Cuando aumenta el trabajo por cuenta propia tendemos a decir que aumentó el emprendimiento. Y cuando aumenta el emprendimiento femenino, tendemos a interpretarlo como una señal de mayor autonomía económica. Pero son tres cosas distintas. Trabajar por cuenta propia es, antes que nada, una categoría laboral. Nos dice de qué manera una persona está generando ingresos, pero no por qué llegó a esa actividad, si la eligió entre distintas alternativas, cuánto obtiene de ella ni en qué condiciones puede sostenerla.
Esa distinción importa especialmente frente a las últimas cifras de empleo. Mientras la ocupación total cayó 0,2% en doce meses, entre las mujeres aumentó 1%. Ese crecimiento estuvo impulsado principalmente por las trabajadoras por cuenta propia, que crecieron 8,1%. ¿Significa eso que más mujeres están emprendiendo y avanzando hacia una mayor autonomía económica? No necesariamente. Para responderlo necesitamos mirar algo que la categoría ocupacional, por sí sola, no nos dice: las condiciones en que ese trabajo se desarrolla.
La última Encuesta de Microemprendimiento muestra que el 60,8% de las mujeres microemprendedoras inició su actividad principalmente por necesidad, frente al 41,6% de los hombres. Entre ellas, la informalidad alcanza 59% y la ganancia mediana mensual es de $250.000.
Ninguno de estos datos, por separado, permite concluir que trabajar por cuenta propia sea una mala alternativa. Emprender por necesidad tampoco significa carecer de iniciativa, capacidades o aspiraciones. Una actividad que comenzó porque era necesario generar ingresos puede estabilizarse, fortalecerse, abrir nuevas oportunidades o transformarse con el tiempo.
Pero el punto de partida importa. No es lo mismo iniciar una actividad contando con capital, ahorro, tiempo y distintas alternativas laborales que hacerlo después de meses buscando empleo, cuando el ingreso del hogar ya no puede esperar. Tampoco son iguales las posibilidades de quien dispone de una reserva para enfrentar una enfermedad o una semana de bajas ventas que las de quien debe retirar diariamente de su actividad lo necesario para sostener a su familia.
Las nuevas cifras de desempleo hacen especialmente relevante esa diferencia. El tiempo promedio de búsqueda laboral de las mujeres alcanza 8,1 meses y el 20,4% de las mujeres desocupadas lleva doce meses o más intentando encontrar trabajo. En ese contexto, el crecimiento del trabajo por cuenta propia puede contener historias muy distintas: actividades elegidas, actividades iniciadas por necesidad y, probablemente, muchas trayectorias donde ambas motivaciones se combinan.
Incluso la propia estadística laboral está comenzando a reconocer que la frontera entre trabajo dependiente e independiente es más compleja de lo que parece. El INE incorporó recientemente la categoría de “contratistas dependientes ” para distinguir a personas que formalmente trabajan de manera independiente, pero mantienen dependencia económica u organizacional respecto de un tercero. La distinción es importante porque recuerda algo elemental: no tener empleador en el sentido tradicional no significa necesariamente tener mayor control sobre el propio trabajo.
Lo mismo ocurre con la autonomía económica. Ser autónoma no significa tener que resolver todo sola ni depender exclusivamente de los propios recursos. Significa disponer de información, control y alternativas suficientes para tomar decisiones de acuerdo con los propios objetivos. También implica poder movilizar apoyos, recurrir a redes y enfrentar una contingencia sin que una dificultad obligue a comprometer completamente la actividad o los recursos del hogar.
Por eso, frente al aumento del trabajo por cuenta propia femenino, la pregunta no debiera ser simplemente si estamos frente a una buena o una mala noticia. Debiéramos preguntarnos bajo qué condiciones se está produciendo. ¿La actividad genera un ingreso suficiente? ¿Permite mantener capital de trabajo? ¿Existe alguna reserva frente a una emergencia? ¿La persona puede acceder a financiamiento adecuado y comprender sus condiciones? ¿Cuenta con otras personas con quienes intercambiar información, pedir apoyo o desarrollar colaboraciones? ¿Y, sobre todo, tiene hoy más alternativas que antes?
Fortalecer a quienes generan ingresos por cuenta propia requiere algo más que promover la creación de nuevos emprendimientos. Requiere financiamiento responsable, herramientas de gestión, acceso a información y servicios, protección frente a contingencias y espacios donde puedan construirse redes de apoyo y colaboración. El indicador relevante no es cuántas mujeres dejaron de aparecer como desempleadas creando su propio trabajo. Es cuántas cuentan hoy con mayores posibilidades de decidir cómo quieren generar y sostener sus ingresos.