El aluvión de esta semana nos deja varias lecciones y desafíos para la gestión del riesgo de desastres. En línea con las políticas internacionales en la materia, Chile ha procurado avanzar de un modelo centrado en la emergencia a uno más descentralizado y enfocado en la prevención. Sin embargo, eventos como este muestran lo compleja que resulta esa transición.
Ante desastres de esta naturaleza, cuya magnitud es difícil de anticipar con precisión, la atención de la emergencia no puede postergarse ni desconocerse. El problema está en que los recursos destinados a responder merman los orientados a la prevención y la preparación ante nuevos eventos.
Se configura así un círculo difícil de romper: mientras más se gasta en responder, menos se invierte en evitar que el próximo desastre tenga consecuencias similares. El primer desafío, por lo tanto, es sostener la inversión en la reducción del riesgo de desastres mediante presupuestos mejor distribuidos entre respuesta, prevención y preparación.
Un segundo desafío consiste en comprender el riesgo de desastres desde una lógica sistémica. Esto implica profundizar en el análisis de las interacciones entre amenazas y en cómo estas pueden amplificar la magnitud de los daños.
Hoy se discute la relación entre el incendio ocurrido este verano en San Carlos de Apoquindo y el reciente aluvión, ocurrido en zonas donde el fuego provocó pérdida de cobertura vegetal y degradación del suelo. Los desastres no ocurren de manera aislada: unos crean las condiciones para otros. Abordarlos de manera integrada, y no evento por evento, es un ámbito en el que todavía tenemos mucho por avanzar.
Por último, resulta esencial generar instancias formales y recurrentes de intercambio de conocimientos entre la ciencia y los organismos técnico-políticos. Desde la ciencia sabíamos que algo así podía ocurrir, pero lo sucedido deja claro que saberlo no basta. Necesitamos traducir nuestros datos y análisis en información e instancias de intercambio, que incidan efectivamente en la toma de decisiones de quienes tienen a su cargo la gestión del riesgo.
Para ello debemos fortalecer nuestra relación con el Estado, procurando que nos escuche y que lo que comunicamos le haga sentido en su propio lenguaje y en sus propios tiempos. Una ciencia que solo dialoga consigo misma limita su alcance y sus fines.
Después de la tormenta, entonces, no basta con reconstruir: viene la preparación. Y esa preparación exige recursos sostenidos, una mirada integrada del riesgo y un vínculo más estrecho entre quienes producen conocimiento y quienes toman decisiones.