Hace un par de meses, la ministra de ciencia sugirió que la inteligencia artificial puede abrir nuevas alternativas para los profesionales de las humanidades. Mejorar la enseñanza de las humanidades es una meta valiosa. Sin embargo, sería desafortunado que las humanidades adoptaran la IA en la forma en que sugiere la ministra.
Los modelos de inteligencia artificial no son solo un atajo para producir tareas complejas en corto tiempo. La IA claramente puede ser clave para el aprendizaje y la investigación en cualquier disciplina que involucre tecnología. Cuando los profesores la integran en su docencia, pueden diseñar problemas más complejos que igual exigen al estudiante aplicar su propio razonamiento sistemático.
Se puede argumentar que la adopción de la IA representa un riesgo para muchas profesiones. Pero es en las humanidades donde esto resulta más debatible. Me parece problemático incorporar la IA como en una “exigencia” para las humanidades. Esa propuesta no entiende el propósito intrínseco de las humanidades ni de una educación universitaria como herramienta para el pensamiento crítico.
La educación humanista se caracteriza por la exposición a materias y contenidos de todo el espectro intelectual en torno al desarrollo de lo “humano”, y no por una especialización estrecha orientada a un oficio específico. Existe una tendencia que amenaza la educación humanista y la vida intelectual: la mentalidad de la mercantilización.
El destacado filósofo del siglo XX György Lukács tuvo una intuición premonitoria que solo ha ganado fuerza con el tiempo: nuestra sociedad desarrolló una “estructura de la mercancía” tan penetrante que llegamos a mirar todo lo que nos rodea en términos de su valor de mercado. Eso se refleja en cómo la sociedad chilena ha priorizado cada vez más la idea de que la educación tiene un valor económico, como un producto.
Ya no se considera un resultado satisfactorio que cuatro años de pregrado hayan servido para ampliar el intelecto de una persona. Hoy una justificación habitual para sacar un título es aumentar la propia empleabilidad. Bajo esa mirada, los estudiantes se obsesionan con el “producto final” de los conocimientos acumulados, cuyo valor queda directamente amarrado al sueldo que consigan al egresar.
El objetivo principal de estudiar una carrera humanista, debería ser el aprendizaje y la maduración intelectual como un fin en sí misma. La IA puede obstaculizar ese propósito.
Es de conocimiento general que la IA puede analizar textos extensos y complejos, justamente una habilidad que la formación humanista busca cultivar. Podríamos pensar, entonces, que la práctica fundamental de esa formación debería delegarse a un aparato artificial. Ese planteamiento interpreta la educación desde la mentalidad mercantil que describía Lukács. Un egresado puede parecer más valioso en el mercado si tiene un buen promedio de notas en una universidad prestigiosa. Pero cuando un estudiante ve el 7 como único objetivo, la IA se convierte en un atajo fácil que se salta el crecimiento intelectual que se obtiene en el proceso mismo de aprender.
La IA amenaza la individualidad del pensamiento y del discurso, algo esencial en todas las disciplinas, pero sobre todo en las humanidades. Incluso interactuar con estos sistemas bajo el pretexto de “lluvia de ideas” puede frenar el pensamiento crítico. Al contrario de lo que parece, IA no “genera” ideas nuevas realmente: recicla datos de origen humano. Aunque uno puede programar un modelo de lenguaje para que varíe el tono o la sintaxis, la mayoría de estos sistemas ha desarrollado un repertorio único de jerga y modismos. Interactuar de manera constante con la IA corre el riesgo de aplanar la variedad de pensamiento y de formas de expresión que un estudiante inevitablemente desarrollaría a través de su propio trabajo personal.
El destacado poeta norteamericano Ocean Vuong visitó la Universidad de Princeton hace poco y habló de las tensiones que la IA puede introducir en la escritura creativa y en los estudios literarios en general. En breve, Vuong planteó que escribir importa porque es “un encuentro entre la conciencia y la oración”. La oración es el órgano mediante el cual la conciencia se expresa y se redescubre. Por eso, dijo, ceder a una máquina la creación de nuestras oraciones es una forma de “aniquilar” el factor humano en los procesos de escritura. La IA no solo complejiza el componente “humano” de las humanidades, sino también la parte humana de nuestra intelectualidad.
Por último, no se puede negar que vivimos un momento en que el discurso libre y auténtico enfrenta amenazas por varios frentes. Nuestra humanidad depende de nuestra capacidad de interpretar el lenguaje, las imágenes y las señales. No podemos suponer que seremos así de perspicaces si, incluso para las tareas más mínimas, reemplazamos nuestro pensamiento por sistemas tecnológicos que tienen el potencial de engañarnos. Cada vez que le consultamos a la IA un asunto de criterio, o le pedimos que nos diga cómo expresarnos, adquirimos limitaciones intelectuales que devalúan nuestro razonamiento y discurso personal.
La IA es una herramienta muy útil, pero también producto de una industria depredadora y extractivista. Tenemos que dejar de mercantilizar nuestra existencia. Debemos reafirmar nuestra humanidad frente al aparato tecnológico, representándonos a nosotros mismos y a nuestro discurso humano con vigor crítico.