domingo 14 de junio de 2026

Expulsar a trescientos mil inmigrantes irregulares es inmoral

En Chile, se ha consolidado la idea de que al gobierno de Kast hay que cuestionarlo principalmente por el incumplimiento de sus promesas de campaña, y no por la ilegitimidad, inmoralidad o indecencia de muchas de ellas.

14 de junio de 2026 - 07:00

En los años treinta del siglo XX, en Alemania, un judío le dice a su amigo no judío: “Me voy a ir de este país porque he oído que quieren detener a los judíos y a los farmacéuticos”. “¿Por qué a los farmacéuticos?”, pregunta el amigo. “¿Ves por qué tengo que irme?”, dice el judío.

Este triste chiste gustaba contarlo el sociólogo Jesús Ibáñez para ejemplificar la penetración de sentidos comunes e ideologías discriminadoras, incluso entre quienes las cuestionan. El amigo no era antijudío, pero tenía incorporados prejuicios antijudíos. Había interiorizado la ideología nazi, y esta ideología hablaba a través de él.

Y donde dice “judío” podemos decir hoy palestinos, mapuches, rojos, ecologistas, feministas, pobres, inmigrantes, etc. Es decir, cualquiera que sea considerado por la población hegemónica como alguien fuera de la comunidad de equivalencia y obligación moral. Es un “otro” que no forma parte del “nosotros”. Por lo tanto, no tiene nuestros mismos derechos: queda excluido del paraguas protector de nuestra comunidad y se pueden hacer con él cosas que no se le pueden hacer a los propios.

La llegada masiva de inmigrantes a Chile y a cualquier país es una consecuencia de las asimetrías entre países, producto de la actual globalización capitalista, y deriva de cuatro factores principales: movilidad del factor trabajo, crisis climática, persecución política y guerras. Todos los países son histórica o potencialmente productores y receptores de inmigración. Europa es actualmente un espacio receptor, pero desde finales del siglo XIX y principios del siglo XX cerca de cincuenta millones de personas salieron hacia América.

Los actuales flujos migratorios se producen en el contexto de una persistente campaña de intoxicación ideológica promovida por las extremas derechas, que busca la devaluación de categorías sociales completas y que los penúltimos en la escala social se enfrenten a los últimos. Esto es grave, pero forma parte de su identidad excluyente, que se manifiesta como xenofobia, racismo, aporofobia e intolerancia religiosa.

Más grave es la diseminación de las creencias excluyentes en toda la población; lo grave es cuando las creencias dominantes se convierten en las creencias de los dominantes, interiorizadas por los dominados. Pero, más grave aún es la pasividad y la tolerancia frente a estos comportamientos por parte de una parte importante de la población y de los políticos del mundo «progresista».

Y no solo pasividad: recordemos que hace poco tiempo el diputado Jaime Araya, independiente dentro del PPD, afirmó que, frente a la inmigración venezolana, «agarraría un barco, los echo a todos arriba y los mando de vuelta a Venezuela», añadiendo que «ni siquiera me enredaría si se puede humanitariamente o no».

Araya ni siquiera hace la diferencia entre migración irregular y regular y para él los derechos humanos son irrelevantes. Estas declaraciones quedaron en la total impunidad y, a lo más, fueron definidas como «polémicas» o «controvertidas». Este diputado encabeza ahora la crítica a las políticas del gobierno de Kast argumentando la «insensibilidad» que muestran frente al sufrimiento de las familias chilenas.

Estamos en todo el mundo en una etapa avanzada de «radicalización acumulativa», un proceso lento pero persistente en el que una persona intensifica su adhesión a ideas extremas mediante la suma de experiencias, influencias grupales y reforzamientos ideológicos.

Las legislaciones y prácticas excluyentes, como la delación institucional, el castigo a quienes acogen inmigrantes, la negación de derechos asistenciales a niños, la asociación constante y falaz de la inmigración irregular con la delincuencia, la creación de centros de internamiento para extranjeros o la repetición de ideas como “invasión” y “prioridad nacional” sirven de marco para que sea la misma sociedad, desde abajo, la que construya un consenso xenófobo. Y esto puede ser la antesala de crueles discriminaciones, limpiezas étnicas y “soluciones finales” que la historia mundial ya conoce y sigue conociendo, como los recientes ataques a inmigrantes en Belfast.

En Chile, se ha consolidado la idea de que al gobierno de Kast hay que cuestionarlo principalmente por el incumplimiento de sus promesas de campaña, y no por la ilegitimidad, inmoralidad o indecencia de muchas de ellas. Se ha validado así una crítica técnica, aséptica y tolerante frente a los medios, y no una crítica ética, comprometida e intransigente frente a los fines.

Resulta vergonzoso y triste oír a representantes de la centroizquierda reclamarle al gobierno el incumplimiento de la promesa de expulsión de inmigrantes. Porque esta promesa de expulsión, y otras políticas de discriminación asociadas, constituyen una inmoralidad, al estar basadas en un cálculo electoral mezquino y en la falta de empatía o compasión por el sufrimiento del otro, más allá de los plazos requeridos o de los recursos necesarios para ponerlas en práctica. El silencio frente a esta inmoralidad es también inmoral.

Sigue leyendo
LO QUE SE LEE AHORA
Julio Yung / Foto: Bionoticias.cl

Las más leídas

Te Puede Interesar