En las facultades de medicina y escuelas de salud se habla cada vez más de competencias, indicadores y resultados de aprendizaje. Se mide lo que se puede medir, se protocoliza lo que incomoda y -porque no decirlo- aquello que duele y ha producido grandes daños en las comunidades. Igualmente, se acelera todo aquello que no produce evidencia inmediata.
En ese paisaje, la formación médica corre el riesgo de olvidar algo esencial: que aprender a cuidar de otros seres humanos no es solo adquirir conocimientos técnicos, sino aprender a pensar de otra manera. Pensar con el cuerpo, con la duda, con el lenguaje. Pensar sin certezas totales. Detenerse ante lo ambiguo e impreciso, observar libres de apremios temporales, contemplar y reflexionar.
La filósofa española María Zambrano llamó a ese modo de conocer pensamiento poético: una forma de inteligencia que no fragmenta la experiencia, que no expulsa la emoción ni el sufrimiento del campo del saber, y que se atreve a permanecer en la intemperie de lo no resuelto.
En tiempos donde la educación médica parece orientarse cada vez más hacia la eficiencia y el rendimiento, se recortan los programas académicos y se tiende a medir todo lo posible. En ese contexto, preguntamos si volver a pensar como lo propone esta autora española es una necesidad ética y política más que un gesto nostálgico u ornamental.
Porque la medicina no se ejerce sobre cuerpos abstractos, sino sobre vidas concretas, muchas veces marcadas por la desigualdad, el dolor y el silencio. Y porque quienes se están formando hoy —estudiantes que habitan aulas exigentes, competitivas y frecuentemente deshumanizantes— también cargan con preguntas que no caben en una pauta de evaluación. Escuchar esas preguntas, darles un lugar legítimo en la formación, es una forma de resistencia.
En lo que sigue, la reflexión no se hará en solitario. Comparto el testimonio de una estudiante que decidió abrirse a una experiencia distinta en la lectura de Zambrano y su magistral obra Poesía y filosofía y nos demostró en una asignatura que da espacio a estas preguntas, cuán vigente puede estar el pensamiento poético en la educación médica contemporánea:
En un principio la lectura de Zambrano no fue fácil, pues no tuve claro cómo llevar sus ideas a algo que me fuera más cercano como estudiante de medicina. A raíz de estudiar desde la evidencia, la rapidez y la solución concreta, enfrentar un texto que no busca dar respuestas, sino plantear una pregunta, produjo en mí desconcierto y luego una pausa que no suelo permitirme.
Darme una pausa -escasa en la educación sanitaria- me permitió reconocer que el sufrimiento no siempre cae dentro de una categoría diagnóstica, y que existen dimensiones de la experiencia humana que solo se pueden entender desde la compasión, la sensibilidad y el lenguaje.
El pensamiento poético que se expone en “Poesía y filosofía” no busca eliminar la medicina que hoy conocemos, sino vivirla de una forma más humana. Llevarlo a la práctica clínica permitiría escuchar con paciencia aquello que en el relato de quien consulta está muchas veces oculto o fragmentado, evitando interrumpir relatos que muchas veces cortamos por intentar plantear un diagnóstico lo antes posible. El cuidado no puede reducirse a una intervención técnica, por más precisa que sea.
Las ideas de Zambrano también ayudan a reconocer que quien cuida es vulnerable. Aunque es difícil de aceptar, el médico no es un sujeto blindado cuya legitimidad y prestigio se midan solo por su rendimiento.
La formación nos entrena para responder con rapidez y certeza, rara vez para permanecer en la duda o tolerar no tener una solución inmediata. Tomarse un tiempo y detenerse puede parecer improductivo, sin embargo, es ahí donde se encuentra la dimensión ética de la medicina, pues permite que esta no se convierta en una práctica sobre cuerpos mudos y sin historia.
Integrar la mirada de Zambrano ayuda a comprender que ante el dolor no siempre habrá un algoritmo al cual acudir. Es una forma de pensar donde el cuidado nace de la vulnerabilidad que se comparte entre dos seres humanos que se encuentran en el lenguaje, aplicando la medicina sin dejar de lado lo complejo de existir.
El testimonio de esta estudiante nos recuerda que, incluso en medio de la prisa y la tecnificación que marcan la formación sanitaria actual, aún es posible abrir espacios donde la palabra, la sensibilidad y la pausa recuperen fuerza.
El pensamiento poético no solo critica, sino que también ilumina posibilidades: invita a imaginar una medicina donde el encuentro humano siga siendo el centro. El desafío de formadores y estudiantes del presente es lograr conservar esa apertura. Si los modelos de inteligencia artificial mejoran algunos de nuestros procesos quizás podamos recuperar tiempos para construir una práctica clínica más hospitalaria, compasiva y profundamente humana.