En los últimos meses, las tensiones que ha tenido Estados Unidos con China, Rusia e Irán, están ocupando un lugar central en la agenda internacional. Aunque los últimos tres países mantienen distintos intereses y capacidades, han desafiado la influencia de EE.UU. para imponer las reglas del juego internacional.
Mientras China amplía su peso económico, Rusia busca preservar su influencia en Eurasia e Irán demuestra que una potencia regional puede alterar los mercados mundiales. Más que una alianza entre estos países, lo que se comienza a observar es una convergencia de intereses frente a la hegemonía estadounidense.
En 1997, el ex Consejero de Seguridad Nacional, Zbigniew Brzezinski, señaló que los futuros alineamientos políticos y las coaliciones regionales serían un gran desafío para Estados Unidos. “El escenario potencialmente más peligroso”, escribió, “sería el de una gran coalición entre China, Rusia y quizá Irán, una coalición ‘antihegemónica’ unida no por una ideología, sino por agravios complementarios”.
Casi tres décadas después, aquella advertencia resulta particularmente sugerente. No porque China, Rusia e Irán hayan formado la coalición que Brzezinski anticipaba, sino porque sus intereses convergen en un punto: limitar la capacidad de Estados Unidos para ejercer su predominio en el sistema internacional.
Cuando finalizó la Guerra Fría, el mundo pasó de un sistema bipolar a un sistema unipolar, donde Estados Unidos se consolidó como la potencia hegemónica. Sin embargo, hay múltiples actores que están cuestionando y condicionando las decisiones de Washington.
Irán representa una dimensión distinta de este proceso. A diferencia de China y Rusia, no posee las capacidades militares o económicas de una potencia mundial, pero su posición geográfica le permite ejercer una influencia que trasciende sus fronteras. El Secretario de Estado, Marco Rubio, reconoció que el estrecho de Ormuz se convirtió en un “arma nuclear económica”. El mundo entendió que si Irán es atacado, restringirá el estrecho y afectará los mercados energéticos.
Una de las características de la segunda administración Trump ha sido el uso del poder duro, reflejado en las amenazas comerciales y militares. Aunque este poder puede modificar el comportamiento de otros Estados, sus efectos suelen tener éxito en el corto plazo. En cambio, el poder blando, basado en la atracción y persuasión, puede producir una legitimidad más duradera.
Como escribió Maquiavelo sobre el poder, es mejor que un príncipe sea temido que amado. En el escenario internacional, es mejor ser temido y amado a la vez. Al ignorar la atracción como dimensión del poder, Trump está descuidando una fuente clave de la fuerza estadounidense. Y a largo plazo, podría ser una estrategia perdedora.
El poder duro se ha podido apreciar en las sanciones contra Rusia, la subida de aranceles contra China y en el uso de la fuerza militar contra Irán. Incluso los países aliados de Estados Unidos se han visto afectados por las sanciones y su hostilidad. Esto está provocando que algunas naciones busquen alternativas para disminuir la dependencia de sistemas dominados por Occidente.
Aquello es un problema para Estados Unidos, puesto que uno de los pilares de su hegemonía descansa sobre el dólar como moneda de reserva mundial. Trump confesó que perder ese dominio sería como perder una guerra mundial. Por consiguiente, se ha opuesto a las alternativas financieras de los BRICS, amenazando con aranceles a los países que se unan a las políticas “antiestadounidenses” del bloque.
Por su parte, China, Rusia e Irán llevan tiempo reduciendo su dependencia del dólar y comercializando en monedas locales. Este año, Xi Jinping y Vladimir Putin firmaron una declaración donde abogaban por un mundo multipolar y un nuevo tipo de relaciones internacionales.
Si bien el dólar está perdiendo parte de su atractivo, se necesitarían décadas para destronar su dominio. No hay alternativas inmediatas. Sin embargo, países como China y Rusia están aumentando sus reservas de oro en lugar de dólares, debido a que es un activo seguro ante conflictos geopolíticos.
Por tanto, la convergencia estratégica de intereses entre China, Rusia e Irán frente al predominio estadounidense, representa un desafío para su hegemonía. No porque estos países estén reemplazando a Estados Unidos, sino están aprovechando distintas capacidades para limitar su margen de acción y contribuir a una descentralización del poder internacional.
Quizás la pregunta ya no sea si Estados Unidos perderá su hegemonía en el sistema, sino si podrá seguir ejerciéndola de la misma manera. La lógica del poder duro coercitivo vinculado a asimetrías comerciales y sanciones, posiblemente erosionará, en lugar de fortalecer, el orden internacional liderado por Estados Unidos.