Ese diagnóstico lo llevó a mirar hacia adentro, y a hacerlo desde el mismo terreno que analiza: desde 2024, tras el triunfo de Milei, escribió en su cuenta de Instagram los fragmentos que hoy conforman su último libro. A su juicio, el problema de los progresismos no fueron sus banderas, sino la superioridad moral desde la que hablan y la falta de voluntad política de sus gobiernos. Por eso rechaza a quienes, desde la propia izquierda, proponen abandonar el feminismo, el ambientalismo o las luchas indígenas: para él, son parte central de las luchas populares y la contracara del capitalismo informal y extractivista de hoy.
La ironía como permiso
—En Fascismo cosplay hablas del consumo irónico del fascismo. Elon Musk hace el saludo nazi y luego dice que era el saludo romano; en Chile, hay jóvenes en TikTok que reivindican a Pinochet desde el humor. ¿Cómo se expande la ultraderecha a través de la ironía?
El consumo irónico es algo así como la etapa superior del cinismo neoliberal. El cinismo era una excusa para la desafectación; el consumo irónico es un permiso para la adhesión. Ninguno de los dos cree en aquello que le concierne. Pero, a diferencia del cínico clásico, el consumidor irónico adhiere, de una manera entre lúdica y provocadora.
Las ultraderechas actuales tienen una astucia que yo llamo “astucia cosplay”: son capaces de reírse de sí mismas. Eso desentona con la memoria que tenemos de ellas en el siglo XX, que no tenían esa desfachatez.
—Ya no tienen la verticalidad de antes.
Exactamente. Y la verticalidad es la jerarquía. Es como si la ultraderecha, más allá de sus implicancias políticas, hubiese resuelto un dilema comunicacional: ¿cómo se construyen jerarquías en ecosistemas de comunicación absolutamente desjerarquizados?
—De la Espriella o Milei hablan con la desfachatez que lo podría hacer cualquier persona más allá de ser autoridad.
Y eso conecta con los negacionismos que resurgieron desde la pandemia: el de la ciencia, el de las vacunas, los terraplanismos varios. Vinieron a cuestionar la jerarquía del discurso científico, ligada al Estado y la razón ilustrada. Hoy cualquier jerarquización de los discursos se denuncia como un gesto antidemocrático, y la democracia queda asociada a esta descomposición de la palabra. Lo dice Agustín Laje, uno de los ideólogos de la ultraderecha argentina: X le devuelve la palabra al hombre común.
Electorados que solo saben decir que no
—La ilustración oscura ligada a los tecnoligaracas sostiene que la izquierda capturó las instituciones, los medios y la universidad, lo que llaman “la catedral”. Estas derechas llegan con un discurso antijerárquico que invierte el viejo esquema de una izquierda democratizadora frente a una derecha jerárquica. En ese contexto, ¿qué rol le toca al progresismo?
Ahí la cosa se pone espesa. La democracia implicó siempre un gesto de desjerarquización y empoderamiento de las clases populares. Por eso los progresismos se sienten entrampados: quedamos del lado de las reivindicaciones conservadoras, defendiendo las instituciones. Y empezamos a preguntarnos por la relación entre democracia y nihilismo. Hoy los electorados saben lo que no quieren, pero no saben lo que sí quieren.
—Y los electorados terminan votando siempre por la oposición, sin que nadie logre construir un proyecto.
En Argentina hay dos interpretaciones de lo que está pasando. Una es que la ultraderecha arrasa en todo el continente; es la que más le conviene a Milei. La otra es que los oficialismos caen y, como dice alguien por ahí, en América Latina estamos scrolleando gobiernos.
Para mí, lo segundo es más alarmante. Significa que, incluso cuando votamos gobiernos progresistas, lo hacemos bajo una gramática nihilista que siempre trabaja para la ultraderecha. Lo que el caso de Brasil nos dijo es que el problema no era Bolsonaro, sino el bolsonarismo. Lo que se descompuso es la gramática de lo político, y para pensar programas primero hay que entender qué tipo de subjetividad se está formando hoy.
El voto calificado es el sueño húmedo del progresismo indignado El voto calificado es el sueño húmedo del progresismo indignado
La trampa de la superioridad moral
—El progresismo suele responderle a la ultraderecha desde el “nosotros no hacemos discurso del odio”. ¿No reproduce eso la misma lógica de la polarización?
Si los progresismos tienen un programa, es no estar en el lugar en que la ultraderecha quiere ubicarnos: el de la superioridad moral. Ahí es donde la ultraderecha prospera. Viene a decir “miren a estos que los humillan”, y se convierte en herramienta de humillación de los humilladores, que somos nosotros. Teníamos la bandera de lo popular, traicionamos esos electorados y encima les decimos que votaron contra sus intereses. Para mí eso es la máxima aberración.
——Como cuando se les dice “disfruten lo votado” a los sectores populares que votaron por esos gobiernos de ultraderecha cuando sus políticas terminan siendo contrarias a sus intereres. A esos sectores populares se los pone en una posición de "falsa conciencia".
Exactamente. Y ahí le doy la derecha a la ultraderecha. Incluso entre amigos y colegas uno nota que el voto calificado es el sueño húmedo del progresismo indignado. Eso es muy grave, porque ahí la ultraderecha tiene toda la razón. Se muestra su costado plebeyo, que es real: “¡Vamos, decime fascista! ¡Qué importa!”. En cambio, nosotros tenemos que politizar, y eso implica abrir una interlocución con el votante de ultraderecha que tendemos a clausurar.
—Lo contrario de establecer un cordón sanitario, que al final es el de las clases medias y medias altas que no quieren mezclarse con la masa bárbara.
¡El cordón sanitario déjenselo a los higienistas! Es un término espantoso. La idea de la barbarie que irrumpe es clasista y también antijuvenil: están los bárbaros que votan contra sus intereses y los bárbaros que ya no leen.
Hay que hablar de los pibes de 18 a 30 años que votan sin haber leído un diario en su vida. El mundo del trabajo se transformó y la construcción de una conciencia política también. Hay una cosa de la inmediatez de las redes con la que nosotros no sabemos qué carajo hacer, porque para nosotros la inmediatez equivale a irreflexión.
Yo tengo un hijo de 15 años que muy probablemente no vote ultraderecha, pero su cabeza es la misma que la de ese votante Yo tengo un hijo de 15 años que muy probablemente no vote ultraderecha, pero su cabeza es la misma que la de ese votante
La izquierda frente a las redes
—¿Cómo se hace política progresista frente a esa aceleración que vivimos en el espacio público?
Hay una afinidad entre las nuevas tecnologías de la comunicación y ciertas formas de conciencia política de ultraderecha, es difícil negarlo. Pero esa inmediatez está ligada al malestar y a electorados volátiles, y de eso necesitamos un diagnóstico real. No de la falsa conciencia ni de los nuevos bárbaros. ¿Cómo le vas a decir al trabajador informal de hoy que el bárbaro es él y no el sistema de trabajo informal? Es una locura.
—Antes la izquierda tenía claro a quién enfrentar: al dueño de la fábrica. Hoy el poder está en manos de tecnoligarcas como Elon Musk y de consorcios globales. ¿Por qué le cuesta tanto armar un discurso frente a ellos?
La primera manera en que la izquierda lo esquiva es tratando a la tecnología como tema y no como gramática. Enseguida sacamos la bandera de la soberanía tecnológica y nos quedamos tranquilos. Esa discusión hay que darla, pero antes hay otra pregunta: ¿qué subjetividades transformó la tecnología? Ahí hay que dialogar y volver a seducir
Discutir con Elon Musk nos deja en el papel de espectadores, fascinados con esos personajes. Pero la tecnología es una nueva gramática. Yo tengo un hijo de 15 años que muy probablemente no vote ultraderecha, pero su cabeza es la misma que la del votante de ultraderecha. Esa nueva subjetividad, transversal, es lo que tenemos que pensar.
—Así como la izquierda del siglo XIX pensó una nueva subjetivación tras la Revolución Industrial, ¿habría que pensar una nueva subjetivación frente a la revolución digital?
Totalmente. Pero seguimos con las pautas de la ciudadanía letrada: el periódico, el teatro obrero. Todo lo que excede ese universo no lo vemos como la oportunidad de un nuevo salto en la conciencia anticapitalista, sino como invasiones bárbaras. ¡Bárbaras! La superioridad moral progre nos deja en un lugar reactivo, casi ludita, que nos impide leer las novedades de la época para ponerlas al servicio de un proyecto emancipatorio.
Cuando me dicen que las banderas progresistas son identitarias, ahí detecto a la ultraderecha Cuando me dicen que las banderas progresistas son identitarias, ahí detecto a la ultraderecha
El progresismo antiprogresista
—Ante el avance de la ultraderecha, hay progresistas que proponen abandonar el feminismo, el ambientalismo o el indigenismo. En Argentina, Guillermo Moreno, del ala de derecha del peronismo, tiene un trabajo brutal en redes, y hay un peronismo joven, del streaming, que quiere volver a esos movimientos de masas de vieja usanza. ¿Cómo ves ese fenómeno?
Es lo que llamo progresismo antiprogresista, una reacción fallida ante el avance de la ultraderecha. La pregunta es cómo ejercemos la autocrítica. Para mí, nuestros gobiernos no tuvieron la voluntad política de llevar adelante nuestras banderas. Para el progresismo antiprogresista, el problema fueron las banderas mismas. Y esa es justamente la descripción de nuestra derrota que ofrece la ultraderecha.
Su gran cosplay es la idea de lo woke. Convierte luchas que diversificaron la crítica al capitalismo en luchas identitarias. Según ese relato, la izquierda armó un supermercado de identidades, y la ultraderecha responde: “Nosotros sí empoderamos a la ciudadanía”. ¿Cómo? Con el emprendedurismo. Depende de ti. Y todo cierra. ¡Es perfecto!
—Y si se elimina lo woke, ¿a qué hay que volver?
Volver al discurso de clase, que pareciera traerlo de vuelta Trump. Es la alianza de la derecha más radical con el trabajador blanco despreciado por la superioridad moral progre, que vuelve convertido en un supremacismo blanco popular. En Argentina lo dice Moreno: hay que volver a un peronismo mitificado y barrer con toda esta porquería progresista. Volver a pegarle a la mujer y tomar vino con soda de sifón. Ridículo.
Yo les contrapregunto: ¿quién habló de clase en Argentina en las últimas décadas? ¿Quién discutió la deuda, que hoy explotó por la morosidad de las familias trabajadoras? El feminismo, desde hace por lo menos 20 años. El feminismo nunca dejó de ser una teoría del capitalismo. Cuando me dicen que es una lucha identitaria, me dan ganas de romper vidrios.
—En Chile, la discusión sobre el modelo productivo y el extractivismo también viene de los ambientalismos. No es una cuestión identitaria, sino una discusión de fondo sobre el sistema productivo.
Y de los pueblos originarios, que parece lo más identitario de todo. En Argentina, una de las últimas grandes movilizaciones fue contra la reforma a la Ley de Tierras. Ahora que Vaca Muerta, el litio y las tierras raras son fundamentales, nos acordamos de esos territorios que nos pasaban por el costado. Y quienes militaron otro sentido del territorio fueron las comunidades originarias. Cuando me dicen que las banderas progresistas son identitarias, ahí detecto a la ultraderecha.
Reconectar con la lucha de clases
—Hay también una elitización de cierto progresismo. En Chile les decimos ñuñoínos; en Argentina, palermitanos, y en Francia, bobos, por burguesía bohemia. ¿No hicieron esas élites de las banderas identitarias una forma de distinción de clase?
Es una discusión correcta, y hay que aprovechar esta avanzada para una autocrítica del clasismo inscrito en el progresismo militante. Preguntarnos en qué momento transformamos luchas estructurales en luchas meramente identitarias. Pero de ninguna manera se trata de bajar esas banderas, porque fueron las que conservaron viva la memoria de la lucha de clases cuando la clase trabajadora se desarmaba.
Es de ida y vuelta. Los progresismos con tendencia identitaria tienen que recibir el cachetazo de una lucha de clases que llegó de manera salvaje, de la mano de la ultraderecha. Pero también al revés: el trabajador de mameluco ya no existe. El feminismo nos recuerda que el trabajador de hoy es informal. Los ambientalismos, que la agenda no es solo cómo distribuimos, sino también cómo producimos. Y los movimientos indígenas, que la tierra nunca estuvo ahí gratis: no es un recurso.
En ese encuentro entre la lucha de clases tradicional y la que plantean las banderas progresistas creo que puede darse la renovación que necesitamos.