El libro nace de su interés por la divulgación de las ciencias y, en particular, por develar los mecanismos que llevan a las personas a construir creencias que chocan con la evidencia científica. En esta conversación, León conecta ese fenómeno con la crisis climática, la soberanía del conocimiento y el impacto de la inteligencia artificial en nuestra relación con la información.
- ¿Qué te llamó la atención de la investigación de Douglas?
Me llamó la atención que la Unión Europea le entregara un fondo de dos millones de euros para estudiar este tema. La psicología social no es un área que requiera instrumentos científicos costosos —microscopios, telescopios—, básicamente se trata de analizar opiniones y hacer grupos focales. Ese financiamiento hablaba de la importancia del problema. Ya se consideraba que entender los mecanismos psicológicos que llevan a abrazar teorías conspirativas estaba directamente vinculado con la desinformación, las fake news y, eventualmente, con la estabilidad social y la democracia.
- Durante mucho tiempo se creyó que las teorías conspirativas eran cosa de personas poco informadas o menos inteligentes. ¿Qué piensas al respecto?
Eso fue cambiando con la investigación sistemática que comenzó en serio en las últimas dos décadas. Lo que mejor predice la adopción de teorías conspirativas no es un déficit intelectual ni una falta de información, sino una manera de enfrentarse al mundo. Tiene que ver con personalidades que no se sienten cómodas en la incertidumbre, que necesitan respuestas rápidas cuando ocurre algo, que necesitan un culpable identificable.
Es la necesidad de agencia: si algo ocurre, no puede ser un accidente o una casualidad; alguien está detrás manipulándolo. Y eso es exactamente la definición de una teoría conspirativa: una explicación alternativa para un hecho que generó alarma social, explicada por un grupo de gente poderosa que en las sombras hizo que las cosas ocurrieran de esa manera. Te da un culpable, hay un plan siniestro y, como explicación, es tremendamente reconfortante.
- Y también hay algo que tiene que ver con el deseo de sentirse especial, de descubrir una verdad oculta.
Exactamente. Los psicólogos lo llaman superioridad epistémica. Cuando abrazas una teoría conspirativa, te sientes poseedor de una verdad que está oculta para el resto: "Yo entendí el problema y el resto son los que se creen la historia oficial". Y eso genera una satisfacción enorme. Además, si encuentras a alguien que cree lo mismo, se empieza a generar una comunidad: ya no estás solo, son un grupo de elegidos que conocen la verdad. Esa satisfacción contribuye fuertemente a que las personas las adopten.
- ¿Y qué papel juegan los algoritmos en todo esto?
Se generan burbujas de información. Debido a la lógica de los algoritmos de redes sociales, cuando uno marca una publicación, el algoritmo sabe qué cosas te gustan y te bombardea con más de lo mismo. No es casual: quiere que te quedes en la plataforma, porque entre más tiempo pases ahí, más cosas te puede vender.
Eso significa que si marcas contenido sobre, digamos, inmigrantes cometiendo delitos en Chile, lo único que el algoritmo te va a mostrar es eso, y tú te vas a convencer aún más de que todos los inmigrantes son delincuentes. En el caso de las teorías conspirativas ocurre lo mismo: si crees algo y marcas videos relacionados, el sistema solo te mostrará información que confirma esa creencia. Entras en un círculo vicioso y te vuelves completamente refractario a cualquier dato que vaya en sentido contrario.
Conspiraciones reales versus teorías conspirativas
- Hay una distinción importante en el libro: la diferencia entre una conspiración real y una teoría conspirativa.
Sí, porque si no, uno puede generar la sensación de que nunca nada malo ha pasado. Y no es así. La diferencia es que en el caso de las conspiraciones reales sabemos que existieron: hay culpables, hubo juicios, hay evidencia. Uno de los casos más famosos es el de Volkswagen, sorprendido por el gobierno de Estados Unidos porque instaló un software que detectaba cuando los autos estaban siendo sometidos a revisión técnica. En ese modo, el motor contaminaba 40 veces menos que en la calle. Los pillaron, gente fue a prisión, el CEO tuvo que renunciar y la empresa pagó multas millonarias. En Chile, los casos de colusión son iguales de claros: un grupo de personas poderosas se puso de acuerdo para manipular los precios del pollo, los medicamentos y el papel higiénico. Eso existe y está demostrado.
La teoría conspirativa, en cambio, aparece cuando la explicación oficial no te satisface emocionalmente. Porque no es completa, porque no genera un culpable claro, porque es difusa. Y en ese momento surge una narrativa paralela a lo que ya se considera la verdad.
- ¿Y qué rol cumplen los medios de comunicación en ese espacio entre la conspiración real y la teoría conspirativa?
Es un rol fundamental. El periodismo de investigación —el que produce evidencia, el que publicó los Panama Papers, el que destapó lo de Volkswagen, el de los casos de colusión— es el que ocupa ese espacio. Lo otro es que a alguien en internet se le ocurrió que algo pasó. Son cosas completamente distintas. Y hay otro problema que tampoco hay que olvidar: cuando ocurre un hecho que produce conmoción y uno no sabe por qué, la respuesta honesta es decir "no sé". Y ese no sé es una invitación a investigar. Pero si en la urgencia por tener una respuesta inmediata uno inventa una, deja de buscar la verdad. La ciencia cuando se topa con un fenómeno que no entiende no dice "deben ser marcianos"; dice "no tengo idea por qué pasó esto, investiguemos".
Inteligencia artificial y el empobrecimiento del conocimiento
- Hoy la forma en que consumimos información ha cambiado radicalmente. ¿Cómo afecta eso a nuestra relación con el conocimiento?
Tiene mucho que ver con cómo navegamos la información hoy. Si quieres saber algo, vas a Google y lo buscas. Y hoy, a diferencia de lo que ocurría hace dos años, lo primero que aparece no es una lista de sitios donde está la información sino un resumen hecho con inteligencia artificial que evita que tengas que navegar. Eso es tremendamente dañino para el periodismo: no olviden hacer clic en los titulares y leer las notas, porque sin eso los medios no subsisten. Pero además, te quedas con una respuesta fabricada —digo fabricada porque es una síntesis— sin saber de dónde salió, y eso te genera una sensación de conocimiento que no es tal. Comprender algo no es lo mismo que leer un resumen hecho por una inteligencia artificial a partir de páginas web.
- ¿Y esto tiene un correlato a nivel de Estado, en las políticas de financiamiento de la ciencia?
Sí, hay un paralelo claro. Hoy estamos supeditando la generación de ciencia propia a la producida en otros países, con la reducción del presupuesto del Ministerio de Ciencia. Y eso revela que quienes están tomando decisiones no entienden bien qué es la ciencia ni cómo se produce la innovación tecnológica. Es como si la innovación pudiera surgir de manera independiente de la ciencia, y no es así: es una consecuencia directa de ella. No podemos pretender ser un país de startups o de innovación si al mismo tiempo no somos un país que produce ciencia.
El mejor ejemplo es CRISPR. Nace en 1993 en el laboratorio de un científico español llamado Francisco Mojica, que estudiaba bacterias que vivían en agua salada y quería entender cómo sobrevivían en esos ambientes. Si alguien le hubiera preguntado para qué servía eso, habría tenido que decir "para nada, para entender estas bacterias". Bueno: estudiando esas bacterias, Mojica descubrió unas secuencias genéticas extrañas que derivaron en el sistema de edición genética más revolucionario de la historia.
El año pasado, en un ensayo clínico con pacientes con hipercolesterolemia familiar —que acumulan enorme cantidad de colesterol y mueren jóvenes—, les repararon en vivo el gen en el hígado y su nivel de colesterol bajó un 50%. Todo partió con alguien estudiando bacterias en agua salada. Renunciar a producir nuestro propio conocimiento implica que solo podemos hacer la innovación que deriva del conocimiento generado en otros países, con preguntas que a nosotros no nos interesan. Eso es un tema de soberanía y de supervivencia.
Cambio climático y negacionismo
- El cambio climático es quizás el área donde más ha operado la desconfianza organizada. ¿Cómo lo evalúas?
Las empresas que extraen y venden petróleo confirmaron científicamente en los años 60 que la emisión de gases de efecto invernadero estaba cambiando el clima en la Tierra. Y cuando lo confirmaron, comenzó una fuerte campaña para generar un debate artificial. Comunicacionalmente, copiaron la estrategia de la industria del tabaco: no negar los efectos negativos, sino establecer una suerte de debate permanente. ¿Cómo sabemos que solo esto es el problema? ¿Y los ciclos solares? La duda razonable. Hay un libro que analiza todo esto a partir de memos internos de las compañías: Los mercaderes de la duda, escrito por la periodista científica Naomi Oreskes.
La evidencia sobre el cambio climático es gigantesca. Pero más aún: incluso si nos equivocáramos, ¿cuál es el problema de descarbonizar? ¿De tener un planeta más limpio, de producir menos gases de efecto invernadero, de contaminar menos? No le veo ningún problema. El problema, en realidad, es que hay empresas empeñadas en no cambiar nada hasta que quemen hasta la última gota de petróleo. Y eso explica el lobby constante.
Lo paradójico es que esta campaña de las petroleras es una conspiración real: hay evidencia, hay documentos, está todo claramente establecido. Y genera menos discusión que muchas teorías conspirativas. Tal vez porque, desde el punto de vista de la narrativa, la teoría conspirativa es mucho más entretenida como relato que la verdad, que a veces puede ser incluso aburrida.
Cómo defenderse de las teorías conspirativas
- ¿Hay alguna herramienta que funcione para combatirlas?
Se ha demostrado que intentar rebatir teorías conspirativas una por una con sus propios elementos es básicamente imposible. Las teorías conspirativas se parchan permanentemente: para cada evidencia en contra, se contorsionan y encuentran una salida. No sirve, es poco eficiente.
Las investigaciones recientes muestran que el debunking —demostrar que algo no es así— no funciona bien, y que lo mejor es el prebunking: enseñarle a las personas a reconocer la estructura interna de una teoría conspirativa. Una teoría conspirativa tiene solo coherencia interna; no tiene que ver con la evidencia. Asume que el conspirador es al mismo tiempo omnipotente —capaz de manejar la realidad— pero también bastante torpe, porque deja evidencia dispersa por todos lados. A partir de esa información, las personas son capaces de distinguir cómo se ve una teoría conspirativa, independiente del tema —la luna, los chemtrails, lo que sea—. Reconocen cómo está armada más que en su narrativa individual, y eso les permite identificarlas y cuestionarlas. Es de las pocas intervenciones que hoy ha mostrado resultados exitosos.