Los tiempos convulsos en que vivimos, caracterizados por guerras, cambios tecnológicos y confrontaciones geopolíticas, aun cuando le hacen daño a la economía y a la paz mundial, tienen algunos efectos positivos sobre la economía chilena. Así, el precio del cobre en el mercado internacional ha subido en el transcurso de los diez primeros meses del año en aproximadamente un 40%, en relación con el mismo período del año anterior.
La guerra, en su estructura tecnológica contemporánea, tiene un alto componente de cobre, como también lo tiene la producción automovilística y toda la transición energética mundial, incluida la inteligencia artificial. A todo ello se han sumado las dudas en relación con la política arancelaria de Estados Unidos, lo cual ha llevado a muchas empresas de ese país a acumular excedentes.
En enero de 2025 el cobre se cotizaba a 4,07 dólares por libra. Un año después, en enero de 2026, ya se cotizaba a 5,88 dólares por libra y en septiembre de este año llegaba a 6,58 dólares por libra. Un incremento indudablemente espectacular para cualquier materia prima.
Pero ese mayor precio se ha dado en un momento en que la producción física de cobre en Chile ha venido bajando de forma fuerte y sostenida, afectando tanto a los yacimientos en minas privadas como a la producción de Codelco. La producción ya ha bajado un 11% en los principales yacimientos a lo largo del año —incluida Escondida, que es el yacimiento más grande del mundo— y se espera terminar el año 2026 con el nivel de producción chilena más bajo de los últimos 23 años.
Debido a esa combinación de precios altos y producción reducida, el valor de las exportaciones de cobre se ha mantenido en rangos que ocultan el problema de fondo de la disminuida producción chilena de cobre. A lo largo del año en curso, el valor total de las exportaciones de cobre en Chile se ha movido desde 6.312 millones de dólares en enero a 6.744 millones de dólares en septiembre, pasando por el valor mensual máximo, que fue de 7.186 millones de dólares en marzo. Aparentemente, viendo la superficie de los fenómenos, no tenemos por qué preocuparnos.
Si no se hubiera hecho presente la guerra del Golfo y no estuviéramos en medio de una tremenda transición energética y tecnológica, la caída en la producción de cobre, la baja en el valor de sus exportaciones y el impacto de todo ello sobre nuestras tasas de crecimiento del PIB y sobre los ingresos fiscales serían vistos como partes de una tremenda crisis de la economía chilena. La razón principal de esa eventual crisis radicaría claramente en que el modelo primario exportador ya no da para más.
Si no hay un proceso potente y moderno de industrialización que implique nuevos incrementos de producción y productividad industrial, Chile ya no podría vivir de la venta de un único -o de muy pocos- productos de carácter primario, pues todos ellos están sujetos a una alta variabilidad de demanda y de precios en el mercado internacional, lo cual incorpora inestabilidad y pérdida de poder de negociación en el conjunto de la sociedad y de la economía chilena. Pero, dado que eso no se visualiza como parte del presente inmediato, ¿seguimos pensando que el cobre es «el sueldo de Chile» y podemos seguir todos contentos y tranquilos?
¿Estamos en una fase larga de crecimiento de la demanda internacional y de las exportaciones de cobre? Si se recupera la producción de cobre en Chile, ¿gozaremos de la mayor producción y de los precios más altos, y seremos todos felices? ¿El modelo primario exportador volverá por sus fueros y no tendremos necesidad de estar pensando en otras líneas de producción? ¿Cómo nos afectará la competencia de la República Democrática del Congo, que ya llegó a ser el segundo productor mundial, desplazando de ese lugar a Perú? ¿Podrán los argentinos irrumpir como productores importantes del metal rojo?
La política correcta es luchar porque todo ande bien, pero prepararnos por si todo anda mal. Para ello hay que caminar hacia una diversificación de exportaciones, buscar exportar bienes industriales de alta tecnología y generar un nuevo modelo de crecimiento basado en la inteligencia y el capital humano. Todo ello no solo es campo para debates académicos, sino que son interrogantes que tienen que ver con la existencia misma de Chile como nación.