lunes 25 de mayo de 2026

El Biblionauta 6: "En la mente nazi", de Laurence Rees

Rees nos recuerda que todo es frágil, sumamente frágil. Que las cosas que nos parecen normales y damos por sentadas pueden desaparecer de un instante a otro.

25 de mayo de 2026 - 16:45

Laurence Rees es, un historiador británico nacido en 1957, autor de varios libros sobre la Segunda Guerra Mundial y, en especial, sobre el nazismo. Reconoce, en los agradecimientos del libro que comentamos, a Ian Kershaw, quizás uno de los eruditos más grandes en la materia, como su mentor y amigo. Su libro nos enfrenta al misterio insondable de la maldad humana.

Porque aquí no hablamos de esa cuota de maldad que todos poseemos ni de esa dosis de daño que todos causamos, incluso a los que amamos, a causa de nuestras miserias. Hablo de otra cosa. Hablo de los que son capaces de torturar a personas, a veces delante de quienes las aman o incluso delante de hijos o niños; peor todavía, hay quienes torturaron niños y los mataron. Hablo de los genocidas, de los que despachan bombas que hacen arder a mujeres y niños en guerras que mamíferos estúpidos pero poderosos desatan sobre sus cabezas.

Me he convencido de que muchos humanos tienen una crueldad y una oscuridad interior que no tiene cura. La pregunta es qué hacemos los demás frente a esa gente. Por de pronto, sería bastante bueno no votar por ellos, porque esa gente persigue el poder para poder ampliar su capacidad de causar sufrimiento. Pero ahí lo tenemos: Trump dos veces presidente, Pinochet, el jefe de un régimen sanguinario, obtuvo un nada despreciable 44% de votos para seguir en el poder otros 8 años que habrían significado, qué duda cabe, más torturados y desaparecidos.

Así y todo, hay que seguir hablándole a esos votantes, habitualmente alérgicos al razonamiento y a los libros, sobre todo a los que hacen pensar, en la esperanza de que no voten por ese tipo de gente. De lo contrario, podríamos correr el riesgo, por ejemplo, de elegir como presidente del país a un declarado admirador de Pinochet; o a un buen amigo de la Colonia Dignidad y de Paul Schäfer en el apogeo de su poder; o a un homofóbico; o a gente que crea que el agua de los ríos se pierde y desperdicia en el mar; o a un negacionista de la violación de los derechos humanos durante la dictadura militar que creyera.

Imagine usted que Krassnoff es un buen tipo que no hizo lo que tantos jueces dicen que hizo; o a un enemigo claro de la justicia social; o a alguien que piense que la investigación científica se traduce en libros bonitos que quedan en estantes sin que nadie los lea y sin que produzcan dinero; o, peor, a alguien que sea o crea todo lo anterior simultáneamente, que ya sería el epítome de la torpeza del votante. Puede pasar, no me diga que no.

No acepto la idea de que identificar a la maldad y a las personas crueles sea puro maniqueísmo, como si la maldad, la crueldad y los perversos no existieran. No hacerlo me parece ingenuo e indolente, porque podemos terminar dándoles poder. Tres casos, para entender lo que digo.

Acabo de ver en redes sociales a un sujeto que era un alto ejecutivo, un señor Germán Naranjo Maldini – el segundo apellido ya es sugerente –, insultando a tripulantes de un avión con un racismo que aterra, hablando del “olor a negro”, imitando el sonido de monos. ¿Qué haría este señor con poder?

Nunca podré olvidar la crueldad infernal de Patricia Maldonado lanzando huesos de pollo a los familiares de detenidos desaparecidos mientras les gritaba que si querían huesos ahí tenían unos. ¿Qué haría Patricia Maldonado con poder?

Me asombra la insensibilidad y la premeditada maldad que debe animar a Javier Olivares para ponerse una capa de militar y lucirla con orgullo en el parlamento, causando dolor en tantos que perdieron a seres amados a manos de los asesinos que trabajaban para Pinochet. ¿Qué hará este señor con el poder que ya le dimos?

Pero lo que quiero decir, o lo que dice Rees mucho mejor que yo, es que este tipo de personas, las más proclives a buscar el poder, no lo alcanzan solo por su esfuerzo. A veces el poder se lo damos nosotros.

El grupo de monstruos morales que conformaban Hitler, Goebbels, Göring, Himler, Heynrich, Bormann, Höss, Hess, Dirlewanger, Eichmann, entre otros, contaron con la complicidad de una élite indolente y con el voto de un electorado inepto que catapultó al partido nazi al primer puesto en los votos, dos hechos que terminaron por persuadir a Hindenburg, en enero de 1933, de nombrar como canciller al cabo austríaco que tanto despreciaba.

En su libro, Rees explica doce conductas con las que el nazismo obtuvo el poder y logró controlar Alemania de manera total. Cada una de estas doce conductas constituye un capítulo. Analiza cómo el nazismo, por ejemplo, difundía teorías de conspiraciones imaginarias en la que los judíos eran los responsables de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial. Otras estrategias de los nazis apuntaban a diferenciar entre “ellos” y “nosotros”, en fomentar el miedo, en desconocer los derechos humanos, en explotar la fe que niega la razón y en intensificar el racismo.

Todo el esfuerzo de Rees apunta a que tengamos conciencia de que esas conductas tan características de los nazis no han desaparecido. Nos recuerda que el régimen nacionalsocialista fue derrotado y desapareció en 1945, pero el nazismo o, más ampliamente, estos modos de actuar del nazismo, sobreviven.

Paradójicamente, al mismo Netanyahu se le ha tildado de nazi, lo que no es el absurdo que parece en un primer momento, porque, visto el asunto más de cerca, difunde teorías falsas para justificar su violencia, diferencia un “ellos” (los palestinos) de un “nosotros” (los israelíes), fomenta el miedo, desconoce los derechos humanos y preside un régimen claramente racista.

Que Netanyahu y su gobierno se comporte de ese modo es la demostración más inquietante de que todos podemos actuar al modo nazi; que algunos judíos e israelíes condenen la violencia de su gobierno y denuncien la violación de los derechos humanos de los palestinos es la demostración más esperanzadora de que aún hay espacio para la bondad.

En un capítulo final llamado “12 advertencias”, Rees nos recuerda que todo es frágil, sumamente frágil. Que las cosas que nos parecen normales y damos por sentadas pueden desaparecer de un instante a otro: nuestra seguridad, nuestra integridad física, nuestra democracia. Esta última, en particular, enfrenta al menos doce amenazas que Rees enumera, entre ellas la concentración de la riqueza y de los medios de comunicación que augura la corrupción completa del sistema democrático y su implosión.

Y en ausencia de democracia gobiernan personas como Hitler, Stalin, Pinochet. Cuando las instituciones son superadas y todo se convierte en un asunto de mera fuerza bruta o violencia, entonces gente como Naranjo, Maldonado u Olivares son los que imponen su lógica – por llamarla de algún modo – de odio y ausencia de razón. Nuestra primera obligación como electores es informarnos sobre lo que votamos y, sobre todo, sobre aquellos entre los que debemos elegir.

Identificar la maldad de algunos, que en ocasiones la trasuntan impúdicamente en lo que dicen, en lo que lanzan o en lo que visten, es nuestro primer deber, porque entregar poder a esa gente es la sentencia de muerte de un sistema democrático que se base en la libertad-igualdad y los derechos humanos. Y para entender esto, el libro de Rees es una buena opción.

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