miércoles 22 de julio de 2026

¿Estamos renunciando al desarrollo?

Hasta los países desarrollados que viven de exportar recursos naturales, como Noruega, Australia o Nueva Zelanda, tienen algo que nosotros no: capacidades tecnológicas propias y fuertes.

22 de julio de 2026 - 11:45

Hace algunas semanas escuchaba a un periodista argentino decir que existía algo en común entre la élite empresarial de su país; todos comparten la renuncia a que Argentina pueda ser un país desarrollado. Cuando pienso en nuestro país, me pregunto: ¿es así efectivamente? ¿Podríamos estar renunciando al desarrollo en Chile?

Comencemos por el presidente José Antonio Kast, que hace poco resumió el proyecto que tiene para Chile en una sola frase: “ un libro precioso, empastado, en la biblioteca. ¿Cuántos trabajos generó? Ninguno”. En esa imagen está condensada una idea de país que a lo largo de muchos años ha estancado a Chile en su crecimiento y ha mantenido la desigualdad. Apenas asumió, le bajó el presupuesto a la ciencia, la innovación y la tecnología con un recorte de más del 3%.

Además, ingresó al Congreso una reforma que busca bajar los impuestos a las empresas del 27% al 23%, provocando un déficit que durante 10 años será imposible recuperar. Todo esto se sostiene sobre un razonamiento que suena impecable. Si las empresas pagan menos impuestos, van a tener más plata; si tienen más plata, van a invertir más; si invierten más, la economía va a crecer, y si la economía crece, ese crecimiento va a “chorrear” hacia abajo y nos vamos a beneficiar todos por igual.

Algo curioso es que Chile viene funcionando así desde hace años y los números son tercos. Seguimos vendiendo, sobre todo, piedra, y cada vez más pegados a ella, porque la minería es el 59% de lo que exportamos y, de eso, la mayor parte es cobre. El sector crece pero la matriz no se complejiza, tanto que en el índice que mide cuán sofisticado es lo que produce un país, Chile cayó al puesto 78 y perdió ocho lugares en una década, o sea, nos volvimos menos complejos. Y mientras el modelo no cambia, la desigualdad no se mueve, hasta el punto de que seguimos siendo el país más desigual de la OCDE.

Los países que se desarrollaron tomaron otra dirección. Hicieron política industrial deliberada, con el Estado al mando de una estrategia de largo plazo, con el diseño de instrumentos como impuestos, subsidios, inversión y un largo etcétera. Por ejemplo, Estados Unidos, ese país que tanto le gusta a nuestro presidente, no se desarrolló mirando cómo la mano invisible del mercado hace magia. Internet, el GPS y hasta las pantallas táctiles salieron de programas planificados en dicho país. Estos tipos de programa continúan con más fuerza aún, porque frente al avance de China acaban de poner sobre la mesa unos 52 mil millones de dólares para volver a fabricar chips en su propio territorio, más otro paquete enorme para energía limpia.

No es solo Estados Unidos. La política industrial volvió mucho más fuerte que en la década anterior, y hoy los países se disputan a codazos el lugar que ocupan en el mundo. Europa lanzó su propia ley de chips, que busca movilizar unos 43 mil millones de euros. China no llegó a dominar los autos eléctricos, las baterías y los paneles solares sin estrategia y política industrial. India construyó una infraestructura pública digital, un modelo que ya empezó a exportarle al resto del Sur global. Indonesia, que en 2020 prohibió exportar su níquel en bruto para obligar a procesarlo adentro, pasó de vender la piedra a quedarse con las plantas y multiplicó por diez el valor de lo que exporta.

Entonces la discusión sobre nuestro modelo económico (y por tanto si vamos a caminar hacia el desarrollo) debería girar en torno a qué vamos a producir y cómo lo vamos a hacer. No es lo mismo vender plátanos que vender iPhones, o vender concentrado de cobre que vender software para minería. ¿Por qué importa lo que producimos y por qué impacta en nuestra calidad de vida? Porque lo que produce un país se parece bastante a cómo son nuestros trabajos. Si nuestro trabajo no es complejo, el sueldo es más bajo y nuestra calidad de vida empeora.

Ante esto, sirve mirar a los países según dos cosas: qué venden, o sea, cuán sofisticado es lo que exportan, y cómo lo producen, o sea, cuántas capacidades tecnológicas propias tienen. Ahí aparece algo que incomoda, porque hasta los países desarrollados que viven de exportar recursos naturales, como Noruega, Australia o Nueva Zelanda, tienen algo que nosotros no: capacidades tecnológicas propias y fuertes. Exportan materias primas igual que nosotros, pero les construyeron alrededor ingeniería, ciencia, maquinaria y servicios complejos. Chile, en cambio, vende lo básico y, encima, no desarrolla las capacidades para hacer otra cosa, lo cual es el peor lugar donde podríamos estar parados.

Tenemos que discutir entonces cuáles son los instrumentos que necesitamos, cómo lo haremos desde el Estado y el sector privado, con un Estado que ordene el rumbo y no se quede mirando. Pero por ahora solo vemos al máximo mandatario de la nación retando a un niño o quejándose de lo que hoy está en sus propias manos. Por lo que pareciera ser que el primero en renunciar al desarrollo de Chile es el presidente.

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