martes 27 de octubre de 2026
Opinión

La inteligencia artificial llegó al trabajo: ¿Quién decide cómo?

No le tememos al futuro, sino que queremos construirlo, y queremos construirlo con todos. Pero hay que empezar ahora, mientras todavía estamos a tiempo. Porque la inteligencia artificial será, nos guste o no, uno de los grandes relatos de esta época.

27 de octubre de 2026 - 05:00

El cerebro positrónico o la multivac de las obras de fantasía de Isaac Asimov ya no son ciencia ficción. Hay programas que escriben, programan, atienden al público y toman decisiones que hasta ayer parecían reservadas a las personas. La inteligencia artificial entró así al mundo, teniendo especial incidencia en el trabajo, y lo hizo con una velocidad que ninguna tecnología anterior tuvo. La pregunta que deberíamos hacernos no es si el trabajo va a cambiar, pues ya está cambiando y va seguir cambiando, sino quién decidirá cómo cambia y en beneficio de quién.

Desde el mundo sindical miramos esto sin ingenuidad y sin pánico. Sin ingenuidad, porque sabemos que detrás de muchas “optimizaciones” se esconde un despido por la matriz productiva que piensa solamente en maximizar ganancias y disminuir costos a corto plazo. Pero sin pánico, porque la tecnología, como toda cosa, no es buena ni mala, es eso, una cosa, que como ocurre con todo, si es bien gobernada, puede aliviar el trabajo y abrir oportunidades en favor de todos los trabajadores de la Nación.

La amenaza, eso sí, es real. La Organización Internacional del Trabajo calcula que una de cada cuatro ocupaciones en el mundo está expuesta a la inteligencia artificial. Para Chile, un estudio de la OIT y el Banco Mundial estimó que cerca del 37% de los empleos, más de tres millones, lo está. Y el Banco Central detectó que, entre 2022 y 2025, los trabajadores en las ocupaciones más expuestas a la automatización tuvieron bastante menos probabilidad de conservar un empleo formal.

Es cierto que “exposición” no significa “desaparición”, puesto que muchos puestos se transformarán antes de perderse. Pero Chile llega a esta ola en desventaja, con un desempleo de 9,6% y una informalidad superior al 26%. La ola llega cuando el bote ya hace agua.

Y hay algo más, más difícil de medir pero igual de grave. Cuando la tecnología se introduce sin contrapeso, no solo elimina empleos, puesto que igualmente podría llegar a degradar los que quedan. Multiplica el trabajo por encargo, parte las jornadas, pone al trabajador bajo la vigilancia de un algoritmo que decide su ritmo, sus turnos y hasta su permanencia.

Eso tiene un nombre viejo: precarización. Y detrás asoma otro más antiguo todavía: la inversión del orden natural de las cosas, en la que ya no es la economía la que está al servicio de la persona, sino la persona la que está al servicio de la economía, es decir, la explotación del hombre por el hombre, en donde ahora una cosa actuará como intermediario y explotará a los hombres más desposeídos y desprotegidos de la sociedad: las amplias mayorías de trabajadores.

Esa inversión no es nueva entre nosotros. Nuestro modelo laboral y de pensiones fue construido, hace medio siglo, poniendo la ganancia por encima del trabajo humano. De ahí vienen las pensiones que no alcanzan, el salario mínimo que no cubre lo básico y una negociación colectiva débil. Sobre ese suelo ya desnivelado llega la automatización. Si no hacemos nada, la inteligencia artificial no corregirá esas desigualdades: las va a profundizar. Concentrará más riqueza en quienes son dueños de la tecnología y dejará a millones de trabajadores manuales, técnicos y profesionales enfrentando solos el mayor cambio del trabajo en generaciones.

Frente a eso, la respuesta más cómoda es el fatalismo: “no hay nada que hacer, el progreso es así”. Es también la más peligrosa, porque es mentira. Sí hay algo que hacer. El cambio puede ocurrir de dos maneras; en primer lugar dejándolo al puro mercado, con el riesgo de que los costos los paguen una vez más los trabajadores, o gobernándolo entre todos, trabajadores, empleadores y Estado, junto a las universidades, mediante un gran acuerdo nacional.

Nosotros elegimos lo segundo. No le tememos al futuro, sino que queremos construirlo, y queremos construirlo con todos. Pero hay que empezar ahora, mientras todavía estamos a tiempo. Porque la inteligencia artificial será, nos guste o no, uno de los grandes relatos de esta época. De nosotros depende que sea el relato de un país que supo transformarse sin dejar a nadie atrás, o el de un país que dejó que la máquina decidiera por él.

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