Es un día hábil cualquiera. Son cerca de las siete de la mañana cuando, al salir de mi casa, veo a mi vecino estacionando su automóvil. Tiene 80 años y me saluda con la misma energía de siempre. Viene llegando de turno. Trabaja para una empresa de ingeniería y, desde que lo conozco, hace ya más de diez años, nunca ha dejado de ejercer su profesión.
Lo observo mientras toma su bolso, cierra la puerta del vehículo y se dirige tranquilamente hacia su hogar. Para él, aquello es parte de su rutina. Para mí, en cambio, cada vez representa una pregunta más profunda: ¿por qué seguimos sorprendiéndonos cuando vemos a una persona mayor trabajando? Quizás nos sorprendemos porque todavía existe una idea profundamente instalada de que la vejez es sinónimo de jubilación, o que equivale a retiro, dependencia, quietud o pérdida de capacidades.
La jubilación es un acto administrativo que marca el término de la vida laboral activa de un trabajador al alcanzar la edad legal establecida en Chile para ello: 60 años en mujeres y 65 en hombres. Sin embargo, la realidad social actual demuestra que aquello dista mucho de ser una regla absoluta, y mi vecino ingeniero es apenas un ejemplo entre miles.
La Encuesta Nacional de Empleo del Instituto Nacional de Estadísticas correspondiente al primer trimestre de 2026 revela un crecimiento importante de trabajadores mayores, tanto en empleos formales como informales. Según el informe elaborado por CIPEM de la Universidad del Desarrollo y Caja Los Héroes, correspondiente al trimestre noviembre 2025 – enero 2026, la población de personas mayores en nuestro país alcanza actualmente los 4.160.328 habitantes, representando el 20,7% del total nacional. De ellos, un 33,2% forma parte de la fuerza laboral. En términos concretos, más de 692 mil personas mayores de 60 años participan actualmente en empleos formales.
Hoy vemos a personas mayores conduciendo taxis, atendiendo negocios, realizando clases universitarias, ejerciendo profesiones libres o liderando empresas. En televisión, la radio y las artes encontramos ejemplos permanentes de personas que siguen plenamente vigentes después de los 70 u 80 años. Mario Kreutzberger (85) continúa siendo una figura influyente de las comunicaciones; Pedro Carcuro (81) sigue aportando experiencia y análisis al periodismo deportivo; Gloria Münchmeyer (87), Gabriela Hernández (87) y Paty Cofré (87) continúan sobre los escenarios y frente a las cámaras.
Aun así todavía nos resulta extraordinario que las personas mayores trabajen y que, en muchas ocasiones, lamentemos que a “esa edad” las personas “tengan que hacerlo”. Este fenómeno de estereotipos, prejuicios y discriminación dirigidos hacia personas en función de su edad se conoce como “edadismo ”. El edadismo aparece cuando asumimos que una persona mayor no entenderá tecnología, cuando se le habla en tono infantil, cuando se da por hecho que ya no puede aprender algo nuevo o cuando por defecto tratamos a las personas mayores como “abuelitos” o “abuelitas”. Muchas veces esta discriminación ocurre de forma silenciosa, sin necesitar de insultos ni agresiones explícitas.
De todas formas, sería profundamente injusto desconocer que una gran cantidad de personas mayores continúa trabajando porque sus pensiones son insuficientes para vivir dignamente. Esta realidad existe y no se puede invisibilizar y el envejecimiento activo jamás debe entenderse como una obligación de productividad eterna. En Chile, muchas personas llegan a la vejez después de décadas de trabajo informal, lagunas previsionales, empleos precarios o salarios bajos y, como consecuencia, las pensiones resultan insuficientes para cubrir necesidades básicas, por lo que, para ellos, seguir trabajando no siempre es una elección libre, sino una obligación económica.
Defender el derecho de las personas mayores a seguir trabajando no puede transformarse en una excusa para normalizar pensiones indignas ni para retrasar políticas públicas orientadas a garantizar seguridad económica en la vejez. Existe una diferencia enorme entre promover oportunidades y exigir permanencia laboral.
Algunos expertos y actores sociales temen que el discurso del envejecimiento activo pueda utilizarse para justificar aumentos obligatorios en la edad de jubilación o para trasladar al individuo la responsabilidad completa de sostenerse económicamente hasta edades más avanzadas. Este es un debate legítimo y necesario, ya que las personas mayores tienen derecho a continuar trabajando si así lo desean, pero también tienen derecho a descansar, retirarse y vivir esa etapa de la vida sin culpa ni cuestionamientos, porque el problema no es trabajar a los 70 años, el problema es no poder elegir.
Entonces, ¿qué tipo de sociedad queremos construir para ese momento? ¿Una que expulse a las personas mayores de los espacios públicos y laborales? ¿O una capaz de valorar la experiencia, la memoria y la diversidad etaria? Hablar de envejecimiento también implica cuestionar el cómo entendemos el valor humano, porque si una persona deja de ser considerada útil apenas disminuye su productividad económica, entonces el problema no está en la vejez, sino en la forma en que concebimos la dignidad de las personas.
Hay sociedades donde distintas generaciones conviven, colaboran y se enriquecen mutuamente, ya que mientras los trabajadores jóvenes aportan conocimiento actualizado, nuevas miradas, manejo tecnológico y creatividad, los trabajadores mayores aportan experiencia, estabilidad emocional, perspectiva y conocimiento acumulado.
Estas no son cualidades excluyentes, sino que son complementarias y así lo han entendido algunos países que han avanzado más rápidamente en envejecimiento poblacional: Japón, el país más envejecido del mundo, que ha impulsado políticas públicas para mantener a personas mayores de 65 años trabajando mediante incentivos fiscales a empresas, jornadas flexibles, reconversión digital y programas de continuidad laboral; y en Occidente, los países nórdicos europeos destacan por sus modelos laborales flexibles, aprendizaje continuo y políticas de envejecimiento activo, que favorecen la permanencia voluntaria de trabajadores mayores y la transferencia de conocimientos entre generaciones.
Mi vecino probablemente no se considera un símbolo de envejecimiento activo, él sólo vive su vida. Trabaja porque quiere, porque puede y porque aquello forma parte de su identidad. Tal vez algún día decida retirarse, tal vez no, pero lo importante es que esa decisión le debería pertenecer únicamente a él. Y es quizás al verlo llegar de turno, sonriente y autónomo a sus 80 años, comprendo que el envejecimiento no siempre luce como nos enseñaron, ya que a veces tiene el rostro de alguien que claramente necesita de nuestra ayuda, pero otras veces, tiene el rostro de alguien que continúa aportando, aprendiendo, decidiendo y viviendo plenamente, y ninguna de las dos situaciones es mala, sólo obedecen a una realidad y a lo bueno de que todos y todas somos diferentes.