viernes 24 de julio de 2026

Tulipanes de madera

A propósito de la presentación de Transformando Futuro en la Embajada de los Países Bajos: un recorrido por los gestos, conversaciones y manos invisibles que hicieron posible la primera cooperativa de servicios profesionales liderada por mujeres trans.

24 de julio de 2026 - 13:45

En la recepción revisaron una lista antes de dejarme subir. Mientras buscaban mi nombre vi a Rodrigo entrar al ascensor. Nos vimos mientras cerraba el ascensor y alcanzamos a saludarnos, bastó verlo para saber que había llegado al lugar correcto; cuando se abrieron las puertas, Sam me recibió con un abrazo.

Después vinieron las presentaciones. Me senté junto a Andrés y hablamos de la vida, del trabajo y de los proyectos que siempre parecen empezar con un café y terminar quién sabe dónde. Chismoseamos un rato, como dos colas que se reencuentran después de un tiempo.

Hay conversaciones que nunca llegan al micrófono, pero muchas veces son las que sostienen los procesos. Mientras esperaba que comenzara la actividad me puse a recorrer la sala. Los ventanales abrían Santiago. En la mesa descansaban varios tulipanes de madera; tomé uno entre las manos y sentí las vetas bajo los dedos, pensando que alguien había dedicado horas a tallar una flor que nunca iba a marchitarse. Levanté la vista: una señora cruzaba el salón llevando un arreglo floral y detrás de ella apareció el retrato de los reyes de los Países Bajos.

Recuerdo haber pensado que había algo extraño en esa escena, una cooperativa nacida al alero de un proyecto de Sercotec presentándose en una embajada. Guardé la pregunta. La respuesta llegó más tarde, cuando los discursos ya habían terminado y alguien comenzó a contar la historia de los vínculos que, durante años, esa embajada había construido con organizaciones de las diversidades sexuales y de género. Me gustó que la explicación apareciera fuera del protocolo. Hay historias que solo se dejan contar cuando la ceremonia termina.

Romina abrió la jornada hablando de trabajo, pero pronto quedó claro que no estaba hablando solamente de empleo; hablaba de todo lo que ocurre antes de que una persona trans llegue siquiera a una entrevista laboral: la escuela, la familia, los prejuicios, las puertas que se cierran mucho antes de tocarse.

Dijo también que aquella cooperativa no nacía de un momento inspirador; era el resultado de años de reuniones, desacuerdos, aprendizajes y personas que decidieron seguir encontrándose. Mientras la escuchaba dejé de atender las palabras y empecé a escuchar las voces. Las risas eran sinceras; sin embargo, para un oído pulido en la discriminación también había otra música.

Había voces donde todavía resonaban tiempos difíciles que no opacaban la alegría, sino que la hacían más profunda. En algún momento alguien comentó que no valía la pena abrir una discusión epistemológica para definir qué era una cooperativa; importaba otra cosa: lo que significaba levantar una hoy. La sala quedó en silencio. No era un silencio incómodo; era de esos silencios en que las ideas cambian de lugar antes de encontrar nuevas palabras.

Cuando llegó mi turno no sentí que estuviera respondiendo a una exposición; sentí que estaba entrando en una conversación. Hablé de la ignorancia, de esa capacidad que tenemos para reproducirla hasta convertirla en sentido común. Y pensé en voz alta que, frente a esa fragilidad, las respuestas individuales suelen agotarse demasiado pronto: hay momentos en que solo una respuesta colectiva consigue mover aquello que parecía inmóvil.

En la mesa se retomó la idea, no para responderme, sino para seguir pensándola. Y quizás ese fue el momento más importante del diálogo: no porque alguien convenciera a otra persona, sino porque una idea dejó de tener dueño.

Cuando terminó la actividad nadie se fue inmediatamente; las conversaciones siguieron ocupando la sala. Había abrazos, nuevos nombres, personas presentando a otras personas y proyectos que todavía no existían y que, sin embargo, ya empezaban a buscar su lugar entre los canapés, chocolates y bebestibles. Antes de salir volví a pasar junto a los tulipanes.

Esta vez no pensé en Holanda ni en la embajada; pensé en las manos: en las que tallaron esa madera y en las otras, mucho menos visibles, que durante años fueron tallando confianzas para que esa mañana pudiera existir. Dejé el tulipán donde estaba. Afuera seguía siendo la misma ciudad, pero mientras caminaba hacia el ascensor me quedó dando vueltas una idea: las cosas que no nacen el día en que se inauguran; llegan en el momento en que, por fin, pueden ser vistas.

Los tulipanes de madera fueron solo una parte de la historia.

Para conocer de cerca el trabajo de la Cooperativa Transformando Futuro y a las personas que la hacen posible cada día, puedes seguir su camino en Instagram: @trans_formandofuturo.

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