martes 25 de agosto de 2026

El olvido de la individualidad en la educación de masas

El primer paso no es legislar ni financiar, sino que los adultos —los profesores, los apoderados, los académicos— nos preguntemos honestamente qué estamos irradiando a los jóvenes que tenemos delante

25 de agosto de 2026 - 18:45

Nos estamos acostumbrando a leer noticias como que las universidades Diego Portales, Alberto Hurtado, Academia de Humanismo Cristiano y Usach suspenden clases debido a amenazas de una matanza en sus respectivas casas de estudio. O anunciando que un estudiante de 20 años perteneciente al Instituto Nacional fue detenido –incautando municiones y medicamentos— tras ser identificado como el autor de una grave amenaza de ataque armado en ese emblemático colegio. Lo anterior sumado a los casos recientes del estudiante que asesinó a una inspectora en Calama o la agresión a la ministra de Ciencia en Valdivia plantean una pregunta que hasta ahora hemos eludido: ¿Qué se agita en lo profundo del ánimo de los jóvenes de hoy?

En muchos vive una experiencia desgarradora de soledad —enclaustrados dentro de sí, desamparada de redes de apoyo, sin salida visible ante una realidad que anuncia su colapso. También he escuchado repetidamente la palabra abandono: que se sienten abandonados por sus cercanos, por la sociedad, incluso por la Historia.

Esta soledad no nace de las redes sociales ni de la pandemia, aunque ambas la hayan acelerado. Su historia es más larga y más trágica. Para entenderla bien, hay que trazar las motivaciones de origen del modo en que fue organizada la educación moderna.

Uno de los impulsos decisivos de la modernidad fue el anhelo de afirmación de la personalidad individual, que invita a descubrir la singularidad propia en la vida, encontrar la propia voz. Pero a la vez, esos imaginarios se encuentran con un sistema educacional uniformizado mediante syllabus, rúbricas y pruebas estandarizadas para educar a ‘las masas’.

Conviene recordar que esta educación de masas tiene una historia propia: desde Amos Comenius y su noble ideal de “enseñar todo a todos”, se fue institucionalizando un modelo de instrucción que aplica un mismo método para la totalidad de los alumnos. La intención era democratizadora; el efecto, progresivamente homogeneizante. Cuando además se cortó el lazo vivo de una herencia valórica entre generaciones —hoy el hijo aprende a afeitarse de un video de YouTube, no del padre— la crisis se hizo patente. Estamos parados ante la nada, solos como nunca, sin los viejos asideros.

Esta educación de masas viene acompañada de la ciencia dominante de corte reductivista, que les dice a nuestros jóvenes que las angustias de la vida no son enfrentables desde adentro, como seres pensantes y agentes autónomos, sino que solo pueden paliarse mediante terapias farmacológicas y sustancias químicas.

La "solución" apunta a evadir el problema. Las drogas, el alcohol, las redes sociales, la terapia psicológica con la IA: ¿no son todas formas de escape ante un drama interior que se presenta como insoluble? La soledad de una personalidad sin perspectiva de transformación, sin profesores o adultos capaces de acompañar ese proceso, no es productiva sino anómica, rígida y desgarrada. El desgarro va, o hacia la evasión, o hacia la criminalidad, o hacia esa variante hipersocial del vacío que es la obsesión por los likes y los seguidores.

Hay que superar ese reductivismo y recuperar la idea de una personalidad creadora, que surge desde dentro de sí misma. Esto significa también confiar en la libertad de los profesores y estudiantes, en contra de los estándares, protocolos, pero también en contra de leyes hiper-represivas (esto es lo más importante a resaltar para mí).

Eso es a lo que en la tradición intelectual chilena, Mistral y Millas nos invitan: a renovar la confianza en la personalidad humana, única e irreductible, contra la sugestión de la masa y la confianza ciega en procedimientos y algoritmos burocráticos impersonales. Ello sugiere que el debate chileno sobre educación ha estado mirando en la dirección equivocada.

¿Qué haría falta para reorientarlo? Al menos esto: que empecemos a comprender la educación como un ejercicio de desarrollo de la personalidad y no como socialización, ni como transmisión de información, ni como adiestramiento para el mercado. Que reconozcamos que la soledad desgarrada de nuestros jóvenes no es un efecto de las redes sociales ni de la pandemia, sino el resultado de un largo proceso cultural que declaró anatema al yo humano.

Que finalmente entendamos que ninguna política de "inclusión" o "salud mental" cargada de protocolos de derivación va a resolver un drama que es, en su raíz, de naturaleza anímica. Y que el primer paso no es legislar ni financiar, sino que los adultos —los profesores, los apoderados, los académicos— nos preguntemos honestamente qué estamos irradiando a los jóvenes que tenemos delante.

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