La noche previa al Carnaval Histórico de San Antonio de Padua, la Plaza Bogotá se transforma. Allí se realiza la Noche Latinoamericana, una instancia más íntima que da el puntapié inicial a la gran jornada del día siguiente. Organizaciones, familias, vecinos y vecinas del sector se reúnen para reconocer el trabajo realizado durante todo el año y dar inicio a una de las fiestas más significativas de Santiago.
Este año el Carnaval cumplió 34 años. Desde 1992, esta celebración ha llenado de música, color y memoria las calles de Matta Sur, convirtiéndose en un hito cultural que trasciende el desfile. Muchos de quienes hoy producen, animan o coordinan los distintos equipos que requiere un evento de esta envergadura crecieron asistiendo a sus versiones junto a sus familias y a vecinos que, con el tiempo, también pasaron a ser familia. Esa continuidad no es casual: es el resultado de un barrio que decidió, año tras año, ocupar sus calles en lugar de cederlas.
En la Noche Latinoamericana, niños y niñas se sientan en el suelo frente al escenario. Miran atentos, llenos de ilusión, lo que ocurre allí. En algunos momentos corren, ríen y se tiran challa; mucha challa. ¿Quién no recuerda haber sido niño en medio de actividades de adultos, en aquellos espacios donde se nos permitía jugar, descubrir y sentirnos parte de algo? Eso también es un barrio seguro, uno donde las familias confían en que sus hijos e hijas pueden jugar en la plaza, compartir con la comunidad y crecer junto a sus vecinos.
Al día siguiente, las familias sacan sus sillas a la vereda por calle Sierra Bella. Personas de distintas generaciones comparten con el vecindario mientras esperan el paso de las 34 comparsas que este año desfilaron desde avenida Matta hasta Plaza Bogotá, representando cada una un año de la historia del Carnaval. Las calles se llenan de cientos de personas; vecinos y vecinas orgullosos, con sus credenciales se organizan para que la jornada transcurra sin contratiempos. Una muestra concreta de corresponsabilidad en el cuidado del espacio público.
Quizás esa sea la lección más importante de San Antonio de Padua: es una actividad autogestionada, comunitaria y levantada a puro cariño y esfuerzo. Detrás de un día de fiesta hay meses de organización, ensayos, permisos, coordinación y confianza mutua. Esa capacidad de construir colectivamente nos conecta con lo más profundo de las tradiciones de los barrios de Santiago.
Hoy la inseguridad es una preocupación real y legítima de muchos vecinos y vecinas de la comuna y, precisamente por eso, no podemos reducir la respuesta en un solo enfoque. La seguridad no se construye solamente con más cámaras o más presencia policial: también se construye cuando las calles se ocupan, cuando las plazas tienen vida y cuando las personas se reconocen como parte de un mismo territorio y/o comunidad. Un espacio público abandonado es terreno fértil para el delito; uno habitado por la comunidad es un espacio de cuidado. Las cámaras registran lo que ocurre, mientras que la vida de barrio ayuda a que no ocurra.
Santiago tiene más de 20 barrios, muy distintos entre sí. Por eso, una política de seguridad y de cultura pensada igual para todo el territorio, diseñada desde el escritorio, está condenada al fracaso. Necesitamos conocer la realidad de cada barrio, escuchar a quienes lo habitan y aprender de experiencias como la del Carnaval de Matta Sur, que lleva más de tres décadas demostrando que la organización comunitaria puede transformar el espacio público.
De cara a sus 35 años, el desafío es reconocer esta experiencia como parte del patrimonio cultural vivo de Santiago y fortalecer las condiciones para que pueda seguir desarrollándose. Matta Sur ya fue declarado Zona Típica por su valor histórico y patrimonial, lo que reafirma que proteger el barrio también significa proteger sus tradiciones y su vida comunitaria. Un primer paso concreto sería que la comunidad evalúe la postulación del Carnaval para que sea reconocido oficialmente como patrimonio cultural inmaterial.
Esto implica valorar a sus organizadores y participantes, facilitar la realización de iniciativas culturales comunitarias y comprender que el acceso a la cultura no es un lujo, sino una necesidad. La Municipalidad tiene herramientas para hacerlo: permisos oportunos y simples, apoyo a la infraestructura, coordinación con los servicios públicos y espacios permanentes de diálogo con las organizaciones, pero, por sobre todo, puede incorporar la prevención social y cultural como un eje real del Plan Comunal de Seguridad Pública. Defender la cultura también es defender estos espacios cotidianos de encuentro. Es reconocer que una familia que sale a la vereda, un niño que descubre una comparsa por primera vez y un vecino que se reencuentra con su comunidad son parte de algo mucho más grande que un desfile.
El Carnaval es un día al año, pero el trabajo que hay detrás es enorme. Muy pronto, sus organizadores comenzarán a preparar la versión 35. Desde el Concejo Municipal, mi compromiso es acompañar ese camino, velar por que el apoyo municipal llegue a tiempo y agradecer que existan organizaciones tan potentes, con tantas ganas de aportar y construir comunidad en Santiago. Un Santiago más amable y seguro se construye, barrio a barrio, con todos y todas quienes lo habitamos.