jueves 17 de septiembre de 2026
Opinión

Humedales, nuestro seguro natural

El calentamiento global, el retroceso acelerado de los glaciares y altas precipitaciones con elevadas isotermas cero, nos están dejando señales cada vez más evidentes.

17 de septiembre de 2026 - 05:00

En períodos de lluvias, las cuencas son como vasijas, donde el agua escurre dirigiéndose por gravedad hacia la parte más baja, alimentando ríos, lagos y el mar. Si en su recorrido, esta agua corre por un suelo descubierto, sin vegetación, este escurrimiento genera procesos de erosión, y puede arrastrar todo lo que encuentra en su camino.

En cambio, si hay presencia de vegetación, la velocidad del agua disminuye y se puede infiltrar en el suelo alimentando las napas que nos abastecerán en tiempos de sequía. Rol similar al que cumplen los humedales, que en episodios de alta precipitación, actúan como un escudo frente a las inundaciones absorbiendo gran parte del agua lluvia y caudal desbordado.

En el pasado mes de julio, estos eventos de intensas lluvias, ocurrieron en distintas regiones de Chile, siendo más devastador en aquellas con menor cobertura vegetal y con menor superficies de humedales como Coquimbo. Otro ejemplo fue lo que vimos en Concepción y sus alrededores, donde las áreas con mayor cobertura de cemento, deforestación producto de los incendios del verano y con humedales presionados por la expansión urbana, fueron afectadas por inundaciones y aluviones que impactaron de manera directa a la población, debido a que los esteros y ríos se desbordaron, buscando sus antiguos cauces, recordándonos la afirmación “el agua tiene memoria”.

Pero por otro lado, con eventos similares, la ciudad Valdivia se mostró resiliente, ya que si bien hubo inundaciones, y el aumento del volumen transportado por los ríos fue evidente, estos caudales fueron amortiguados por la presencia de una extensa red de humedales, que actuaron como barreras de seguridad para los barrios y localidades dentro y fuera de la ciudad. En el siguiente gráfico, se muestra los caudales promedio diarios del mes de julio en las mediciones realizadas por la DGA en la cuenca del río Valdivia, en los tramos de los ríos Quinchilca, San Pedro y Calle Calle.

Así como los eventos de lluvia registrados en la estación Pichoy, donde se observó claramente que posterior a un evento de lluvia aumentó el caudal a un nivel que según modelaciones ocurre cada 80 años. En este frente, vimos cifras donde en una semana, la ciudad recibió el equivalente a 205,9 mm de precipitaciones, y en el transcurso de las horas, cuando la lluvia bajaba su intensidad, la ciudad comenzaba a volver a una relativa normalidad.

Grafico de caudales y precipitaciones, julio 2026

Grafico de caudales y precipitaciones, julio 2026

Gráfico de Caudales y precipitaciones promedio en estaciones de la cuenca del río Valdivia del mes de julio, 2026. Datos obtenidos en plataformas en línea de Meteorología de Chile (*) y Dirección General de aguas (**). Elaboración Propia, Fundación Plantae.

Las preguntas que ahora debemos hacernos son las siguientes; ¿Qué hubiese ocurrido, si no contaramos en la ciudad con el sistema de humedales y su capacidad de absorción de agua en corto tiempo? ¿Estamos en condiciones de evaluar si estos espacios hay que mantenerlos o “aprovecharlos” para instalar en ellos proyectos de infraestructura gris? ¿O es que es tiempo de reconocer que la calidad de vida, el valor paisajístico y la seguridad que nos brindan en las actuales situaciones invernales que nos toca enfrentar, dependen del valor que reconozcamos en ellos y de cómo los integramos en nuestra planificación urbanística?

Debido al cambio climático global, es muy probable que estos eventos de intensas lluvias en pequeños periodos de tiempo sean cada vez más recurrentes. Por eso, es importante que dentro de la planificación de cada territorio se reconozca y respete el valor que tienen los humedales en términos de seguridad para la población y con esto, trabajar en políticas públicas que ayuden a disminuir los riesgos de fenómenos climatológicos a los que nos deberemos adaptar, previniendo la pérdida de infraestructura, viviendas e incluso vidas por inundaciones y aluviones al construir en espacios de riesgo.

Mientras terminaba de escribir esta columna, en Nepal, un país montañoso como Chile, enfrentaban una tragedia de una magnitud difícil de comprender. Las imágenes del aluvión, destrucción y comunidades arrasadas parecían extraídas de una película de ciencia ficción. Pero no lo eran. Eran parte de una realidad que comienza a repetirse con demasiada frecuencia en distintos lugares del planeta.

El calentamiento global, el retroceso acelerado de los glaciares y altas precipitaciones con elevadas isotermas cero, nos están dejando señales cada vez más evidentes. Señales que ya no podemos mirar como acontecimientos lejanos, excepcionales o ajenos. También aquí, en nuestros ríos, montañas, bosques y ciudades, la naturaleza está cambiando, y con ella cambian los riesgos a los que estamos expuestos.

Comprender esos cambios, anticiparnos y adaptar la forma en que planificamos nuestros territorios y nuestro desarrollo es una responsabilidad que nos pertenece a todos. A las autoridades, a las comunidades, a quienes toman decisiones y también a cada uno de nosotros. La resiliencia no puede comenzar después de una tragedia; debe construirse antes.

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