martes 13 de octubre de 2026
Opinión

Vivimos tiempos fascistas

El fascismo desnuda el capitalismo, lo exhibe sin pudor ni vergüenza. Por ello, lo urgente es resistir, reorganizarse y rearmarse para evitar la desbandada y el colaboracionismo; replegarse para enfrentar la «tormenta», como plantea la lucidez zapatista.

13 de octubre de 2026 - 05:00

Vivimos tiempos fascistas. Domina ya un poder grotesco en muchas partes del mundo. La reciente victoria provisional de Flavio Bolsonaro es solo una de sus expresiones. El fascismo, con sus múltiples máscaras y estilos, no es ya una mera posibilidad frente a la cual habría que precaverse. Es una realidad en muchos países y, otra vez, es la realidad más probable en muchos otros. Las mejores advertencias y los peores presagios ya se cumplieron.

Y no es solo porque hayan llegado al poder del Estado líderes absurdos con ideas aberrantes, sino porque una parte importante de las sociedades está expresando su propia pulsión fascista: la está aceptando, la está gritando, la está actuando. El fascismo fascina: su espanto, hechiza. Las masas se dejan seducir, como hace cien años, por el autoritarismo y la crueldad. El deseo fascista se hace transparente.

Domina otro capitalismo, otras derechas y otros fascismos. En Chile no son las derechas aparentemente sumisas, hipócritamente democráticas de la posdictadura. Son las derechas actuales, desembozadas, orgullosamente autoritarias y ultraliberales, reivindicadoras de asesinos como Krassnoff y dispuestas a destruir otra vez la República y repetir la matanza.

¿Es necesario mencionar más evidencias? Y, para no caer en las ingenuas imágenes épicas de un pueblo unido antifascista, hay que recordar, con tristeza pero con realismo, que esas derechas y su proyecto siempre contaron y cuentan con el apoyo de una importante porción de la población.

No es inútil denunciar al que desarma instituciones, al que miente con descaro, al que desmantela las formas comunes de convivencia, al que desprecia la justicia social, al que margina y ataca a los débiles y desvergonzadamente defiende a los fuertes. No es inútil denunciar al cruel y grotesco agresor, al que quiere gobernar a través del dolor, pero la denuncia ya no es lo urgente. Es importante, pero ya no es lo urgente.

La denuncia convive con el esperancismo, es decir, con una confianza ingenua en el advenimiento de un futuro que, por la virtud intrínseca de las reglas de la democracia liberal, lograría domesticar a la bestia, principalmente a través de los votos. Y, hasta ahora, esto se ha mostrado totalmente ineficaz e impotente: los resultados están a la vista. Los fascismos no paran de crecer, tanto en el espacio electoral como en la subjetividad colectiva.

Desgraciadamente, abundan también los que todavía quieren tolerar a los intolerantes. Y, peor aún, no son pocos los colaboracionistas y conversos, activos o pasivos, que, por ejemplo, participan en sus «comisiones» ideológicas disfrazadas de comisiones técnicas. Todos olvidan que el fascismo representa el grado cero del diálogo y que su vocación es el control absoluto del poder y el gobierno mediante el miedo y el dolor.

¿No han analizado nuestros dialogantes políticos progresistas el recorrido autoritario de Bukele, por ejemplo? ¿No les basta como evidencia el proyecto de Kast de aumentar desmesuradamente el poder presidencial? ¿No han leído el manifiesto de Palantir o los delirios de la «Ilustración oscura»? ¿No han oído a Milei decir que la justicia social es una aberración? ¿O a Peter Thiel afirmar que la democracia es un obstáculo para la libertad? ¿No recuerdan la barbarie del proyecto refundacional de la dictadura cívico-militar de Pinochet? ¿No han estudiado el devenir trágico de la República de Weimar?

Se trata de algo mucho más profundo que las derrotas electorales, que son contingentes y reversibles. Se trata del final de una época, de un cambio de las reglas del juego y de la emergencia de un nuevo realismo capitalista que ahora no necesita de la democracia liberal ni de ninguna otra; que no necesita de ninguna forma de igualdad, ni de ninguna forma de bondad ni de solidaridad. Que ni siquiera necesita de la humanidad, pues le basta con una masa algorítmica sumisa, dominada por una tecnología digital ubicua y vigilante, totalmente funcional a la acumulación capitalista. Para su proyecto, la humanidad sobra.

El fascismo desnuda el capitalismo, lo exhibe sin pudor ni vergüenza. Por ello, lo urgente es resistir, reorganizarse y rearmarse para evitar la desbandada y el colaboracionismo; replegarse para enfrentar la «tormenta», como plantea la lucidez zapatista.

No se trata de gritar como ellos ni de realizar el enésimo desfile ritual ni la enésima batucada. Se trata de reír, cuidarse, recuperar confianzas, autoconvocarse desde el interior del cuerpo social, para defenderse de sus crueldades, porque lo que viene será doloroso. Se trata de convertir la asimetría de la dominación en una simetría de la acción, haciéndose cargo de las potencias y capacidades de lo propio, teniendo en mente a las próximas generaciones de la Tierra.

Los grotescos y crueles están ganando las batallas por doquier. De lo que se trata, entonces, es de que no ganen la guerra. Y solo desde la conciencia de la derrota en estos tiempos fascistas es posible imaginar alguna forma de victoria futura. Se trata de reducir las posibilidades de recordar estos tiempos, con repugnancia.

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