Hoy, 30 de octubre se cumplen 69 años de la toma que dio origen a La Victoria. Vaya un saludo a los fundadores que todavía están con nosotros, a quienes nacimos en estas calles y a las nuevas generaciones que mantienen vivos los murales. Esta población nos crió a todos, y cada aniversario es la manera que tenemos de agradecérselo.
La historia la conocemos de memoria porque nos la contaron en la mesa. La madrugada del 30 de octubre de 1957, unas 1.200 familias salieron del Zanjón de la Aguada, del cordón de la miseria, con sus palos, sus frazadas y sus hijos, y se tomaron la chacra La Feria. Nadie les regaló nada. Lotearon ellos mismos, levantaron la escuela con adobes que puso cada familia, armaron el policlínico y bautizaron las calles con los nombres de sus luchas: Carlos Marx, Ramona Parra, Cardenal Caro, 30 de Octubre. Levantaron un barrio y, sin saberlo, levantaron también un orgullo que nos dura hasta hoy.
Lo que hicieron esas familias no se quedó entre estas calles. Fue la primera toma de terrenos organizada de Chile y de América Latina, y con ella nació el movimiento de los sin casa en este país. Tomarse el terreno, lotearlo, construir, cuidarse entre todos. Ese modelo se repitió después en decenas de poblaciones de Santiago y de todo el país, y por eso cada 30 de octubre vienen de otras comunas a caminar con nosotros. Vienen a saludar a la población que les enseñó que era posible.
Después llegó la dictadura. Nos allanaron casa por casa, nos llenaron las esquinas de fusiles y nos mataron gente. El 4 de septiembre de 1984 una bala de Carabineros mató al padre André Jarlan en su pieza, con la Biblia abierta sobre la mesa. La población no se rindió.
Siguió la olla común, donde las mujeres estiraban una sopa para que alcanzara en todas las casas, siguió la barricada y siguieron las velas en la vereda. En los años más oscuros de Chile, aquí todavía se cuidaba al vecino. La Victoria aprendió temprano que los derechos no se piden por favor y que nadie se salva solo.
Por eso, cuando Chile despertó en octubre de 2019, aquí nadie tuvo que explicarnos nada. Hicimos cabildos en las mismas esquinas donde antes hubo barricadas, discutimos de pensiones, de salud y de vivienda, y descubrimos que todos los caminos terminaban en la misma pared. Un año después, el 78% del país votó que quería derribarla. Fue la única vez que nos preguntaron si queríamos seguir viviendo en la casa que diseñó Pinochet, y dijimos que no. Han pasado siete años y la pared sigue ahí. Pero algo de esos días no se fue. Un pueblo que ya se atrevió a imaginar otra casa no lo olvida más.
Lo que pasó después también lo sabemos, y en esta población duele de una manera particular. El 4 de septiembre de 2022, otra vez un 4 de septiembre, el país rechazó la propuesta de la Convención. El Rechazo ganó en 338 de las 346 comunas. En Pedro Aguirre Cerda ganó el Apruebo con casi 55%, el porcentaje más alto de todo el país fuera de las islas. Y en 2023, cuando la derecha escribió su propia Constitución, la comuna que vio nacer a La Victoria le dijo que no con 67%. Dos veces nos preguntaron y dos veces esta comuna votó pensando en los suyos. De eso también hay que estar orgullosos.
Desde entonces nos repiten que el tema está cerrado. Lo dice la derecha, y era esperable. Duele más cuando lo dicen desde la izquierda, que la gente está cansada, que hay otras prioridades, que no es el momento. Yo pienso en mi vecina, que cotizó cuarenta años y hoy cuenta las monedas en la feria. En la señora que lleva ocho meses esperando una hora en el consultorio. En las tres familias que viven hacinadas en un mismo terreno de 8 por 16 metros, porque los hijos no tienen dónde irse. La Victoria nació peleando por un techo y, 69 años después, en Chile tener casa sigue sin ser un derecho. Esas urgencias no compiten con la pared. Son la pared. Y una pared, cuando hay manos suficientes, se mueve.
Y si alguien cree que estas son cosas de abogados, que mire lo que hizo este gobierno. En agosto, el mismo presidente que asegura que el tema está cerrado mandó al Senado una reforma para crear un nuevo estado de excepción, de hasta ocho meses y prorrogable. La retiró cuando ni los suyos lo acompañaron, pero el acuerdo para otra reforma ya se cocina a puertas cerradas. En La Victoria sabemos lo que es un estado de excepción. Lo vivimos con uniformados en cada esquina y con un cura muerto sobre su biblia. Sabemos también en qué poblaciones se aplica y en cuáles no.
Ahí está la lección que conocemos de sobra. Los que escribieron las reglas nunca dejaron de discutirlas. Las cambian cuando les conviene, entre cuatro paredes, y a nosotros nos dicen que el debate se acabó. Hoy, con la ultraderecha en La Moneda, esas reglas son el arma más fuerte que tienen contra los nuestros. Les sirven para amarrar lo que no quieren que cambie y para cambiar lo que les estorba.
Ya sé lo que me van a contestar, que la gente habló. Perdimos una votación, es cierto, y hay que hacerse cargo del porqué. Pero en las últimas misas a las que he ido aquí en la población me ha llamado profundamente la atención que se entona la siguiente canción: "Quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón"
La cantan las mismas señoras que pusieron la olla común, las que ya una vez escucharon que todo estaba perdido y respondieron levantando una población. El corazón es lo único que nunca nos han podido quitar, y con eso se ha hecho todo lo que hay aquí.
Así fueron las familias que fundaron La Victoria. También ellas perdieron muchas veces antes de esa madrugada. Llevaban más de diez años de promesas incumplidas, de incendios en el Zanjón, de niños enfermos por el frío. No se quedaron esperando el momento adecuado. Se organizaron, y el momento lo hicieron ellas mismas. Lo que empezó aquí nunca se quedó aquí, y por eso importa que esta población vuelva a despertar, no para ella sola, sino para contagiar otra vez a los de abajo en todo el país. Si pasó una vez, puede volver a pasar.
Les hablo a los que vienen. A quienes hoy tienen quince años y creen que la política es cosa de otros. Hay un papel, escrito hace décadas por gente que nunca pisó esta población, que decide si estudiar es un derecho o una deuda, qué pensión tendrá su abuela y si el agua de este país tiene dueño. Ese papel no se discute en la tele, se discute en la junta de vecinos, en la cancha, en la mesa, como se discutió la toma. Pregúntenle a los viejos qué les faltó. Preguntense ustedes qué les falta y escríbanlo. Nadie va a venir de afuera a escribirlo mejor que ustedes.
Hace 69 años, 1.200 familias entendieron que nadie les iba a construir la casa y la levantaron ellas, adobe por adobe. Nos falta todavía una toma, la de la casa grande, esa donde caben todos y cuyos cimientos siguen escritos por otros. Yo la veo venir. La veo en los jóvenes que pintan los murales, en las abuelas que todavía cuentan la madrugada del 57 y en los vecinos que cada octubre salen a caminar con antorchas. Feliz aniversario, querida Población La Victoria. Sesenta y nueve años de pie, y todavía con las manos llenas de barro y esperanza.