La basura espacial está aumentando. Restos de satélites y cohetes han comenzado a llegar a las costas, generando preocupación en la industria aeroespacial y entre organizaciones medioambientales. Según cifras disponibles, la cantidad de desechos en el espacio se multiplicó por ocho entre 2014 y 2024, impulsada por el aumento sostenido de lanzamientos comerciales de empresas como SpaceX y Blue Origin.
El crecimiento del sector ayuda a explicar el fenómeno. Mientras en la década anterior los lanzamientos anuales se contaban por decenas, en 2022 se registraron más de trescientos. Como resultado, hoy existen más de 44.800 objetos catalogados en órbita, además de un mapa que identifica 140 millones de fragmentos menores a un centímetro.
Estos restos —de satélites inactivos y etapas de cohetes— viajan a velocidades que superan los 28.000 kilómetros por hora, lo que multiplica el riesgo de colisiones.
Consecuencias de la basura espacial para el medioambiente
El impacto ya no se limita al espacio. En los últimos meses se han encontrado fragmentos en el Golfo de México, afectando ecosistemas marinos y a comunidades pesqueras de la zona. Activistas medioambientales han advertido sobre la contaminación marina por metales provenientes de los lanzamientos, y han exigido evaluaciones ambientales independientes.
El efecto también se percibe en la atmósfera. Un estudio del Instituto Leibniz de Física Atmosférica determinó que el reingreso de un cohete Falcon 9 de SpaceX generó una nube de litio hasta treinta veces más densa que la producida por meteoritos.
La investigadora Eloise Marais, profesora en el University College London (UCL), ha liderado estudios sobre este fenómeno y advirtió en declaraciones a UCL News que "la contaminación de la industria espacial es como un experimento de geoingeniería no regulado y a pequeña escala, que podría tener consecuencias ambientales graves e imprevistas".
Sin embargo, la académica también ha señalado que la comunidad científica ya cuenta con herramientas avanzadas para evaluar estos efectos, aunque insiste en la necesidad de un diseño aeroespacial más sostenible.
¿Por qué la basura espacial también es un riesgo tecnológico?
Más allá del daño ambiental, los desechos amenazan servicios que dependen de los satélites activos, como el GPS, las telecomunicaciones y la navegación aérea. Un riesgo especialmente citado por especialistas es el llamado Síndrome de Kessler: las colisiones entre objetos generan nuevos fragmentos, lo que aumenta de forma exponencial la probabilidad de futuros impactos y podría saturar las órbitas más utilizadas.
Esto obliga a operadores de satélites y a la Estación Espacial Internacional a realizar maniobras constantes para esquivar escombros, con el consiguiente sobrecosto operativo. A esto se suma la contaminación visual y científica: los rastros luminosos de los satélites interfieren en observaciones astronómicas profesionales.
Las claves de la industria para reducir la contaminación espacial
Frente a este escenario, el sector atraviesa cambios en su forma de operar. En materia de combustibles, empresas como SpaceX —con su cohete Starship— y Blue Origin —con New Glenn— han adoptado motores de metano y oxígeno líquido (methalox), que queman de forma más limpia que el queroseno tradicional.
La empresa británica Orbex, por su parte, utiliza Bio-LBG, un gas natural bio-licuado que reduce las emisiones de carbono hasta en 86% respecto a los lanzadores convencionales. Para la maniobrabilidad de satélites en órbita, además, la hidracina —altamente tóxica— está siendo reemplazada por propulsores eléctricos de iones, plasma o vapor de agua.
La reutilización es otro eje de la transición. SpaceX recupera de forma propulsiva las etapas de sus cohetes Falcon 9 y Starship, evitando la fabricación constante de nuevos fuselajes. Rocket Lab y Stoke Space trabajan en sistemas de captura en vuelo para cohetes ligeros, mientras que SpinLaunch desarrolla un lanzador que usa centrifugadoras eléctricas en tierra, reduciendo en un 70% el uso de combustible.
En paralelo, avanzan las misiones de limpieza orbital. Compañías como Astroscale y ClearSpace desarrollan remolcadores espaciales para capturar etapas muertas y satélites inactivos. También se diseñan estructuras con aleaciones de aluminio y materiales biodegradables, pensadas para que los cohetes se desintegren por completo durante la reentrada atmosférica, sin dejar microplásticos ni restos metálicos en la órbita baja.
Finalmente, la Agencia Espacial Europea (ESA) ha instado al sector privado a fijar directrices claras para los lanzamientos, en un contexto donde la actividad espacial sigue creciendo sin una regulación ambiental unificada.