Año tras año en Chile se celebra la Semana Santa a través de diversas liturgias cristianas, películas televisadas y una serie de hechos que vienen a recordar lo que probablemente es uno de los hitos más significativos del cristianismo occidental: la muerte de Jesús, según el relato bíblico, el hijo de Dios.
Sin embargo, con el paso de los años las interrogantes en cuanto a su valor público han aparecido por doquier. Lo que en algún momento fue motivo de feriado legal, descanso, reposo, reflexión social y una invitación a la meditación cristiana, en la actualidad resulta ser motivo de grandes controversias y relecturas obligatorias a nivel país en materia política religiosa.
En primer lugar, por lo general, en semana santa estamos acostumbrados a contemplar diversos intentos por explorar la dimensión humana del rey de los judíos, esa que alberga sufrimiento, pasión y gloria para todos los cristianos de nuestro tiempo. Recordemos que son miles los feligreses que a nivel mundial recuerdan la muerte y resurrección de Jesús. No obstante, ello continua siendo un hecho que epistemológicamente suena tenso, complejo y abierto.
Tal vez, estamos en presencia de un hito esencialmente histórico, de una memoria hilvanada, de una narrativa dogmática o simplemente de un hecho que trasciende tiempo, espacio y fe. En Chile, el fenómeno religioso tiene algo que decir, algo que subrayar y algo que interpelar.
Según la Encuesta Bicentenario 2024, publicada el año 2025, existe un aumento de 42% a 44% de las personas que se consideran católicas, mientras que la categoría «ninguna religión» (que incluye a ateos y agnósticos) consolida su crecimiento, pasando de un 12% en 2006 a un 36% en 2025.
Entre los chilenos de 18 a 24 años, solo un 18% se identifica como católico, mientras que una mayoría creciente del 54% se declara sin afiliación religiosa («ninguna»). Por el lado evangélico, tenemos a 17% que profesan esta religión (tradición cristiana). Además, según el Censo del 2024, 2.466.607 chilenos mayores de 15 años se reconocen como evangélicos o protestantes, lo que equivale a un 16,3% de la población.
En segundo lugar, nuestro país indudablemente ha tenido un cambio en materia de reflexión cristiana, práctica de la fe y valor por la semana santa. Muchos recordarán que por largas décadas el silencio en las calles, la fidelidad de comer pescado y la ausencia de ruidos profanos y “mundanos” eran vistos como sinónimo de conciencia cristiana, independiente si alguien profesaba o no una religión, al parecer, la sociedad chilena esperaba recogimiento pleno, aunque ello conllevara una lectura distante desde los sectores más liberales y laicos de nuestro país. Chile cambió, y en materia religiosa son varias las objeciones a tizar.
Necesitamos tener un diálogo sincero, abierto, horizontal y profundamente liberal en términos de creencias, de lo contrario, ahogaremos el Estado laico. No olvidemos que tras la Constitución de 1925 la Iglesia y el Estado chileno se separaron, por consecuencia, las aprensiones religiosas son obligatoriamente parte de la discusión pública hoy en día, ya sea para refutar o amplificar sus propuestas adyacentes. En este sentido, la semana santa alberga una carga social, cristiana y política, dicho de otra manera, la fecha en cuestión hospeda elementos problemáticos que necesitan ser deliberados a la luz de la razón.
Por ejemplo: ¿Es Chile un país conservador que constantemente desea abrazar la fe cristiana y relegar el uso de la razón? ¿Tiene valor la semana santa para toda la sociedad nacional, o bien, solamente para un segmento cada vez menor de ella? ¿Cuál es el valor público de la semana santa si consideramos que el país según las cifras va al alza en adhesión al ateísmo, agnosticismo y personas sin afiliación o militancia religiosa? ¿Es realmente Chile un país laico? ¿Necesitamos abandonar el quehacer diario en pro de la reflexión cristiana para ser “respetuosos” con estas fechas, o bien, el objetivo debe estar puesto en el diálogo cívico, ecuménico, laico e interreligioso?
La semana santa tiene como principal desafío hacernos más unidos como sociedad, no dejando que meramente unos pocos “descansen en la paz de Cristo” mientras otros trabajan para saciar la sed de “santidad y recogimiento” de un grupo “elegido”.
Seamos serios, concretos y trasparentes: mientras nuestro país tenga una “semana santa” donde las clases más vulnerables trabajen y los sectores con más acceso disfruten su propio “vía crucis”, seguiremos practicando una semana santa alejada del necesitado, golpeándonos el pecho y creyendo erróneamente que la muerte y resurrección de Jesús tienen sentido de esta manera. Un grosero error, ya que la propia Biblia nos entrega atisbos que este sacrificio fue por toda y para toda la humanidad, no solo para unos pocos, por ende, ¿no debería toda la sociedad chilena estar en “recogimiento, descanso y reflexión”?
Si la muerte de Jesús resulta problemática en términos empíricos, y la resurrección aún más en términos salvíficos, al menos hagamos el esfuerzo de acercarla con una mirada sincera y heterogénea, de lo contrario, cercenamos su valor público y ahogamos su verdadero sentido en unos pocos que siempre se han creído “santos, puros y escogidos”. Semana santa para todos, no meramente para unos pocos.