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El cuerpo de las mujeres en debate: Aborto, democracia y resistencias culturales
Foto: Agencia Uno

El cuerpo de las mujeres en debate: Aborto, democracia y resistencias culturales

Por: Verónica Cenitagoya Garín | 08.03.2026
El debate sobre el aborto vuelve a recordarnos algo que el movimiento feminista ha señalado durante décadas: los derechos de las mujeres rara vez avanzan de forma lineal. Su reconocimiento suele ser el resultado de procesos largos, de disputas políticas y culturales, y de movilizaciones sociales persistentes.

Si bien hoy conmemora un nuevo 8 de marzo, hace pocos días el Congreso chileno volvió a poner en discusión uno de los debates más persistentes y más incómodos de nuestra vida pública: el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo.

Esta semana, la Comisión de Salud de la Cámara de Diputadas y Diputados aprobó en general el proyecto de ley que regula la interrupción voluntaria del embarazo hasta las 14 semanas. La votación fue estrecha: siete votos a favor y seis en contra. El resultado permitió que el proyecto continúe su tramitación, pero también dejó en evidencia algo más profundo que una simple diferencia parlamentaria: la persistencia de tensiones culturales, morales y políticas en torno a los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres.

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Tres elementos permiten leer esta votación más allá de su resultado legislativo inmediato.

El primero tiene que ver con la comprensión del aborto como un derecho sexual y reproductivo, es decir, como parte del conjunto de libertades que permiten a las personas decidir sobre su vida reproductiva, su salud y su proyecto de vida. Desde esta perspectiva, el debate sobre la interrupción voluntaria del embarazo no se limita a una discusión moral o religiosa, sino que se sitúa en el campo de la autonomía personal, la salud pública y la igualdad de género.

En Chile, el marco legal actual permite el aborto solo bajo tres causales, riesgo vital de la mujer, inviabilidad fetal de carácter letal y embarazo por violación, vigente desde 2017. El proyecto en discusión busca ampliar ese marco para permitir la interrupción del embarazo hasta las 14 semanas sin necesidad de invocar una causal específica.

La pregunta de fondo es si el Estado reconoce plenamente la capacidad de las mujeres de tomar decisiones sobre su propio cuerpo y su vida. En la práctica, la evidencia comparada y la experiencia histórica muestran que la prohibición del aborto no elimina su existencia: simplemente lo empuja a la clandestinidad y a su aplicación en espacios riesgosos.

De hecho, distintas investigaciones han señalado que los abortos ocurren con ley o sin ella; lo que cambia es la seguridad sanitaria con que se realizan y quiénes pueden acceder a condiciones seguras. Cuando el acceso depende del dinero, del conocimiento médico o de la posibilidad de viajar, el aborto deja de ser un problema jurídico y se convierte en una cuestión de desigualdad social. En ese sentido, el debate legislativo no trata solo sobre aborto: trata sobre la capacidad de la política de enfrentar realidades sociales que ya existen.

El segundo elemento que revela esta votación es la persistencia de resistencias culturales frente a los derechos reproductivos de las mujeres. El estrecho margen de siete votos contra seis no solo refleja correlaciones parlamentarias; también evidencia que el país sigue profundamente dividido en torno a este tema.

En el debate legislativo aparecieron argumentos que remiten a convicciones religiosas, a concepciones morales sobre la maternidad o a visiones tradicionales del rol de las mujeres en la sociedad. Estas posiciones forman parte de una larga historia de disputas culturales en torno al control del cuerpo femenino.

En América Latina, la regulación del aborto ha sido uno de los campos donde más claramente se expresan las tensiones entre modernización institucional y persistencia de imaginarios conservadores sobre género y familia. Nuestro país no es una excepción.

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Durante décadas, el aborto fue completamente penalizado, desde 1989 hasta 2017 y, solo recientemente se ha comenzado a discutir su regulación como política pública. Que hoy el debate exista en el Congreso es, sin duda, un avance democrático. Pero la votación dividida también muestra que la transformación cultural que supone reconocer plenamente los derechos reproductivos de las mujeres aún está lejos de consolidarse.

El tercer elemento tiene que ver con el significado político de este debate en el contexto del 8 de marzo. Cada año, el Día Internacional de la Mujer se convierte en un momento de balance sobre los avances y las deudas pendientes en materia de igualdad de género. En ese contexto, la discusión sobre el aborto aparece recurrentemente como una de las demandas más persistentes de los movimientos feministas en el mundo y en Chile.

La votación en la Comisión de Salud ocurre, además, en un momento político particular: el proyecto se discute con urgencia simple y en medio de un cambio de ciclo gubernamental que podría afectar su futuro legislativo. Esto significa que, más allá del avance formal que representa la aprobación en general, el destino del proyecto sigue siendo incierto. La historia reciente muestra que muchas iniciativas vinculadas a derechos sexuales y reproductivos han enfrentado largos periodos de estancamiento legislativo, a pesar de contar con un respaldo social significativo.

En ese sentido, el debate sobre el aborto vuelve a recordarnos algo que el movimiento feminista ha señalado durante décadas: los derechos de las mujeres rara vez avanzan de forma lineal. Su reconocimiento suele ser el resultado de procesos largos, de disputas políticas y culturales, y de movilizaciones sociales persistentes. La historia del sufragio femenino, del divorcio o incluso de la actual ley de tres causales en Chile demuestra que los cambios en materia de género suelen enfrentar resistencias profundas antes de consolidarse.

Por eso, la estrecha votación en la Comisión de Salud puede leerse de dos maneras simultáneas. Por un lado, como evidencia de que el país sigue dividido frente a la ampliación de los derechos reproductivos. Pero, por otro, como señal de que el tema ya forma parte del debate democrático y de que la política está obligada a enfrentarlo.

En el contexto de un nuevo 8 de marzo esta discusión vuelve a plantear una pregunta incómoda pero inevitable: ¿hasta qué punto la sociedad chilena está dispuesta a reconocer plenamente la autonomía de las mujeres sobre sus cuerpos y sus decisiones reproductivas?

Tal vez esa sea, finalmente, la dimensión más profunda de este debate. Porque cuando se discute sobre aborto, en realidad se está discutiendo sobre algo más amplio: sobre el lugar que ocupan las mujeres en la democracia, sobre quién tiene la autoridad para decidir sobre la vida reproductiva y sobre el tipo de sociedad que queremos construir.

Y esa conversación, como lo demuestra la votación de esta semana, está lejos de cerrarse.

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