Gran parte de América Latina durante el mes de septiembre celebra el denominado mes de la Biblia, una instancia que pretende resaltar el libro sagrado del mundo judeocristiano bajo una óptica histórica-religiosa, sin embargo, la idea proselitista, moralista y conservadora, muchas veces construye una idolatría digna de ser analizada.
En Chile, el aporte de la Biblia, por lo general, se encuentra sujeto a la fe abrazada de un individuo en desmedro del aporte histórico, cultural, social, educativo, incluso político de ella misma, una bazofia del fanatismo y efervescencia esencialmente del ala evangélica protestante del cristianismo asentado en el suelo nacional.
En primer lugar, según la última Encuesta Nacional Bicentenario UC, el 17% de la población en Chile se identifica como evangélica, término con el cual se refieren a los cristianos no católicos que, en algún momento, recibieron el apodo de “canutos” producto del trabajo misionero de Juan Canut de Bon, pastor de origen español que predicó el evangelio y fundó iglesias en Chile durante el siglo XIX.
Recordemos que la presencia protestante arribó a nuestro país desde el siglo en cuestión, sin embargo, encontramos atisbos de ella incluso desde la Colonia. Ahora bien, sus creencias, dogmas y formas de entender la fe se remontan aún más atrás. En este sentido, hay algunos hitos claves asociados a septiembre y la historia de su texto sagrado; o sea, la Biblia.
Por un lado, se conmemora este mes porque el 26 de septiembre de 1569 se terminó de imprimir la "Biblia del Oso", la primera traducción completa de la Biblia al español directamente desde los idiomas originales (hebreo, griego y arameo), realizada por Casiodoro de Reina. Por otro lado, se celebra en este mes porque el 30 de septiembre se conmemora la festividad de San Jerónimo, el traductor de la Biblia al latín (conocida como la Vulgata), quien dedicó su vida al estudio de las Escrituras.
En términos sintéticos, la historia coloca al mes de septiembre como un trazo importante en la memoria y valor de la Biblia producto de los hitos previamente señalados. No obstante, a momentos parece que ello quedara relegado del imaginario de nuestra sociedad civil, divisando en la Biblia una especie de libro gramaticalmente irrefutable y de enseñanzas literales, una estupidez de proporciones, dado que el texto bíblico tuvo un extenso proceso de canonización y traducción, en otras palabras, la Biblia que hoy en día tenemos es el resultado de cientos de manuscritos encontrados, diversos criterios humanos de “inspiración divina” y una larga data de exégesis, filología y hermenéutica para establecer la “Biblia oficial”.
Al parecer, la gente está más preocupada de “idolatrar” al texto sagrado como libro “inspirado, infalible e inerrante” en desmedro de conocer su historia y valor público hasta el presente. Además, las iglesias cristianas, evangélicas y católicas, en su mayoría organizan lecturas públicas, foros y cultos especiales durante todo el mes de septiembre. Es habitual que se realicen reconocimientos institucionales y ceremonias conmemorativas, como homenajes dedicados a la Palabra de Dios (Biblia) en el Congreso Nacional y el Senado de Chile.
Entidades como la Sociedad Bíblica Chilena promueven actividades educativas y de difusión cultural en torno a los textos bíblicos e históricas traducciones, algo valorable, específicamente en ese horizonte de dicha institución “cristiana”. Cabe señalar que, entre otras cosas, la Biblia ha sido motivo de aprendizaje escolar.
Fue durante el siglo XIX que Diego Thomson trajo a nuestro país el método lancasteriano (o de enseñanza mutua). Este fue un sistema pedagógico creado por el educador inglés Joseph Lancaster e introducido y difundido en América Latina por el educador y pastor escocés, una práctica pedagógica que Chile abrazó en los inicios de la República.
Como estos, hay muchos ejemplos en el área cultural, social y política donde la Biblia alberga una historia transversal, dicho sea de paso, el real aporte para hoy en día. Entonces, colocar la efervescencia cristiana en septiembre, como el mes de la Biblia, valorando el dogma bíblico por sobre la historia y aporte público del propio texto, indudablemente instala preguntas de análisis frente a la festividad y carnaval religioso que muchos feligreses pregonan con gran gozo durante el mes de septiembre, en buen chileno, “challa molida”.
Aquí lo importante es estrujar la historia vital de la Biblia, dado que abrazar sus preceptos valóricos forma parte de la decisión personal de un individuo, por tanto, hacer proselitismo religioso en el espacio público producto de la fecha en cuestión, solamente deja en evidencia la sed de farándula canuta y su fanatismo dislocado; un oportunismo in situ. Las siguientes líneas pretenden hacernos pensar y tomar conciencia de este fenómeno religioso en nuestro país.
¿En Chile el aporte de la Biblia está sujeto a la adhesión de una militancia religiosa y aceptación a rajatabla de capítulos y versículos por parte de un cristiano? ¿Es realmente la Biblia un texto inerrante y infalible? ¿Su valor radica en enarbolar axiomas bíblicos teológicos, o bien, en construir una narrativa sobria que dé cuenta del aporte social, cultural, histórico y público en Chile?
¿Será que nuestro país en estas fechas refleja fanatismo y efervescencia religiosa esencialmente desde el ala evangélica protestante? ¿La multiplicidad de versiones, revisiones y traducciones de la Biblia tienen como fin último expandir su lectura, o bien, hacer negocio de aquella fe ingenua de distintos feligreses que creen que la Biblia es intocable y evidencia empírica de la historia? ¿El mes de la Biblia debiese tener un carácter histórico o proselitista sobre el espacio público?
Tal vez, las diversas comunidades de fe una y otra vez intentan instalar una apología de la Biblia como autoridad inequívoca para el ser humano, sin embargo, lo cierto es que en pleno siglo XXI su valor radica en la contribución pública, social e histórica del texto, fuera de ello, la validación de sus enseñanzas resultan algo personal. El mes de la Biblia necesita ser releído, necesitamos menos religiosidad, literalismo y fundamentalismo bíblico; por tanto, que viva la historia y mengüe la acelerada pulsión de idolatría canuta en Chile.