La vejez no se reduce a un asunto de horas en el consultorio, pastillas y cuidados. Es, ante todo, una etapa de la vida que exige sentido, autonomía y vínculos. Y ahí, el Estado tiene una deuda que saldar.
Diversos estudios han demostrado que participar en un club de lectura, taller artístico o asistir a un museo contribuye a un buen envejecer. Sin embargo, en Chile las políticas públicas asociadas al envejecimiento y la vejez siguen ancladas a un abordaje casi exclusivamente sociosanitario. Aunque los últimos gobiernos han incorporado a las personas mayores como grupo prioritario en iniciativas culturales, ninguna administración ha instalado la participación cultural como un pilar estratégico del envejecimiento activo y saludable.
El ministro de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Francisco Undurraga, ha dejado clara su postura: para él, el gasto que se estaba destinando a cultura era excesivo, "recortar sobre un gasto, no sobre una inversión, es mucho más fácil", planteó. Siguiendo su lógica, mientras todos los ministerios intentaban cumplir con la reducción del 3%, el Ministerio de las Culturas anunció un recorte presupuestario de casi el 10% para este 2026.
¿No habría sido más sensato redistribuir parte de ese presupuesto a actividades culturales para las personas mayores? Sobre todo si consideramos que Chile es el segundo país con mayor esperanza de vida en América —81,36 años según World Population Review—, pero la expectativa de vida saludable es apenas de 67,7 años. Es decir, vivimos más, pero no necesariamente mejor.
En países con políticas culturales más maduras, la conexión entre participación cultural y buen envejecer ya es una realidad. El programa The Arts on Prescription, nacido en los años noventa en el Reino Unido y hoy un pilar de la prescripción social, es un ejemplo claro: profesionales de la salud derivan a personas mayores a talleres de artes visuales, danza, teatro o música, guiados por artistas.
Durante 18 meses, el gobierno australiano financió esta experiencia en Sydney con personas de 65 años o más, y los resultados fueron contundentes. Los participantes no solo reportaron un impacto positivo en su bienestar mental, sino que experimentaron lo que las y los investigadores denominan "bienestar eudaimónico": recuperar un propósito, sentir crecimiento personal y establecer vínculos significativos.
Como gestora cultural he visto una y otra vez cómo las artes contribuyen al bienestar de este grupo etario. El ejemplo más reciente lo viví en cuatro residencias de larga estadía de la región de Valparaíso, donde coordiné clubes de lectura con el financiamiento del Plan Regional de la Lectura y la Editorial UV.
En todas las residencias nos dijeron lo mismo: actividades como estas son escasas o nulas, no hay personal ni presupuesto. Durante cuatro sesiones, una vez por semana, poemas de Jorge Teillier y diarios de vida escritos en pandemia dieron paso a la lectura en voz alta, a recuerdos que creían olvidados y a conversaciones profundas. Al terminar el club, las y los participantes nos pidieron volver, pues la lectura literaria les había hecho sentir mejor: más vivos, más acompañados.
Hace un mes, Chile dio un paso histórico con la promulgación de la Ley Integral de Personas Mayores y de Promoción del Envejecimiento Digno, Activo y Saludable, resultado de un largo y arduo trabajo de instituciones, organizaciones sociales y sobre todo de agrupaciones de personas mayores. Una ley que, hacia 2027, exigirá una nueva Política Nacional de Envejecimiento, un escenario perfecto para dar el giro que nuestro país necesita: que el buen envejecer reconozca, como un derecho, la participación de las personas mayores en actividades creativas, culturales y artísticas.
La escritora Sabina Berman y la antropóloga Lucina Jiménez, en su libro 'Democracia cultural', proponen que "se extienda a cada ciudadano el privilegio de una vida sensibilizada por las artes (...) ese derecho incluye la posibilidad de acercarse y utilizar el lenguaje artístico aunque no se vaya a ser artista".
Esa es la clave de este llamado a defender la inversión en cultura desde la vereda del envejecimiento saludable: comprender que la participación cultural es un derecho que debe ser garantizado por el Estado, sin importar la edad, el nivel socioeconómico ni educativo. Y al mismo tiempo, tomar conciencia del impacto profundo que tiene en el bienestar de las personas mayores.