lunes 12 de octubre de 2026
Opinión

La dignidad de las mujeres no se manda a la cocina

Honrar a las mujeres que nos abrieron camino exige defender la libertad de cada una para decidir cómo quiere vivir. Que ninguna edad nos quite la voz, que ningún mandato cierre nuestros caminos y que siempre podamos imaginar lo que aún queremos llegar a ser.

12 de octubre de 2026 - 07:00

Hay palabras que buscan devolvernos a un lugar del que muchas mujeres tuvieron que luchar para salir. Cuando el diputado Javier Olivares sugiere que Michelle Bachelet debería alejarse de la política y dedicarse a “cocinar y hacer unas buenas cazuelas”, aludiendo también a Evelyn Matthei, reproduce una vieja pretensión: que otros decidan dónde debemos estar las mujeres y hasta cuándo podemos participar en la vida pública.

El debate democrático exige confrontar ideas, evaluar decisiones y exigir responsabilidades a quienes ejercen el poder. Los dichos de Olivares apuntan a dos mujeres que han ocupado altas responsabilidades públicas: Michelle Bachelet, expresidenta de la República en dos oportunidades-, y Evelyn Matthei, exdiputada, exsenadora, exministra y exalcaldesa. La referencia a la cocina recurre a un mandato de género para desautorizar su presencia en la vida pública. El mensaje alcanza también a quienes, lejos de esos cargos, siguen escuchando que ya es tarde para estudiar, emprender, asumir una responsabilidad o comenzar otra vida.

El derecho de las mujeres a desarrollarse en todos los ámbitos de la sociedad ha sido conquistado mediante años de organización, resistencia y lucha. Hubo mujeres que abrieron las puertas de las universidades, exigieron el derecho a votar, disputaron condiciones laborales dignas y defendieron su autonomía.

Muchas lo hicieron enfrentando burlas y descalificaciones que presentaban sus aspiraciones como una amenaza al orden familiar. Cada conquista amplió las posibilidades de las generaciones siguientes. Esos avances fueron fruto de luchas que desafiaron a quienes se resistían a reconocer nuestra igualdad.

No hemos llegado solas hasta aquí. Nos preceden mujeres que ayudaron a abrir caminos: Isidora Goyenechea, Eloísa Díaz, Amanda Labarca, Gabriela Mistral, Elena Caffarena, Lily Garafulic, Violeta Parra, Gladys Marín, Julieta Kirkwood, Isabel Allende LLona, María Teresa Ruiz y tantas otras.

Desde distintas épocas, experiencias y espacios, sus vidas ensancharon lo que las mujeres podíamos imaginar para nosotras mismas. Nombrarlas es reconocer una herencia de pensamiento, creación, trabajo y lucha que sigue acompañándonos.

Junto a ellas están las mujeres cuyos nombres pocas veces aparecen en los libros: nuestras madres y abuelas, las trabajadoras, las profesoras, las dirigentas y las compañeras que sostuvieron a otras para que pudieran estudiar, organizarse, crear y participar. Mujeres que nos ayudaron a caminar y a liberarnos de mandatos que parecían incuestionables. En cada espacio que hoy ocupamos hay también una huella de sus esfuerzos.

Esa historia nos compromete a mantener abiertos los caminos para quienes vienen y para quienes todavía buscan una oportunidad. También para las mujeres que desean comenzar de nuevo en la madurez o en la vejez. La libertad conquistada debe acompañarnos durante toda la vida.

Por eso, nuestro derecho a decidir no puede quedar sujeto a la aprobación de un diputado, a las expectativas familiares ni a un calendario que otros escriban por nosotras. Una mujer puede querer estudiar a los cincuenta, emprender a los sesenta, participar en política a los setenta o seguir creando mientras tenga el deseo de hacerlo. Su edad no cancela su ciudadanía. Su experiencia no la vuelve prescindible. Ser madre o abuela tampoco agota su identidad ni establece una obligación de retirarse de la vida pública.

Cocinar, cuidar y compartir con la familia son actividades valiosas, indispensables para sostener la vida. Precisamente por eso merecen reconocimiento, corresponsabilidad y libertad. Cuando se utilizan para señalar el lugar al que una mujer debería regresar, se convierten en instrumentos de subordinación. El problema está en imponerlas como destino y emplearlas para desautorizar otras aspiraciones.

Esta defensa debe alcanzar a todas las mujeres. A quienes han ocupado la Presidencia y a quienes nunca tendrán una tribuna; a las trabajadoras, estudiantes, cuidadoras, artistas, dirigentas sociales y mujeres mayores cuyos saberes tantas veces se desoyen. La autonomía es un derecho de cada una, con independencia de sus títulos, sus logros o su reconocimiento público. Nadie tiene que demostrar una trayectoria extraordinaria para merecer libertad.

Como educadora, me preocupa también lo que estas expresiones enseñan. La palabra pública tiene consecuencias: ofrece ejemplos de convivencia y transmite ideas sobre quién merece ser escuchado. Cuando una autoridad reduce las posibilidades de una mujer a un papel doméstico, las niñas y las jóvenes reciben un mensaje sobre los límites que podrían encontrar mañana. Las mujeres mayores reciben otro: que su presencia comienza a incomodar y que alguien se atribuye la facultad de señalarles la salida.

Reconocernos como iguales en dignidad y derechos exige enfrentar estas formas de exclusión, cualquiera sea nuestra posición política. La libertad de una mujer para participar no puede depender de que compartamos sus ideas. Defenderla compromete a toda la sociedad.

No aceptemos que estas palabras se vuelvan una costumbre ni que la costumbre les reste gravedad. Lo conquistado necesita hacerse efectivo cada día: en la escuela, en el trabajo, en las familias y en las instituciones. Necesita condiciones para que cada mujer pueda elegir y sostener sus decisiones, sin que el género o la edad cierren de antemano sus posibilidades.

Honrar a las mujeres que nos abrieron camino exige defender la libertad de cada una para decidir cómo quiere vivir. Que ninguna edad nos quite la voz, que ningún mandato cierre nuestros caminos y que siempre podamos imaginar lo que aún queremos llegar a ser.

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