sábado 27 de junio de 2026

Cuando la Emergencia encuentra instituciones bajo presión

Los desastres no crean todas las vulnerabilidades; muchas veces las exponen.

27 de junio de 2026 - 16:45

Cada vez que ocurre una catástrofe natural solemos concentrarnos en las imágenes más visibles: viviendas destruidas, caminos interrumpidos, incendios forestales o ríos desbordados. Sin embargo, existe una segunda emergencia que comienza precisamente cuando el desastre parece terminar: la presión sobre el sistema de salud.

Diversos estudios sobre resiliencia hospitalaria coinciden en una misma conclusión. Los desastres naturales generan una doble crisis. Por una parte, aumentan abruptamente la demanda por atención médica. Por otra, reducen simultáneamente la capacidad operativa de los hospitales debido a daños en infraestructura, interrupciones de servicios básicos, problemas logísticos y dificultades para disponer de personal e insumos. En otras palabras, cuando más se necesita el sistema de salud, este suele operar en condiciones mucho más complejas.

Existe una idea especialmente relevante para comprender este fenómeno: los desastres no crean todas las vulnerabilidades; muchas veces las exponen. Las emergencias actúan como una verdadera prueba de estrés para las instituciones. Debilidades que en condiciones normales permanecen relativamente contenidas —brechas de personal, problemas de abastecimiento, limitaciones de infraestructura o dificultades de coordinación— se vuelven críticas cuando la demanda aumenta de forma extraordinaria y los márgenes de respuesta disminuyen.

Por ello, la resiliencia institucional no se construye durante la emergencia, sino mucho antes de que esta ocurra. Planificación, gestión de riesgos, protocolos, abastecimiento estratégico, infraestructura resiliente y capacidad de adaptación organizacional son elementos tan importantes como la infraestructura física. La verdadera prueba de una institución no es cómo funciona en tiempos normales, sino cómo responde cuando las condiciones dejan de ser normales.

Chile conoce bien esta realidad. Según los registros de EM-DAT, entre 2010 y 2025 los principales desastres naturales provocaron más de 1.000 fallecidos y cerca de 16.000 personas lesionadas. Solo el terremoto y tsunami de 2010 dejó más de 10.000 heridos. A ello se suman los incendios forestales de los últimos años, inundaciones y otros eventos que han incrementado sostenidamente la demanda sobre la red asistencial.

Sin embargo, el impacto sanitario va mucho más allá de las lesiones inmediatas. Las inundaciones incrementan enfermedades gastrointestinales y respiratorias; las olas de calor aumentan hospitalizaciones por deshidratación y patologías cardiovasculares; los incendios forestales deterioran la salud respiratoria durante semanas; y los terremotos generan importantes consecuencias sobre la salud mental de las comunidades.

Los hospitales, por tanto, no solo atienden víctimas directas. También enfrentan una segunda ola de pacientes asociada a los efectos sanitarios posteriores al desastre.

A ello se suma un aspecto que suele quedar fuera del debate. Los establecimientos de salud enfrentan estas emergencias desde un contexto ya exigente, caracterizado por restricciones presupuestarias, alta demanda asistencial, brechas de recursos humanos y crecientes exigencias regulatorias. Una catástrofe no solo genera nuevos pacientes; también tensiona instituciones que, en muchos casos, ya operan cerca de su capacidad máxima.

Gestionar una emergencia significa mucho más que responder al evento. Implica asegurar la continuidad operacional de servicios críticos, mantener cadenas de abastecimiento, coordinar equipos, gestionar riesgos y adaptar rápidamente la organización a condiciones extraordinarias. Cada cama, ambulancia, profesional o insumo destinado a enfrentar la contingencia deja de estar disponible para otras necesidades sanitarias, generando costos que se prolongan mucho más allá del desastre inicial.

Desde una perspectiva económica, la resiliencia hospitalaria no debe entenderse como un gasto adicional, sino como una inversión estratégica. Un hospital que mantiene su funcionamiento durante una emergencia reduce la mortalidad, evita interrupciones asistenciales, disminuye costos extraordinarios para el Estado y fortalece la resiliencia de toda una comunidad.

En HERGO solemos hablar del "Costo de No Actuar". Generalmente este concepto se aplica a infraestructura vial, sistemas energéticos o recursos hídricos. Sin embargo, uno de sus ejemplos más evidentes se encuentra en el sistema de salud. Cada hospital que pierde capacidad operativa durante una emergencia multiplica los costos humanos, sociales y económicos del desastre.

Las catástrofes naturales seguirán ocurriendo. La diferencia estará en la capacidad de nuestras instituciones para anticiparse, adaptarse y responder. Porque cuando la emergencia llega, no solo pone a prueba la infraestructura de un hospital. También pone a prueba la fortaleza de sus procesos, la preparación de sus equipos y las decisiones que fueron adoptadas mucho antes de que comenzara la crisis.

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