El resultado de las elecciones en Berlín dejó una imagen que hace pocos años habría parecido improbable. Die Linke, un partido que muchos daban por condenado a la irrelevancia después de años de crisis y divisiones internas, obtuvo el 25,7 % de los votos, más del doble que en 2023, y se convirtió por primera vez en la principal fuerza política de la capital alemana.
Sería fácil explicar este resultado por una buena candidata, Elif Eralp, y una campaña que colocó en el centro uno de los principales problemas de los berlineses: la vivienda. Pero detrás de esta victoria hay algo más interesante. Die Linke no solamente cambió lo que decía, también intentó cambiar su manera de relacionarse con la sociedad.
Parte de ese cambio consistió en algo aparentemente elemental: volver a hablar de los problemas que organizan la vida cotidiana. En Berlín eso significó alquileres, vivienda, transporte y costo de vida. Y no es que Die Linke haya abandonado el feminismo, el antirracismo, el ecologismo o la defensa de los migrantes —Eralp tiene una larga trayectoria en algunas de esas luchas—, sino que la campaña no comenzó preguntándole al elector quién era, sino qué le estaba pasando.
Una jubilada alemana, una estudiante, una familia de origen turco y un trabajador migrante pueden tener trayectorias muy diferentes. Pero todos pueden ser inquilinos y experimentar el mismo temor frente al próximo aumento del alquiler. Quizás la cuestión no sea entonces elegir entre clase e identidad, sino volver a construir un “nosotros” a partir de experiencias compartidas.
Porque las personas viven las desigualdades mucho antes de nombrarlas como tales. Las experimentan cuando el salario no alcanza, cuando pagar una cuenta obliga a postergar otra, cuando no encuentran vivienda o sienten que sus hijos tendrán menos oportunidades. La política comienza cuando esas experiencias dejan de entenderse únicamente como problemas personales y pasan a formar parte de una discusión sobre cómo se distribuyen los recursos, las oportunidades y también el poder.
Pero probablemente la enseñanza más interesante de Berlín ocurrió antes de la campaña electoral.
Durante los últimos años, Die Linke intensificó el trabajo puerta a puerta y la presencia en los barrios. Militantes y voluntarios preguntaban qué problemas enfrentaban los vecinos y allí aparecían asuntos aparentemente pequeños: un ascensor que llevaba meses sin funcionar, basura, alquileres demasiado altos o cuentas difíciles de entender. A partir de allí se organizaron reuniones de inquilinos, asesorías y reclamaciones colectivas.
Un partido político no es una organización de beneficencia, es cierto. Pero lo políticamente relevante ocurrió cuando aquello que alguien consideraba un problema privado resultó ser también el problema de su vecino y comenzó a preguntarse por qué. El “tengo un problema” puede convertirse entonces en “tenemos un problema”. Y es también tarea de la política entender por qué lo tenemos y qué podemos hacer juntos para solucionarlo.
Frente a la crisis de la vivienda, Die Linke no se limitó a prometer que construiría más. Cuestionó el poder de las grandes inmobiliarias y defendió una mayor intervención pública en el mercado del alquiler. Se puede discutir la eficacia de esas propuestas, pero hicieron algo fundamental: ofrecieron una explicación del problema, identificaron intereses contrapuestos y propusieron una forma de actuar.
Es esto lo que resulta central cuando hablamos de desigualdades, en Berlín o en Santiago. Una sociedad desigual no distribuye de manera desigual solamente ingresos y oportunidades. También distribuye desigualmente la capacidad de defenderse, organizarse y hacerse escuchar. Quien dispone de recursos puede encontrar soluciones individuales a muchos de sus problemas. Quienes tienen menos dependen mucho más de instituciones colectivas para transformar situaciones individuales de impotencia en capacidad de acción.
Históricamente, sindicatos, asociaciones vecinales, movimientos sociales y partidos populares cumplieron también esa función. No solo representaban intereses: ayudaban a construirlos, conectando experiencias individuales con proyectos políticos más amplios. Pero sería un error concluir que Die Linke ganó simplemente porque encontró el tema correcto. Su recuperación obliga también a mirar lo que hizo cuando no había elecciones: escuchar, acompañar conflictos, organizar a los vecinos y volver a estar allí donde la política institucional aparecía distante.
Berlín, por supuesto, no es Chile. Pero esta experiencia deja preguntas relevantes para nuestras izquierdas. Nuestro país atraviesa un momento marcado por el alto costo de la vida, distintas formas de inseguridad y problemas persistentes de vivienda, salud y pensiones. Construir respuestas frente a esas preocupaciones no puede comenzar solo cuando se inicia una campaña electoral.
Los tiempos sin elecciones no deberían estar políticamente vacíos para nuestros partidos. Deberían ser el momento en que los problemas cotidianos comiencen a comprenderse colectivamente, se construyan explicaciones sobre sus causas y se busquen soluciones colectivas, no solo en los congresos partidarios y en la discusión legislativa, sino cara a cara con la gente.
Disputar ese terreno exige a las izquierdas algo más que mejores mensajes. Supone organizar intereses y conectar experiencias que parecen individuales; estar allí donde una cuenta parece injusta, donde el arriendo se vuelve impagable o donde un barrio siente que nadie lo escucha.
Porque quizás el problema de la izquierda no sea solamente que muchas personas hayan dejado de votarla, sino que para una parte de ellas dejó de representar una explicación de lo que les ocurre y una herramienta para actuar colectivamente sobre esos problemas. Recuperar esa capacidad es una tarea que debe comenzar mucho antes de que los ciudadanos lleguen a las urnas, y es deber de nuestro sector político comprenderlo.