miércoles 23 de septiembre de 2026
Opinión

Modo empleo: cuando la emergencia llega después del desempleo

Un puesto temporal financiado por una urgencia pública no equivale necesariamente a una recuperación del mercado laboral (y nos recuerda el PEM y el POJH).

23 de septiembre de 2026 - 14:45

El Gobierno de José Antonio Kast acaba de poner el empleo en modo emergencia. Después de meses hablando de crecimiento, inversión, rebaja de impuestos y flexibilización laboral, ahora la prioridad es acelerar obras públicas, vivienda, proyectos urbanos de rápida ejecución, turnos adicionales y nuevas iniciativas para generar empleo durante las próximas semanas. La pregunta inevitable es por qué la emergencia laboral aparece cuando el problema ya alcanzó dimensiones difíciles de ignorar.

El dato es contundente: el INE registró un desempleo de 9,5% en el trimestre mayo-julio, con 0,2% menos de ocupados que un año atrás y 10,4% más de personas desocupadas. La informalidad llegó a 26,5% (¿desempleo encubierto?). En las mujeres, la tasa de desocupación alcanzó 10,3%.

El Gobierno sostiene que Modo Empleo ya habría generado más de 35 mil empleos y activado oportunidades para unas 125 mil personas. Ahora anuncia una segunda ofensiva, coordinada entre Hacienda, Trabajo, Obras Públicas, Vivienda y Desarrollo Regional, con proyectos de inversión pública e infraestructura para los próximos meses.

Anuncian medidas concretas. Vivienda, por ejemplo, proyecta casi 20 mil empleos mediante el programa de mejoramiento de viviendas y barrios, asociado a una inversión de 10,7 millones de UF. También apareció el Capital Semilla Modo Empleo: $2.500 millones en su primera etapa, $3 millones por beneficiario y 583 personas inicialmente favorecidas.

Pero aquí aparece la discusión de fondo: ¿estamos frente a una estrategia estructural de empleo o ante un conjunto de medidas para amortiguar una emergencia?

Porque crear empleos mediante obras rápidas, acelerar inversiones –que tardan en desatarse, al contrario de lo dicho en campaña– o financiar emprendimientos, pueden entregar ingresos y generar actividad en el corto plazo, pero no necesariamente resuelven la debilidad de la esquiva inversión privada, la productividad, la demanda interna ni la generación sostenida de empleos formales.

La propia economía entrega señales porfiadas. El IPC de agosto aumentó 0,6% y acumuló 4,1% en doce meses, impulsado especialmente por alimentos y transporte. Para los hogares, eso significa que conseguir trabajo no basta: importa cuánto dura, cuánto paga y cuánto alcanza el salario.

Ahí está el verdadero desafío de Modo Empleo. Un puesto temporal financiado por una urgencia pública no equivale necesariamente a una recuperación del mercado laboral (y nos recuerda el PEM y el POJH). Un subsidio para iniciar un pequeño negocio puede ser una oportunidad, pero tampoco reemplaza la inversión capaz de crear empleos permanentes y productivos.

La pregunta, entonces, no es solamente cuántos empleos puede anunciar el Gobierno en septiembre u octubre. Es cuántos sobrevivirán cuando termine la emergencia. Porque si después de meses de rebajas tributarias, flexibilización y promesas de inversión el Estado debe acelerar obras, financiar emprendimientos y activar turnos para sostener el empleo, habrá que mirar con especial atención dónde está fallando la transmisión entre crecimiento, inversión y trabajo.

Tampoco parece casual que, a seis meses de iniciado el Gobierno, varias de sus grandes apuestas hayan debido ser corregidas, revisadas o reorientadas: la reducción del gasto y el ajuste fiscal conviven ahora con un plan de emergencia para crear empleo; la promesa de que la rebaja tributaria y la facilitación de inversiones activarían rápidamente la economía aún no se traduce en una recuperación robusta del empleo; la modificación del MEPCO terminó trasladando un fuerte aumento de los combustibles a los consumidores; y en materia laboral, mientras se anuncia empleo, el Gobierno impulsa cambios a las 40 horas y mantiene en revisión la implementación de la Sala Cuna. Más que una hoja de ruta que avanza según lo previsto, comienza a parecer una sucesión de planes de contingencia para corregir los efectos de planes anteriores.

Y hay algo casi pintoresco en esta forma de gobernar: cada problema parece necesitar su propio nombre de guerra. Ayer fue el Plan Implacable para la seguridad; hoy es Modo Empleo para el desempleo. Mañana quizás tengamos Modo Inflación, Plan Invencible para el crecimiento u Operación Sin Excusas para la inversión.

El problema es que cambiarle el nombre a una emergencia no cambia su naturaleza. La publicidad puede convertir una política en una marca, pero no convierte automáticamente una marca en una política efectiva. Chile no necesita más nombres rimbombantes para sus problemas: necesita resultados medibles, empleos sostenibles, inversión efectiva y salarios capaces de enfrentar el costo de la vida.

El desafío no es poner a Chile en “Modo Empleo” por unas semanas. Es conseguir que el empleo deje de estar en modo emergencia.

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