La Constitución del 80 nos dio el derecho a vivir en un medio no contaminado. Como efecto de las trastiendas que existen incluso en las más feroces dictaduras, dio paso a la regulación política de esta garantía constitucional, mediante normas e instituciones que están en manos del político de turno. Así, un derecho que debiera resguardar una condición esencial para la vida termina dependiendo de decisiones administrativas y políticas que cambian con cada gobierno.
Asistimos, desde el 12 de marzo, a la expresión más radical de esa apropiación político-partidaria de las condiciones básicas de la vida, en este caso, del aire. El aire, condición básica para la vida desde hace miles de millones de años, se decide en el tiempo de cada proceso eleccionario. Lo que debería constituir una política de Estado, fundada en la mejor evidencia científica disponible, queda subordinado a la contingencia y a las prioridades del momento.
El proceso de construcción de normas es largo y tortuoso. Está lleno de cifras y las más atrevidas son las AGIES: Análisis General de Impacto Económico y Social. Pues bien, en este caso, ni las AGIES han protegido al aire de los juegos de manos. Ni siquiera un proceso técnico, extenso y respaldado por antecedentes ha logrado evitar que estas decisiones queden expuestas a la discrecionalidad política.
Durante dos meses esperamos que las autoridades, los intelectuales y los líderes de todo tipo señalaran la gravedad de esta medida. Nos mantuvimos en prudente silencio. En junio nos entrevistamos con los técnicos de Salud, derivados por la ministra de Salud como respuesta a nuestra solicitud de audiencia. Queríamos expresarles la grave afección a la salud que genera sostener reglas de calidad del aire con efectos obvios en patologías respiratorias, cardiovasculares y cáncer.
El material particulado está presente en las tres primeras causas de muerte en Chile. Pero, además, el material particulado tiene efectos sobre la calidad de vida y la actividad recreativa y deportiva; deteriora las funciones cognitivas, perturba la arquitectura del sueño, distorsiona nuestros fenómenos simpáticos y es parte de condiciones metabólicas, como la diabetes, así como de procesos inflamatorios crónicos y procesos aterogénicos. Se trata de una exposición cotidiana que afecta silenciosamente a millones de personas, incluso cuando sus efectos no son inmediatamente visibles.
Mientras el Ministerio de Salud propone el cáncer como el gran aporte del GES en los próximos años, se bloquea una decisión preventiva destinada a reducir una exposición masiva al material particulado, reconocido como un cancerígeno evidente por la IARC, la agencia de cáncer de la OMS.
Las cifras oficiales señalan que más del 70% de los chilenos vivimos en ciudades que no cumplen la norma actual, que permite niveles de riesgo. Resulta difícil comprender esta contradicción cuando la prevención constituye una de las herramientas más eficaces para disminuir la carga de enfermedad.
La congelación, por tiempo indefinido, de estas normas implica, además, un fuerte castigo para los habitantes de las cuatro comunas de Chile que han sido condenadas a mantener termoeléctricas por tiempo indefinido y a respirar este "mal aire" de modo igualitario, sean niños, adultos mayores o personas enfermas. Se trata de Mejillones, Huasco, Puchuncaví y Coronel. Son territorios donde la exposición al material particulado deja de ser una estadística para transformarse en una realidad cotidiana.
El aire, en las culturas no modernas, es el espíritu: el ruaj bíblico, el pneuma griego y el neyen mapuche. Cuando muere el Quijote, Cervantes dice: "dio su espíritu, quiero decir que se murió". Perder el aire es espirar/expirar.
Inspirar aire limpio ni siquiera es un derecho. Es la vida, esa gran terapeuta, dándonos aliento. Es insuflarnos de espíritu.
Difíciles tiempos cuando los médicos debemos recordar a nuestros semejantes cuestiones tan básicas. Las temperaturas, los fuegos y las lluvias deben sentir que también nos están recordando algo demasiado básico. Tal vez la discusión no sea solo jurídica o administrativa, sino profundamente humana: la de resguardar aquello sin lo cual ninguna vida puede sostenerse.