El café es la segunda materia prima más comercializada en el mundo, después del petróleo, y su cadena de producción involucra a más de 125 millones de personas en países tropicales y subtropicales. Sin embargo, el cambio climático, la deforestación y las condiciones laborales precarias amenazan la viabilidad del sector a largo plazo.
En ese contexto, la producción sostenible de café ha dejado de ser una tendencia marginal para convertirse en un estándar exigido por mercados, consumidores y reguladores.
El concepto integra tres dimensiones. La ambiental, que promueve técnicas como el cultivo a la sombra, donde los cafetos crecen bajo árboles nativos para proteger la biodiversidad, conservar la humedad del suelo y evitar la tala de bosques.
La económica, que asegura que los agricultores reciban precios justos por su cosecha, suficientes para cubrir costos de producción, salud y educación. Y la social, que garantiza condiciones laborales dignas y apoyo a las comunidades productoras, muchas veces a través de cooperativas que eliminan intermediarios.
¿Cómo reconocer un café sostenible?
Para orientar al consumidor existen sellos de certificación internacionales. El más reconocido es Rainforest Alliance, que acredita el cuidado ambiental y el respeto por los derechos laborales. Fairtrade, o Comercio Justo, garantiza precios mínimos para los agricultores independientemente de las fluctuaciones del mercado. El sello Organic, en tanto, certifica la ausencia de agroquímicos en el proceso productivo.
A nivel de marcas globales, Starbucks opera desde 2004 con sus propias normas denominadas C.A.F.E. Practices, que evalúan criterios ambientales, sociales y económicos a lo largo de toda la cadena de suministro.
Lavazza, por su parte, trabaja junto al Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en la elaboración del primer café con certificación libre de deforestación.
En el segmento independiente, Larry's Coffee, empresa estadounidense, produce café 100% orgánico con empaque reciclable y certificación de protección a aves silvestres. Counter Culture Coffee, también de Estados Unidos, se distingue por medir y reportar públicamente su impacto ambiental, social y financiero.
La industria del café sostenible en Chile
El caso chileno presenta una particularidad relevante: el país continental carece del clima tropical necesario para cultivar café. La única experiencia de cultivo local se concentra en Rapa Nui, donde pequeñas iniciativas de carácter subtropical han desarrollado producción a escala anecdótica.
Sin embargo, esto no ha impedido que la industria cafetera local construya un modelo propio de sostenibilidad, articulado en torno a tres ejes.
El primero es la economía circular. Empresas como Artisan Roast Chile revalorizan la borra de café —el residuo que queda tras la preparación— y gestionan empaques eco-amigables para reducir los desechos generados en sus locales.
El segundo eje es el café de especialidad y el comercio justo: las tostadurías y cafeterías priorizan la compra de granos a productores que evitan pesticidas químicos y protegen la biodiversidad en sus países de origen.
El tercero es la innovación industrial: la planta de Nestlé en Graneros, región de O'Higgins, ha incorporado planes de agricultura regenerativa y reducción de emisiones de carbono en su proceso de elaboración, en el marco del plan Nescafé 2030.
Así, aunque Chile no produce el grano, ha desarrollado una cadena de valor orientada a la sostenibilidad que abarca desde la selección del origen hasta la gestión de residuos, posicionándose como un mercado que demanda estándares cada vez más exigentes a sus proveedores internacionales.