Con más de 110 huertas instaladas, 80 mil beneficiarios directos y cerca de 395 mil kilos de alimentos cosechados, la Fundación Huertas Comunitarias cumple una década de trabajo en Chile. Sus directoras, Bernardita Timmermann (Comunicaciones) y Andrea Borgoño (Ejecutiva), conversación con El Desconcierto sobre el modelo que sostiene esta iniciativa y los desafíos para consolidarse fuera de la Región Metropolitana.
La organización nació hace una década, luego de que sus fundadores realizaran un voluntariado en África, donde constataron que una huerta no solo aporta soberanía alimentaria, sino que también organiza a las comunidades en torno a la educación, el liderazgo y el cuidado ambiental.
Con ese modelo como base, la fundación definió un propósito específico: instalar huertas en barrios vulnerables, entendiéndolas como una herramienta de cambio y no solo como un espacio productivo.
Vanessa Beytía, jefa de proyectos, Andrea Borgoño directora ejecutiva y Bernardita Timmermann directora de comunicaciones de Fundación Huertas Comunitarias.
¿Cómo se organiza el trabajo de la fundación?
El trabajo se despliega en tres líneas. La primera corresponde al ámbito escolar, donde la fundación transforma espacios en desuso —a veces convertidos en basurales— en aulas educativas vinculadas al currículum de ciencias, historia, lenguaje y matemática.
La segunda es rehabilitación y terapia, con huertas en albergues para personas en situación de calle y con adicciones, además de proyectos con personas en situación de discapacidad visual y auditiva.
La tercera se concentra en el territorio, mediante el trabajo directo con juntas de vecinos.
"Nosotros medimos a la comunidad, ponemos la huerta y volvemos a medirla. Creemos que ese delta, el del capital social, es lo que podemos transmitir a la sociedad", explicó Borgoño sobre la metodología de evaluación de la fundación.
El financiamiento del modelo
El financiamiento proviene principalmente de empresas, que solicitan intervenir en comunidades específicas o dejan que la fundación defina el territorio según la demanda existente.
Timmermann detalló que este esquema tiene un límite: "Nos pasa mucho que la empresa dice que quiere una huerta, pero si no hay un equipo detrás, no podemos generar el músculo necesario". Por ello, la fundación realizó la campaña "La Gran Siembra", orientada a sumar aportes de personas naturales y reducir la dependencia del financiamiento corporativo.
Según las directoras, el principal obstáculo es la falta de financiamiento sostenido, lo que las obliga a operar año a año sin planificación a largo plazo. A esto se suma la concentración de proyectos en Santiago, producto de condiciones de suelo y clima más favorables en el centro y sur del país, frente a la zona norte.
Recuperación de terrenos
En 10 años, la fundación ha recuperado más de 13 mil metros cuadrados de terrenos abandonados y hoy mantiene presencia en cinco regiones.
Las huertas también han sido adaptadas para personas mayores mediante modelos ergonómicos y sistemas de riego por goteo, además de proyectos vinculados a la longevidad y a procesos de duelo.
¿Cómo evalúan las comunidades esta experiencia?
Timmermann y Borgoño coincidieron en que el principal indicador cualitativo es el cambio de hábitos y el sentido de pertenencia que genera el trabajo colectivo en torno a la tierra. "Hay un tema de visibilidad que se agradece mucho: son comunidades chiquitas que se sienten vistas cuando se levanta la huerta", acuñó Timmermann.
En el ámbito escolar, el principal efecto observado es la motivación de los estudiantes, mientras que en los procesos de rehabilitación destacan casos de personas que abandonan el consumo de alcohol o drogas.
Actualmente, la fundación busca ampliar su presencia hacia regiones como Arica, donde ha recibido solicitudes de comunidades que aún no cuentan con financiamiento asignado.