lunes 15 de junio de 2026

Darío Quiroga: "El progresismo todavía está caminando por el desierto y eso puede ser un proceso no tan corto"

En conversación con El Desconcierto, el sociólogo y conductor de 32 Minutos, Darío Quiroga, analizó el fenómeno de las ultraderechas a nivel global y su impacto en Chile. Advirtió además que el progresismo enfrenta una crisis de fondo que va más allá de ciclos electorales.

15 de junio de 2026 - 10:00

    En las oficinas de El Desconcierto, el sociólogo Darío Quiroga se sentó a conversar sobre uno de los fenómenos políticos más urgentes del momento: el ascenso de las ultraderechas y el extravío del progresismo. Conductor de 32 Minutos junto a la destacada periodista Alejandra Matus, y voz reconocida del análisis político en Chile, Quiroga ofrece una lectura que incomoda por igual a izquierdas y derechas: el problema no es táctico, es cultural, y la salida tampoco será rápida.

    "El gobierno de Gabriel Boric fue un tiempo en que la izquierda gobernó, y básicamente lo que hubo fue un retroceso en las ideas del progresismo", sentenció. Y para salir del atolladero, propone simplificar los mensajes, dar la batalla cultural en terrenos concretos como el CAE o la ley de incivilidades, y reconectar con los sectores populares.

    El fenómeno de las ultraderechas

    - ¿Qué es lo más complejo o difícil de procesar de este período político?

    A riesgo de repetirme, creo que todavía no hemos entendido bien el fenómeno de las ultraderechas. No es simplificable. Lo que ha hecho es cambiar la forma en que se entiende la política. Cuando uno dice "ultraderecha" podría haber hablado de procesos de desencantamiento o desafección política, pero creo que las ultraderechas, vistas como fenómeno global, cuando miras las figuras más evidentes de nuestro continente —Trump, Bolsonaro, y con distintas derivaciones un Bukele— hay ciertas lógicas que suponen una destrucción de la política.

    Es muy raro, porque hay gente que participa en política pero que desprecia la política. Y no en el sentido de la derecha clásica, que es economicista: creen en la iniciativa privada, viene el empresario, es candidato, forma un partido. Eso es la derecha clásica, conservadora. De repente aparecen estos fenómenos de las ultraderechas que son, a mi juicio, jabonosos. Lo que hay ahí es un desprecio de la política, entendiendo que en la política hay puros flojos, puros vagos. La casta, como le dice Milei.

    - ¿Y cuál es el motor de esas ultraderechas?

    Lo que necesitan es exacerbar el conflicto. La derecha tradicional no lo hace necesariamente, la izquierda tampoco, aunque puede hacerlo coyunturalmente. Pero el germen de la ultraderecha es vivir en el conflicto. Los sentimientos y emociones que generan en quienes los siguen son, en general, emociones de odio: hacia el migrante, el homosexual, la feminista.

    Cualquier cosa que en determinados mundos se vea como rara genera distancia, rencor, odio. Por eso, sin ser lo mismo, hay un aroma que nos recuerda —como humanidad ya lo vimos— la emergencia de los fascismos en la primera mitad del siglo XX, que fueron horadando, construyendo relatos que siempre mostraban que había un enemigo.

    El extravío del progresismo

    - ¿Está entendiendo la oposición y el progresismo chileno esa dinámica?

    Creo que nos falta. Pero no haría una crítica liviana de decir que la izquierda simplemente no entiende. También quienes están en el mundo de la política, en el Parlamento, en los partidos, tienen cierta lógica de burbuja, muy tensionada por la siguiente elección, con cierta miopía política por ese enclaustramiento y poca conexión con lo social. Pero sería injusto hacer solo esa lectura. Porque este fenómeno tiene también que ver con dispositivos tecnológicos. El celular está cambiando la forma de ser humano. Cómo uno construye su imagen, cómo se relaciona. Las ultraderechas llegan a rascar donde pica, en ese contexto más profundo.

    - ¿Y cómo se traduce eso en las elecciones? Lo vimos con el tema de seguridad como eje dominante.

    En Chile, en la última elección, el tema número uno para el 70% de la población era la delincuencia, y el número dos era la migración, íntimamente asociados. En serio, ¿de verdad en la vida cotidiana ese es el problema principal, por encima de salud, educación, beneficios sociales, el temor a la vejez? No necesariamente, pero está instalado.

    Y cuando eso está ahí, se hace muy difícil para la izquierda y el progresismo salir de ese marco. Las izquierdas han tenido que asumir la agenda de seguridad porque si la tiene la ciudadanía, hay que mirarla. Pero capturadas por esa agenda, pierden terreno en la disputa más amplia. Tengo la sensación de que estamos todavía caminando por el desierto, y puede que sea un proceso no tan corto, más allá de que la siguiente elección se pueda ganar o perder.

    - ¿Por qué dices que ganar o perder elecciones no es lo central?

    El gobierno de Gabriel Boric fue, desde el punto de vista más allá de sus intentos —uno podrá valorarlos—, un tiempo en que la izquierda gobernó cuatro años, y básicamente lo que hubo fue un retroceso en las ideas del progresismo. Entonces no tiene tanto que ver con ganar o perder elecciones; son procesos.

    Uno puede estar en la oposición y tener capacidad de instalar temas que sean agendas de la izquierda. Como pasó hace 15 años con la gratuidad universitaria y el lucro en la educación: fue avanzando, avanzando, incluso bajo un gobierno de derecha, porque se fue instalando en la sociedad. Hoy estamos en un período de reflujo. Lo que está de fondo —y me parece lo más interesante que hay que mirar— son los fenómenos, no los ciclos electorales.

    El gobierno de Kast y la batalla cultural

    - ¿Cómo lees al gobierno actual? ¿Qué están haciendo ellos que la oposición no hace?

    Lo que fue el inicio del gobierno Kast reveló rápidamente sus costuras. La razón principal por la cual fue electo —control migratorio y seguridad— quedó en segundo plano. Develaron que vinieron a hacer cambios en la economía para reinstaurar básicamente el proyecto de los Chicago Boys de hace 50 años. Y lo están haciendo con una disposición notable a dar disputas culturales.

    El tema del CAE es un ejemplo: saben que sí, que hay que pagar, van a endurecerse con las capas medias y sectores populares, pero la reforma tributaria al mismo tiempo le hace la vida fácil a las grandes fortunas. Están disponibles a asumir esos costos sin asco, porque van por la economía, que es lo que les interesa, y lo hacen en lo que uno llama, a falta de mejor nombre, la batalla cultural.

    - El ejemplo concreto de la ley de incivilidades lo ilustra bien...

    Es una aberración. Hay una medida donde parte de la pena sería la disminución de beneficios sociales como la gratuidad universitaria. Es una brutalidad. Los dos rompen un semáforo: uno en Cerro Navia, otro en Las Condes. Los dos son condenados aparentemente a lo mismo, pero no: a uno se le quita la gratuidad, que no necesita porque va a pagar igual, y el otro no va a poder estudiar. Pero un 62% de la gente apoyó esa medida, según encuestas recientes. Eso muestra que la discusión política que hay que ganar es esa, y eso no es una elección. Eso es ganar con tus ideas.

    La tarea del progresismo

    - ¿Y hay condiciones para ese populismo de izquierda que algunos proponen como alternativa?

    El concepto de populismo no me parece una mala palabra. Entiendo que es parte de las tradiciones de lo que se podría llamar la izquierda. El peronismo y el kirchnerismo son el caso prototípico: no fue una campaña de marketing político, fue una convicción de cómo había que avanzar.

    Hay que mirar esos ejemplos, pero lo que no haría es que eso se tradujera en una lógica de subestimación implícita, donde uno dice: "Como no puedo convencer con mis ideas, voy a acomodarlas para convencer". De ahí a que eso pueda constituirse como un corpus político real, lo veo difícil.

    - ¿Qué propones entonces concretamente para el progresismo chileno?

    Te doy cuatro elementos. Primero, mirar con atención lo que hace el gobierno, ver en qué no estamos de acuerdo y salir a defenderlo con claridad, no solo con una defensa reactiva para la tribu, sino con capacidad de llegar más allá del 30% ya convencido. Segundo, simplificar. No vulgarizar, no prometer cosas que no se pueden cumplir, pero sí simplificar. Eso es clave.

    Tercero, mirar los temas emergentes que tú planteas —la transformación del trabajo, la inteligencia artificial, el miedo a la cesantía, la crisis climática— más allá de lo que la encuesta del fin de semana te dice. Cuarto, y quizás lo más difícil: generar discursos más unitarios. Las izquierdas en buena hora son más complejas, pero esa complejidad no nos puede impedir conectarnos con los sectores que la izquierda intenta representar fundamentalmente, que son los sectores populares. Es fácil de decir, difícil de hacer, y todavía sigue siendo una paradoja.

    El ecosistema de medios alternativos

    - ¿Qué rol juegan los medios alternativos como El Desconcierto, 32 Minutos, u otros en todo esto?

    No hay posibilidad, si uno quiere enfrentarse a los grandes medios, sin dedicarle energía. Militar en lo que sea implica muchas horas. Si es por medios, tienes que armar los tuyos o apoyar los que existen. Hay distintas maneras de hacerlo, pero probablemente hay que meterse la mano al bolsillo y destinar tres, cinco o diez lucas al mes —o más, para quien pueda— para apoyar uno o dos medios.

    Si no, no hay alternativa. Luksic tiene un canal y pierde plata y sigue siendo negocio. Es raro: es un tremendo empresario que tiene un negocio que pierde siempre. Entonces uno entiende que no es un negocio en el sentido clásico, sino otra cosa.

    *Puedes ver la entrevista completa en esta nota o en el canal de Youtube de El Desconcierto.

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