Una niña de tres años llegó a su casa contando entusiasmada que para la celebración de Fiestas Patrias bailaría “Frozen”. Su madre, algo confundida, sabía que el baile que estaban preparando en el jardín infantil era una representación de la vendimia, y no una oda a la popular película de Disney.
La confusión tenía un origen simple: el vestido que usaría era parecido al de la princesa Elsa. La intención adulta era representar la vendimia, la tradición y el folclor; pero para ella, en el traje había una princesa de Disney. La anécdota puede resultar graciosa, pero también abre una pregunta pedagógica: ¿qué están comprendiendo realmente los niños y niñas cuando trabajamos el folclor?
Septiembre llega cada año a las comunidades educativas acompañado de cuecas, trajes típicos, decoraciones, ensayos y presentaciones. Durante semanas, niños y niñas aprenden pasos, memorizan movimientos, esperan su turno y se preparan para un momento que muchas veces culmina frente a un público expectante. Las familias graban, fotografían, aplauden y, a veces, intentan desde lejos recordar la coreografía a un niño o niña de dos o tres años que permanece inmóvil o llora sobre el escenario.
Cabe entonces preguntarse en qué momento una experiencia que debiera permitir a las infancias encontrarse con su cultura comenzó a medirse por el éxito de una puesta en escena.
Las Bases Curriculares de la Educación Parvularia nos proponen algo bastante más profundo. Desde la comprensión del entorno sociocultural, niños y niñas son invitados a conocer formas de vida, costumbres, tradiciones, acontecimientos y expresiones significativas de sus comunidades. No basta con reproducir una manifestación cultural. Necesitamos experiencias que les permitan aproximarse a ella, preguntarse por ella, disfrutarla y construir significado.
Y es ahí donde el espectáculo puede comenzar a desplazar a la experiencia.
Hace algunos días observé un registro de una presentación infantil de El casamiento de negros, de Violeta Parra. Niños y niñas aparecían vestidos completamente de negro y con sus rostros pintados del mismo color. Desde el público se escuchaban risas. La escena resulta especialmente compleja, no solo por recurrir a una caracterización racial que hoy exige una revisión crítica, sino también porque la obra representada está lejos de ser una canción infantil o una escena cómica. Es una composición cargada de sátira, precariedad, dolor y muerte.
Entonces, la pregunta no es solamente si una determinada caracterización es apropiada. Hay una pregunta anterior: ¿qué ocurrió pedagógicamente antes de que esos niños y niñas subieran al escenario?
¿Conocieron a Violeta Parra? ¿Exploraron su música? ¿Conversaron sobre aquello que relata la canción? ¿Pudieron escuchar, preguntar, crear e interpretar? ¿O recibieron vestuario, movimientos y personajes que debían reproducir porque había llegado septiembre?
El problema tampoco pertenece exclusivamente a una experiencia particular. Se hace visible cuando reducimos los pueblos originarios a plumas y cintillos, cuando las identidades territoriales quedan resumidas en un traje, cuando reproducimos estereotipos de género asociados al “huaso” y la “china”, o cuando seleccionamos manifestaciones culturales complejas sin preguntarnos por su pertinencia para la edad, su contexto o los sentidos que queremos construir con ellas.
Y también aparece cuando un niño o niña llora antes de una presentación y nuestra principal preocupación es conseguir que baile.
Nada de esto significa eliminar las celebraciones, los bailes ni las presentaciones de nuestras comunidades educativas. El folclor también se baila, se canta y se celebra. Pero una coreografía podría ser el resultado de una experiencia cultural, no necesariamente su punto de partida ni su propósito final.
Quizás septiembre podría ofrecernos mucho más.
Podríamos escuchar las historias que existen en las familias, conocer a personas que mantienen vivas distintas tradiciones, descubrir instrumentos, cocinar, jugar, recorrer el territorio, observar artesanías, escuchar músicas de distintas zonas, experimentar sus ritmos, conocer palabras y relatos, crear nuevas interpretaciones y preguntarnos también cómo algunas representaciones del pasado dialogan, o entran en tensión, con la sociedad que somos hoy.
Acercar a las infancias al patrimonio cultural no consiste en convertirlas en intérpretes de representaciones construidas enteramente por adultos. Implica reconocerles como sujetos capaces de encontrarse con la cultura, apropiarse de ella, hacer preguntas y construir sus propios significados.
Tal vez aquella niña que creyó que bailaría Frozen nos estaba mostrando algo que los adultos no habíamos visto. Podemos tener el traje, la música, la escenografía y una coreografía perfectamente ensayada. Podemos conseguir incluso un gran aplauso al terminar. Pero si el folclor solo estuvo sobre el escenario, quizás nunca llegó realmente a las infancias.