Recientemente se hizo pública la noticia que el difunto Partido Social Cristiano se acaba de convertir en el Partido Cristiano, un cambio de identidad que pretende buscar nuevos horizontes, desafíos y directrices en la política nacional. Lo anterior, tras un exitoso despliegue en las regiones de Ñuble, Bío Bío y La Araucanía, lo que permitió que, en tiempo récord, la nueva colectividad lograse las firmas necesarias para inscribirse como partido político.
En concreto, luego de que en marzo fuera disuelto por el Servicio Electoral de Chile (Servel) el Partido Social Cristiano (PSC), lanzó su nueva apuesta: el Partido Cristiano de Chile (PCC). Cabe señalar que la agrupación inicial fue disuelta junto con otras 13 colectividades por no cumplir con el marco legal que exige obtener al menos el 5% de la votación en la elección de diputados o, en su defecto, elegir cuatro parlamentarios distribuidos en dos regiones distintas.
Por otro lado, el nuevo partido fue presentado desde el Salón de Honor del ex Congreso Nacional en Santiago y contó con la participación de ex militantes del PSC: la ministra de la Mujer, Judith Marín; las diputadas Sara Concha y Francesca Muñoz; el alcalde de Concepción, Héctor Muñoz y seremis de distintas regiones. Tras reunir firmas "en tiempo récord", la colectividad acudió al Servel para reinscribirse formalmente en las regiones de Ñuble, Biobío y La Araucanía, y así dar continuidad a la anterior fuerza política de inspiración religiosa.
El proceso de inscripción de este partido concluyó el sábado recién pasado, tras ocho semanas de recolección de firmas, y Jorge Sepúlveda (presidente provisorio), junto a las diputadas Sara Concha y Francesca Muñoz parecen ser las principales voces del nuevo partido.
El denominado Partido Cristiano alberga grandes desafíos si desea permanecer en el tiempo, ya que si su pretensión es ”gobernar con la biblia” y amplificar sus discursos morales, por consecuencia, correrá el peligro de morir en el trayecto. Y es que la política se gobierna con ideas, no con tintes, matices o espasmos de dogmatismo religioso, de ser así, encallamos la fe, espiritualidad y riqueza valórica del cristianismo occidental a través del servicio público, dicho sea de paso, uno que fue configurado para servir, no para esbozar discursos salvíficos que intenten ensamblar política y religión, siendo esta última la dimensión preponderante del diálogo suscitado.
Así, el Partido Cristiano necesita replantear varias cosas en materia administrativa, política y comunicacional, de ahí que surjan algunas interrogantes para la reflexión social:
¿Existen diferencias significativas entre el Partido Social Cristiano y el Partido Cristiano? ¿Será que estamos frente a la misma obstinación política de un grupo de personas bajo una impronta religiosa conservadora? ¿Qué capacidad de diálogo deliberativo subyace al Partido Cristiano en materia de libertades individuales? ¿Realmente sus integrantes tienen una preparación para estar en el servicio público, o bien, son ansias de poder, estatus y proselitismo religioso? ¿Qué tantos adherentes podría conllevar este “nuevo partido” en la política chilena considerando que ya fue disuelto en el pasado?
Tal vez estamos en presencia de un partido político que desea izar la bandera del servicio público bajo una impronta conservadora, o bien, de una entidad que simplemente resucitó para -tarde o temprano- morir de nuevo, el tiempo hablará. Por ahora, aunque la mona se vista de seda, mona se queda.