El recién concluido “ Primer Congreso de Frente Amplio ” ha dejado definiciones estratégicas relevantes para el devenir de nuestro proyecto político. Entre ellas, destacan la ratificación de un horizonte socialista —previamente declarado por nuestras organizaciones fundantes— y la profunda convicción de que las transformaciones estructurales que Chile demanda solo podrán consolidarse mediante la articulación de amplias mayorías sociales. Como militantes activos de este proceso y cristianos evangélicos, hubo una resolución en particular que valoramos de manera especial.
En el marco de este debate estratégico, el Frente Amplio reafirmó que la construcción de una alternativa transformadora exige convocar a una diversidad genuina de expresiones populares. Desde esta premisa, el partido reconoce explícitamente el aporte histórico de las comunidades de fe, de las espiritualidades liberadoras y, muy especialmente, de un cristianismo comprometido con la justicia social.
Para nosotros, este hito posee un hondo significado político. No responde a un ejercicio de instrumentalización táctica que busque una concesión oportunista en el campo de la fe, ni a una mera aritmética electoral para ampliar una base de votantes. Por el contrario, representa el retorno a una identidad histórica del denominado «tronco histórico de la izquierda chilena». Las grandes transformaciones de nuestro país jamás han sido patrimonio exclusivo de las orgánicas partidarias; han sido impulsadas, ante todo, por sindicatos, organizaciones territoriales, movimientos sociales y comunidades populares de creyentes que encarnan en su vida cotidiana la urgencia de una existencia digna.
Este paso político contribuye a reparar una fractura que durante años pareció naturalizarse. Durante las últimas décadas, se instaló en el debate público una falsa dicotomía entre la izquierda y el cristianismo. Como consecuencia de este vacío, el mundo creyente —y el evangélico en particular— terminó siendo caricaturizado como un bloque homogéneo, asociado de forma natural a posiciones conservadoras y de derecha.
Durante demasiado tiempo predominó la idea de que existían sectores políticos con una relación casi exclusiva con el mundo creyente y que otros estaban destinados a mantenerse al margen de él. Esa mirada simplificó una realidad mucho más diversa y terminó empobreciendo tanto a las iglesias como a la democracia. Las primeras vieron reducida la visibilidad pública de la diversidad de voces presentes en su interior; la segunda perdió la oportunidad de dialogar con una parte importante del mundo popular que, desde sus comunidades de fe, nunca dejó de organizar solidaridad, levantar ollas comunes, acompañar el dolor y construir comunidad.
Esa lectura simplista terminó invisibilizando la rica pluralidad de nuestras iglesias y los enormes aportes del mundo de la fe a los procesos de emancipación social en Chile y América Latina. La memoria de nuestro pueblo está habitada por comunidades cristianas que acompañaron la organización popular, las luchas sindicales, la defensa irrestricta de los derechos humanos en dictadura, la acogida a personas migrantes y la solidaridad activa en las poblaciones. En todas esas experiencias, el Evangelio jamás fue entendido como un llamado a la resignación, sino como un imperativo ético para transformar la realidad. Y eso es algo que sigue ocurriendo día a día en los territorios.
Nuestra participación en este Congreso nos permitió constatar una verdad que suele quedar fuera del foco público: un proyecto político común no requiere que renunciemos a la pluralidad de nuestras miradas. Al contrario, la potencia de una alternativa transformadora radica en su capacidad de incorporar diversidad en aquellos espacios que tradicionalmente han sido monolíticos. Hoy, el tronco de la izquierda chilena se asume diverso: laicos, cristianos, humanistas y marxistas convergen no para competir, sino para complementarse en la respuesta a los dolores del presente.
Esta definición también interpela con fuerza a las comunidades cristianas. Durante demasiado tiempo, ciertos liderazgos se atribuyeron la vocería exclusiva del mundo evangélico, instalando la idea de que existía una sola forma de vincular la fe con la política. Esa representación clerical y oligárquica jamás ha expresado la diversidad real de nuestros templos. Mientras tanto, las voces disidentes o progresistas fueron sistemáticamente arrinconadas por el despliegue de recursos de los sectores ultraconservadores alineados con la derecha. Sin embargo, la tradición de un cristianismo que lee el Evangelio desde la opción por los pobres, la democracia y el cuidado de la creación nunca desapareció; simplemente fue invisibilizada, tanto por la hegemonía conservadora como por la desconfianza histórica reciente de los partidos de izquierda.
No se trata, por cierto, de confundir la política con la fe ni de levantar un proyecto confesional. La democracia plena exige lo opuesto: la madurez para encontrarnos entre diferentes en pos del bien común. Las comunidades de fe no van a la política a imponer dogmas morales, sino a ofrecer sus valores y horizonte ético al servicio de la dignidad humana. La originalidad del mensaje de Jesús y el horizonte del Reino de Dios continúan inspirando la construcción de un mundo sostenido en relaciones de amor fraterno, libre del individualismo y orientado al bienestar de todas y todos.
Ya lo advertía Salvador Allende con una lucidez que mantiene plena vigencia: «Estamos con el pensamiento cristiano que interpreta al Verbo de Cristo que expulsó a los mercaderes del Templo». Con estas palabras, el Presidente mártir no pretendía sacralizar la política, sino reconocer la existencia de un cristianismo capaz de dialogar con las aspiraciones del pueblo; una corriente que cuestiona la idolatría del dinero y sitúa la vida humana por sobre los intereses económicos.
Desmonopolizar la fe no significa disputar quién representa mejor a Dios ni reemplazar un monopolio por otro. Significa reconocer que ninguna fuerza política, ningún liderazgo religioso y ninguna persona puede arrogarse la representación exclusiva del mundo creyente. La fe es plural, diversa y profundamente popular. Cuando esa diversidad encuentra espacios para expresarse libremente, también se fortalece la democracia.
El gran valor de este Primer Congreso del Frente Amplio no es solo haber hecho justicia con esa memoria política. Lo verdaderamente crucial es que abre una oportunidad para reconstruir una relación de confianza entre el progresismo y un amplio pueblo creyente que durante años participó de las luchas sociales sin sentirse plenamente reconocido. Recuperar ese lazo histórico no implica instrumentalizar la fe, sino reconocer una historia compartida de organización popular, solidaridad y compromiso con la dignidad humana. Solo desde ese reconocimiento será posible ampliar las mayorías sociales que hagan viables las transformaciones que Chile necesita.
Desmonopolizar la fe no es una tarea religiosa; es una tarea profundamente democrática. Cuando ninguna fuerza política pretende hablar en nombre de todas las personas creyentes, la fe recupera su diversidad y la democracia amplía su capacidad de encontrarse con un pueblo que nunca dejó de construir comunidad, solidaridad y esperanza. Porque cuando la fe deja de tener dueños, el pueblo vuelve a reconocerse en toda su diversidad. Ese es el desafío que hoy asumimos con convicción.