martes 07 de julio de 2026

Esclavos del algoritmo: de políticos a influencers

Dejar de ser esclavos del algoritmo no significa comunicar menos, sino tener algo que comunicar, tener algo que mostrar. Significa recuperar el fondo, defender el diálogo y devolverle al Congreso su sentido.

7 de julio de 2026 - 11:45

Hace algunos años, a un político se le medía por sus ideas. Hoy se le mide por su engagement. La política chilena -y no solo la chilena- aceptó una premisa que es peligrosa: que comunicar bien es lo mismo que gobernar bien. No lo es. Y por perseguir esa máxima, terminamos convertidos en esclavos del algoritmo.

Vivimos lo que Sartori llamó videopolítica y Manin describió como "democracia de audiencia": la imagen desplaza al argumento y el ciudadano se vuelve espectador. Sumemos la mediatización y la personalización de la política, y el resultado es una farandulización del poder: influencers que producen contenido en vez de propuestas, y autoridades que reaccionan al trending topic antes que a los problemas base de nuestro sistema y país.

Quien escribe esto vive de la comunicación y cree en su valor. Por eso mismo advierte el peligro: el problema no es comunicar, sino comunicar desde la nada. La forma se comió al fondo.

Pero hay algo más grave que la farándula. El algoritmo no premia el matiz: premia el conflicto, la indignación, el golpe. Y al dirigir las comunicaciones hacia ese objetivo, el discurso político se volvió más violento. El estudio LEAS-CNEP de la Universidad Adolfo Ibáñez registró en 2025 el mayor nivel de polarización afectiva jamás medido en Chile: 6,7 en una escala de 10. Ya no discrepamos por propuestas o ideas; rechazamos a quien piensa distinto. Pasando los votantes a ser fanáticos que defienden, de manera violenta, sus ideas y rostros.

Ese es el costo de la esclavitud algorítmica: mata el diálogo justo donde más se necesita. El Congreso (el lugar que la democracia inventó precisamente para deliberar y llegar a acuerdos) hoy opera como campo de trinchera. No sorprende, entonces, que en las encuestas locales apenas un 13% de los chilenos confíe en él, ni que los partidos políticos, con un 6%, sean la institución peor evaluada del país.

Reflejando esta crisis, el Latinobarómetro 2024 muestra que un 30% de los chilenos considera que se puede funcionar en democracia sin un Congreso. No es desinterés, es desafección. La gente dejó de creer en las instituciones porque las ve enfrentando posturas en vez de construir soluciones para los problemas de las personas.

Y aquí el centro del asunto: las políticas públicas no se construyen en base al algoritmo, sino a las necesidades de las personas. El algoritmo recompensa el grito; gobernar exige el acuerdo, los matices, la evidencia y el tiempo. Detrás de cada métrica hay alguien esperando que su pensión alcance, que su barrio sea seguro, que la salud sea mejor.

Dejar de ser esclavos del algoritmo no significa comunicar menos, sino tener algo que comunicar, tener algo que mostrar. Significa recuperar el fondo, defender el diálogo y devolverle al Congreso su sentido.

Necesitamos menos figuras buscando más likes y más liderazgos dispuestos al trabajo lento y sin filtro de construir país. Porque la confianza no se viraliza, se gana. Y se gana cumpliendo.

Sigue leyendo
LO QUE SE LEE AHORA
el colegio de abogados dio en el clavo

Las más leídas

Te Puede Interesar