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El lado invisible del cuidado: Un debate de emociones y síndromes en el trabajo sanitario
Foto: Agencia Uno

El lado invisible del cuidado: Un debate de emociones y síndromes en el trabajo sanitario

Por: Lilian García | 06.03.2026
Resulta urgente avanzar hacia una mirada integrada que reconozca que la salud mental del personal sanitario depende de la interacción entre su naturaleza afectiva, las condiciones de trabajo y marcos socioculturales concretos. Proteger el bienestar de quienes sostienen la salud colectiva no es solo un imperativo ético: es una condición indispensable para la calidad y el fortalecimiento de los sistemas sanitarios.

En un país como Chile, marcado recurrentemente por desastres naturales y escenarios de emergencia, el sistema de salud suele operar bajo una presión extraordinaria. Terremotos, aluviones o incendios como los que azotaron este verano al sur del país y que son una amenaza constante, tensionan aún más un sistema que ya funciona en condiciones de sobrecarga.

En estos contextos, el trabajo sanitario no solo se intensifica en términos técnicos y operativos, sino también emocionales. La exposición cotidiana al sufrimiento y al dolor exige a los equipos gestionar reacciones emocionales complejas, a veces con escaso entrenamiento específico e insuficiente reconocimiento. Tras la pandemia, estas exigencias se intensificaron, aumentando los riesgos para la salud mental del personal sanitario.

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En la literatura se han propuesto diversas categorías para describir los efectos emocionales del trabajo sanitario, como los síndromes: burnout, trauma vicario, fatiga por compasión y estrés traumático secundario. Aunque estos conceptos surgieron para capturar matices distintos, hoy se superponen, dificultando su comprensión y abordaje.

El burnout se entiende como agotamiento emocional (como dimensión esencial), despersonalización y baja realización personal que aparece cuando las demandas del trabajo superan sostenidamente los recursos disponibles. A pesar del peso emocional, sus raíces suelen ser organizacionales, como sobrecarga o falta de apoyo.

El trauma vicario, en cambio, se describió inicialmente en terapeutas que trabajaban con víctimas de trauma y alude a cambios cognitivos (como cinismo o inseguridad) que aparecen por la exposición reiterada al sufrimiento ajeno. Su alcance diagnóstico es más limitado porque no logra explicar las dimensiones emocionales y conductuales que pueden aparecer en terapeutas y en otras profesiones de cuidado.

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La fatiga por compasión y el estrés traumático secundario agregan más complejidad. Ambos describen malestar asociado a trabajar con personas que viven experiencias traumáticas o difíciles, pero difieren en la forma en que se instalan: algunos autores hablan de aparición súbita, otros de acumulación progresiva. Esta falta de consenso ha llevado a que, en la práctica, los términos se utilicen ocasionalmente como sinónimos, lo que dificulta su medición y la identificación de intervenciones claras.

A ello se suman otros fenómenos como el sufrimiento ético (cuando los trabajadores enfrentan tensiones entre su labor y sus valores) y la experiencia de segundas víctimas tras eventos adversos. Estos fenómenos evidencian que el malestar psicológico no se explica solo por la exposición al sufrimiento, sino también por un contexto laboral que falla en ofrecer soporte suficiente.

Así, aunque la proliferación de conceptos ha permitido visibilizar la carga emocional del trabajo sanitario, también ha generado un escenario difuso, con diag nósticos fragmentados e intervenciones parcializadas. En un sistema que se ve periódicamente exigido por emergencias, resulta urgente avanzar hacia una mirada integrada que reconozca que la salud mental del personal sanitario depende de la interacción entre su naturaleza afectiva, las condiciones de trabajo y marcos socioculturales concretos. Proteger el bienestar de quienes sostienen la salud colectiva no es solo un imperativo ético: es una condición indispensable para la calidad y el fortalecimiento de los sistemas sanitarios.

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