar, según una columna publicada en CIPER. Y hoy en día las familias que pueden elegir se van. Quedan las que no pueden elegir.
Y ahí se origina buena parte de la desigualdad. No nace en la sala de clases. Nace en un sistema que fue dejando a la escuela pública con los niños más vulnerables y con menos respaldo.
Los resultados lo muestran. El SIMCE 2025 revela un sistema estancado, según Acción Educar. El nivel socioeconómico sigue siendo el principal predictor del éxito académico. En segundo medio, la distancia entre los estudiantes de nivel bajo y alto llega a 96 puntos. Ese número no mide talento. Mide el origen de cada niño.
Hay algo peor. Hay niños que ni siquiera aparecen en las mediciones. En 2024, uno de cada cuatro estudiantes de segundo medio no rindió al menos una de las pruebas SIMCE. Entre los más vulnerables fue el 32%, según CIPER. Quienes más necesitan que el Estado los mire son los que menos aparecen en sus estadísticas.
Tampoco están en la sala. En 2023, un tercio del alumnado tuvo inasistencia grave y más de 50 mil estudiantes se desvincularon del sistema escolar, según cifras del Mineduc. Más de cincuenta mil niños y jóvenes que el país dejó caer en un solo año.
Mientras tanto, el cambio avanza despacio. En 2017 el Congreso aprobó, con apoyo casi unánime, la ley que crea los Servicios Locales de Educación Pública, los SLEP. Debían estar instalados en ocho años. A comienzos de 2026 funcionaban 36, con más de 640 mil estudiantes. La meta oficial era terminar en 2029, con 70 servicios. Hoy el Congreso discute extender el proceso hasta 2040.
Esa extensión tiene un costo humano. Un niño que entró a primero básico cuando se aprobó la ley está hoy en primero medio. Terminará el colegio mucho antes de que el sistema esté completo. Y hay señales de que el modelo funciona. Según CIPER, los SLEP han revertido en algún grado la caída de matrícula y muestran mejoras en resultados. No fallamos por no saber qué hacer, fallamos por no hacerlo a tiempo.
Colombia no es un país sin problemas. Los tiene, y graves. Pero en este punto hizo algo que nosotros no logramos. Puso su mejor tecnología en el barrio más golpeado. Y la sostuvo por décadas. El SENA nació en 1957 y sobrevivió a todos los gobiernos.
Nosotros tenemos centros de formación técnica estatales. Tenemos gratuidad. Son avances reales. Pero nada de eso se parece a lo que vi: equipos de primer nivel, ligados a la industria, en el lugar donde más hacen falta.
Entonces la pregunta es simple. ¿Dónde están nuestros mejores recursos? ¿En los colegios que más los necesitan o en los que ya lo tienen todo?
Un país muestra lo que valora por dónde pone sus mejores recursos. Colombia los puso en sus jóvenes más pobres. Nosotros todavía lo estamos pensando.
Y los niños no esperan.