martes 07 de julio de 2026

No basta con cuidar el suelo: hay que aprovechar lo que produce

Conservar el suelo no consiste únicamente en promover mejores prácticas agrícolas. También exige revisar la eficiencia de todo nuestro sistema alimentario.

7 de julio de 2026 - 13:45

Cada 7 de julio conmemoramos el Día de la Conservación del Suelo, una fecha que invita a reflexionar sobre un recurso tan esencial como frágil. La erosión, la pérdida de fertilidad, la desertificación y la escasez de agua suelen ocupar el centro de la discusión. Sin embargo, existe una pregunta que rara vez nos hacemos: ¿tiene sentido seguir exigiéndole más al suelo para producir alimentos que nunca serán consumidos?

Hoy sabemos que el suelo es un recurso finito. Formar apenas un centímetro de suelo fértil puede tomar cientos de años, mientras que degradarlo puede ocurrir en pocas temporadas por el uso intensivo, la erosión o el cambio climático. A ello se suma una creciente presión sobre el agua, indispensable para la producción agrícola y cada vez más escasa en amplias zonas del planeta. En este contexto, resulta difícil justificar un modelo alimentario que continúa produciendo más de lo que logra aprovechar.

El problema, además, comienza mucho antes de que los alimentos lleguen a nuestros hogares. Según la FAO, cerca del 13% de los alimentos producidos en el mundo se pierde entre la cosecha y el comercio minorista por deficiencias en almacenamiento, transporte, infraestructura o procesamiento. Luego, otra parte importante se desperdicia en comercios, restaurantes y hogares. De acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), más de 1.000 millones de toneladas de alimentos terminaron desechadas en un solo año, equivalentes a cerca de una quinta parte de los alimentos disponibles para los consumidores.

Cada una de esas toneladas representa mucho más que comida perdida. Es suelo que entregó nutrientes, agua utilizada para el riego, energía consumida en producción y transporte, trabajo humano y biodiversidad que sostuvieron una producción cuyo propósito nunca se cumplió. Cuando aceptamos como normal producir alimentos destinados a perderse, también normalizamos un uso ineficiente de recursos naturales cada vez más escasos.

Pero el problema no termina ahí. Los alimentos que no se consumen suelen terminar en rellenos sanitarios o vertederos, donde su descomposición en ausencia de oxígeno genera metano, un gas de efecto invernadero con un potencial de calentamiento muy superior al del dióxido de carbono en las primeras décadas tras su emisión. Es por esto que reducir estas emisiones es una de las acciones más rápidas y efectivas para enfrentar el cambio climático.

Chile conoce bien esta realidad. Un ranking publicado por el PNUMA reveló que el relleno sanitario Loma Los Colorados -en Tiltil- se configuró como el sitio de origen humano que más metano emite en todo el mundo; y no solo eso, el relleno Santa Marta, ubicado en la comuna de Talagante, fue destacado en el séptimo lugar de este ranking, mientras que el relleno Chillán Viejo, en la Región del Ñuble, fue ubicado en el lugar 31.

Más que un dato llamativo, esta representa una señal de alerta sobre un sistema de gestión de residuos que sigue enterrando enormes cantidades de materia orgánica, en un país que además enfrenta rellenos sanitarios bajo creciente presión y una persistente proliferación de basurales ilegales.

La paradoja es evidente. Exigimos cada vez más al suelo para producir alimentos que, en una proporción importante, nunca serán consumidos. Luego los enterramos, convirtiéndolos en una fuente de emisiones que acelera el cambio climático, el mismo fenómeno que intensifica las sequías, la erosión y la pérdida de fertilidad de los suelos que buscamos conservar.

Conservar el suelo no consiste únicamente en promover mejores prácticas agrícolas. También exige revisar la eficiencia de todo nuestro sistema alimentario. Significa reducir las pérdidas desde el origen, fortalecer el rescate de alimentos aptos para el consumo, valorizar los residuos orgánicos que inevitablemente se generan y reconocer que producir más no siempre significa alimentar mejor.

Porque el verdadero desperdicio no comienza en el basurero. Comienza cuando aceptamos como inevitable que una parte importante del suelo, el agua y el esfuerzo invertidos en producir alimentos termine, simplemente, enterrada.

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