martes 01 de septiembre de 2026

Los bots no tienen libertad de expresión

Cuando cien bots parecen cien ciudadanos, cuando mil bots influyen más que una encuesta CEP, ya no estamos ampliando libertad; estamos falsificando democracia

1 de septiembre de 2026 - 18:45

La libertad de expresión que defendemos existe para proteger voces, no ejércitos ficticios. Fernando Cerimedo, consultor político vinculado a Javier Milei y a otros liderazgos de la nueva derecha latinoamericana, fue detenido recientemente en Bolivia en una causa por tentativa de femicidio. Durante allanamientos a inmuebles vinculados a él, la Fiscalía boliviana informó haber encontrado una “mini granja de bots”. Cerimedo niega operar bajo esa estructura.

Esta noticia debería interesarnos por algo más que el escándalo policial, pues nos obliga a volver a una vieja discusión de la política bajo condiciones completamente nuevas: ¿qué significa realmente defender la libertad de expresión cuando la conversación pública puede ser artificialmente fabricada? La respuesta fácil sería decir que toda expresión debe circular y que cualquier restricción constituye censura, pero esa respuesta supone algo que internet pervirtió hace tiempo: que detrás de cada voz existe una persona hablando como una persona.

Un bot no es un ciudadano, una cuenta falsa no vota. Un software no tiene dignidad, conciencia ni derecho a participar en el debate democrático. Quien controla cien identidades ficticias no está ejerciendo cien veces su libertad de expresión, está intentando convencer al resto de que existen cien ciudadanos donde en realidad existe uno.

Ahí cambia la naturaleza del problema. La libertad de expresión protege mi derecho a decir algo impopular, desagradable e incluso equivocado, no debería depender de que el Estado considere mis opiniones correctas. Pero la democracia también requiere que podamos distinguir entre una opinión y una operación. Entre alguien convenciendo a otros y alguien falsificando la existencia misma de esos otros. Porque el mercado de las ideas funciona bastante mal cuando algunos llegan con una voz y otros compran mil máscaras.

Chile ya tuvo un aviso.

Durante la última campaña presidencial, investigaciones periodísticas identificaron redes de cuentas troll que difundieron información falsa o tergiversada contra Evelyn Matthei, Jeannette Jara y el gobierno. La cuenta conocida como “Patito Verde” quedó vinculada a Patricio Góngora, mientras CIPER reveló que el administrador de “Neuroc”, otra cuenta relevante de esa red afirmó mantener contacto habitual con el community manager de José Antonio Kast.

Lo preocupante es que una democracia empiece a acostumbrarse a que identidades anónimas coordinadas difundan falsedades, hostiguen adversarios y construyan artificialmente tendencias que luego los propios ciudadanos interpretan como estados reales de la opinión pública. La mentira siempre ha existido, lo nuevo es su industrialización. Antes podíamos mentir gritando en una plaza, hoy podemos fabricar miles de plazas imaginarias en el aire.

La segunda gran preocupación son los discursos de odio: amenazas; incitación directa a la violencia; hostigamiento sistemático; suplantación; operaciones coordinadas de identidades falsas; automatización destinada a manipular artificialmente la conversación pública. Regular aquello no significa convertir al Estado en árbitro general de la verdad; significa proteger las condiciones mínimas que permiten que ciudadanos reales puedan formar libremente sus propios juicios.

Debemos levantar el derecho a recibir información veraz. Ninguna autonomía es demasiado auténtica cuando la realidad sobre la cual decidimos ha sido deliberadamente falsificada. Como ciudadanos se ha sumado otro poder al cual también debemos mirar con sospecha: quien puede controlar infraestructura digital suficiente para inundar el espacio público, fabricar consenso, elevar mentiras y sepultar voces auténticas debajo de una multitud inexistente.

Frente al Estado debemos exigir que no se decida arbitrariamente qué podemos pensar. Frente a las plataformas debemos exigir transparencia, no complicidad. Frente a quienes utilizan tecnología para simular ciudadanos debemos aprender a decir firmemente: un bot no tiene libertad de expresión. La tiene quien programa, pero solo una vez y con su propia voz.

La libertad existe para que todos podamos entrar al espacio público, no para quien tenga más dinero, tecnología o capacidad de coordinación entre cien veces disfrazado de los demás. Porque cuando cien bots parecen cien ciudadanos, cuando mil bots influyen más que una encuesta CEP, ya no estamos ampliando libertad; estamos falsificando democracia.

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Protesta del 11 mayo 1983 / Crédito: @SergioGrezToso

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