miércoles 26 de agosto de 2026

Día Nacional de la Oración y Día Nacional de la Biblia: ¿Pan y circo para el pueblo?

Por ahora, esa dislocada pulsión de querer instalar el Día Nacional de la Oración y Día Nacional de la Biblia solamente deja en evidencia un conservadurismo torpe, impulsivo y dogmático.

26 de agosto de 2026 - 11:45

Hace algunos días la opinión pública se enfrascó en el debate respecto de dos proyectos que buscan instaurar oficialmente en Chile el Día Nacional de la Oración y el Día Nacional de la Biblia; iniciativas encabezadas por las diputadas Sara Concha y Francesca Muñoz, ambas del Partido Social Cristiano (PSC).

Sin duda, nos encontramos frente a una paupérrima idea, que relega las bases conceptuales del Estado laico, libertad religiosa y neutralidad en el ejercicio. Tal vez, vuelve a emerger la vieja pretensión de algunos parlamentarios de querer gobernar con la Biblia o mantenerla presente en el imaginario colectivo, una degradación de ese servicio público racional, coherente y prioritario en pleno siglo XXI.

En primer lugar, para entender la idea de un Estado laico resulta indispensable contextualizar la separación Iglesia-Estado en Chile, ella data de un largo proceso de tensiones y conflictos que tienen como antesala al siglo XIX. En dicho periodo se dieron los primeros atisbos de tolerancia religiosa, siendo la Ley Interpretativa de 1865 la que permitió la práctica de cultos disidentes de manera privada.

A su vez, en el último cuarto del mismo siglo XIX se inició un proceso popularmente conocido como la discusión de las llamadas “ leyes laicas ” (1881-1884), instancia que propició la construcción de cementerios para no católicos, matrimonio civil y registro civil. Todos estos antecedentes y otros más forman parte de eso precedente a la Constitución de 1925, ya que tras esta última se pasó definitivamente de una “tolerancia religiosa ” hacia una libertad religiosa en el espacio público. Este hito político-religioso tiene como símbolo de su ejecución al ex presidente de la República Arturo Alessandri Palma, a través de la promulgación de la ya mencionada Constitución de 1925.

Esta nueva carta fundamental estableció a Chile como un Estado laico, poniendo fin a la unión formal que existía desde los inicios de la República y que le daba al presidente facultades, como por ejemplo, el patronato. Hasta entonces, el catolicismo había sido la única religión legalmente reconocida y financiada con fondos públicos. Pero lo curioso, y aquí viene la antítesis, es que la separación no significó un distanciamiento real, sino más bien una redefinición de roles.

La Iglesia perdió su lugar oficial, sí, pero conservó gran parte de su influencia cultural, social y educativa. En la actualidad, tras la “brillante” ocurrencia de algunas diputadas de instalar el Día Nacional de la Oración y Día Nacional de la Biblia parece volver aparecer una y otra vez la vieja alianza “Estado-Iglesia”, un peligro en términos constitucionales, estatales y legislativos; ya que desde el propio Estado desear “preservar hermenéuticas, exégesis y axiomas propios de las Sagradas Escrituras” anclados a un día legal como símbolo de fe, termina indudablemente visualizando un sentir de proselitismo, conservadurismo y fideísmo pobre y desventurado.

En segundo lugar, parece incoherente divisar que algunos parlamentarios deseen insistir en confesionalizar el Estado chileno, más aún, considerando la evidencia empírica de Estado laico. La iniciativa de instalar el Día Nacional de la Oración y Día Nacional de la Biblia presentada al Ejecutivo, según algunos, tiene como objetivo reconocer el aporte espiritual, cultural y social que ambas conmemoraciones representan para miles de familias chilenas. Esto, estableciendo el primer domingo de marzo de cada año como el Día Nacional de la Oración, y el último domingo de septiembre como el Día Nacional de la Biblia.

Sin embargo, al final del día ello podría radicar en que decenas de tradiciones religiosas y no religiosas tengan la pretensión de llevar al Estado sus ritos, textos sagrados y nomenclaturas litúrgicas con el fin de tener un día a modo de reconocimiento público, consecuencia de una mala “idea”.

En tercer lugar, una de las personalidades más influyentes de la filosofía política sugiere ciertos tópicos para tratar la problemática enunciada, la propuesta de Robert Audi establece algunas claves de reflexión para el problema de la religión en el mundo contemporáneo. Desde su mirada, colocar en el Estado matices religiosos ahoga los siguientes principios:

(1) Principio Libertario

(2) Principio Igualitario

(3) Principio de Neutralidad

Todos ellos buscan tratar a la religiosidad y a la no religiosidad con igualdad, en otras palabras, es aplicar al fenómeno religioso y al no creyente un estatus de igualdad para efectos públicos, o sea, respetar la libertad religiosa y tratar a todas las confesiones religiosas por igual. Desde aquí, surgen muchas preguntas al respecto, considerando las tensiones políticas, constitucionales y religiosas bajo una óptica pública en nuestro país.

¿Es Chile realmente un país laico donde todas las expresiones religiosas tienen el mismo valor público? ¿Chile es un país tolerante con la religiosidad y no religiosidad de las personas, o solo validamos al que dice profesar una fe cristiana? ¿Una y otra vez se insiste en dogmatizar el Estado con “fechas” claves que versan sobre la base de una fe cristiana?

¿Realmente resulta una urgencia declarar en Chile el Día Nacional de la Oración y el Día Nacional de la Biblia, o bien, albergamos otras urgencias en el territorio nacional de carácter social, económico y civil? ¿Estamos frente a una especie de proselitismo velado con esta pretensión política? ¿A 100 años de la separación Iglesia Estado (1925-2025) Chile aún necesita discutir estas materias? ¿Será que la política se ha convertido en ocasiones en espacios de amplificación evangélica tratando de gobernar, vivir y proceder bajo la luz divina de la Biblia y comunión con Dios?

Ante esto, parece que indudablemente se esquivan los verdaderos problemas que requieren urgencia desde el parlamento hacia la población, entonces, pan y circo para el pueblo, una y otra vez, pan y circo para el pueblo. Sin duda, el llamado servicio público debe buscar horizontalizar la necesidades de la población, por ahora, esa dislocada pulsión de querer instalar el Día Nacional de la Oración y Día Nacional de la Biblia solamente deja en evidencia un conservadurismo torpe, impulsivo y dogmático; ausente de las reales necesidades de los chilenos; el pan se compra con dinero, no con oración y una biblia.

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