Chile está viviendo dos procesos que solemos discutir por separado. Desde abril de este año, la jornada ordinaria se redujo a 42 horas semanales y en 2028 llegará a 40. Al mismo tiempo, la inteligencia artificial empieza a modificar tareas administrativas, profesionales y productivas.
Si aumenta la productividad, podemos trabajar menos horas sin producir menos. Pero queda una pregunta: si la tecnología permite producir lo mismo con menos trabajo humano, ¿qué ocurre con el trabajo que deja de ser necesario?
Ese problema está en el centro de la crítica marxista del capitalismo. El capital ha demostrado una enorme capacidad para desarrollar las fuerzas productivas. La maquinaria reemplazó parte del trabajo manual, la ciencia se incorporó a la producción y la organización industrial permitió fabricar más con menos trabajo por unidad. La IA continúa ese proceso y lo extiende a actividades que parecían difíciles de automatizar.
Supongamos que una empresa incorpora IA y una tarea que antes requería ocho horas puede hacerse en cuatro. Técnicamente se ahorraron cuatro horas de trabajo. Socialmente, todavía no sabemos qué ocurrió con ellas. La empresa puede producir más, asignar nuevas tareas, reducir personal o también reducir la jornada. La tecnología abre esas posibilidades, pero no decide cuál se realizará.
Para entender por qué, no basta con mirar la máquina. Hay que mirar las relaciones sociales en las que funciona.
Una empresa incorpora tecnología cuando le permite producir mejor que sus competidores. Si produce usando menos tiempo, obtiene una ventaja. Cuando esa técnica se generaliza, deja de ser excepcional y se transforma en una nueva referencia para todos. Lo que ayer permitía producir más rápido termina convirtiéndose en la velocidad que mañana será necesario alcanzar.
Por eso el capitalismo puede ahorrar enormes cantidades de trabajo sin reducir proporcionalmente el tiempo que dedicamos a trabajar. Cada salto de productividad crea la posibilidad de necesitar menos trabajo y, al mismo tiempo, abre una nueva carrera por aumentarla otra vez.
La IA hace especialmente visible esa contradicción. Durante mucho tiempo imaginamos la automatización como una máquina sustituyendo fuerza física. Hoy interviene también en tareas de lenguaje, análisis, programación y producción de conocimiento. Parte de esos resultados puede obtenerse con menos trabajo humano.
Pero la capacidad de esos sistemas no surgió espontáneamente. Detrás de ellos hay décadas de investigación, programación, semiconductores, infraestructura, datos y conocimiento acumulado socialmente. Ese conocimiento colectivo se incorpora a máquinas y plataformas que aparecen frente al trabajador como una potencia independiente.
La contradicción es profunda: el conocimiento acumulado permite que el trabajo humano inmediato sea cada vez menos necesario para producir determinadas cosas, pero el trabajo sigue siendo central en una economía organizada alrededor del valor. Aumenta nuestra capacidad para ahorrar trabajo sin que ese ahorro se transforme automáticamente en tiempo disponible.
La estructura actual de la IA agrega otra dimensión. Una empresa chilena puede aumentar su productividad mediante sistemas cuya infraestructura depende de proveedores extranjeros. Chips, nube y capacidad de cómputo presentan niveles importantes de concentración. Puede reorganizar el trabajo en Chile y, al mismo tiempo, depender de capitales mucho mayores que controlan esa infraestructura.
No es sólo un problema de nacionalidad. La cuestión de fondo es para qué se utiliza una capacidad capaz de ahorrar trabajo. Mientras el aumento de productividad esté sometido principalmente a competir, producir valor y acumular capital, cada nueva tecnología reduce el trabajo necesario por unidad y, al mismo tiempo, impulsa a producir más.
Eso permite volver a las 40 horas desde otra perspectiva. Reducir jurídicamente la jornada importa porque limita el tiempo destinado directamente al trabajo. Pero una jornada más corta no garantiza por sí sola una disminución de su intensidad. Si con IA puede hacerse en seis horas lo que antes requería ocho, también es posible utilizar esas seis horas para producir mucho más.
Por eso la discusión no termina al alcanzar las 40 horas. Estamos acostumbrados a entender la productividad como producir más por cada hora trabajada. También puede mirarse al revés: producir una determinada cantidad de riqueza utilizando menos horas de vida humana.
Ambas posibilidades existen materialmente. El capital tiene razones estructurales para privilegiar la primera. Quizá por eso el desarrollo de las fuerzas productivas no debería medirse sólo por todo lo que una sociedad es capaz de producir, sino también por cuánto tiempo de su propia vida necesita entregar para producirlo.