Perderse para Encontrar reúne a artistas, organizaciones, comercios y otros agentes de barrio Franklin en una exposición y un programa de actividades gratuitas que buscan proponer nuevas formas de recorrer y conocer el territorio. La iniciativa de Puebla se desarrollará los días 26 y 27 de septiembre y 3 y 4 de octubre en Factoría Franklin, con recorridos, talleres, instalaciones, conversaciones y otras experiencias abiertas a público de todas las edades.
Mauricio Redolés, Roberto Cayuqueo, Catalina Melo y Montserrat Vega son parte de la exposición y programación, que propone aproximarse a Franklin desde sus objetos, relatos, oficios, sonidos, materiales y memorias. La actividad se vincula con el turismo creativo, un enfoque que busca que las personas conozcan un territorio a través de la participación y el encuentro con quienes lo habitan.
En esta conversación, María José García, coordinadora general de Puebla y directora de Fundación Niebla, explica cómo nació Perderse para Encontrar, qué hay detrás de su metodología de trabajo en Franklin y por qué el juego, la creación colectiva y el encuentro pueden abrir nuevas formas de conocer y habitar un territorio.
En los proyectos culturales uno de los mayores desafíos es poder tener continuidad en el tiempo. En ese sentido, desde Puebla hemos buscado permanecer en el mismo territorio y convertirlo en un espacio de experimentación donde el juego, la participación y el encuentro permitan reunir a distintas generaciones y fortalecer las relaciones con las comunidades. Esta continuidad en el tiempo nos ha permitido construir vínculos, probar distintas metodologías y comprender mejor cómo las personas se relacionan con los lugares que habitan.
Perderse para Encontrar nace justamente de ese recorrido. Es el resultado de años de trabajo, vínculos y aprendizajes que hoy nos permiten seguir explorando nuevas formas de encontrarnos, pensar el territorio y mirarlo desde diversas perspectivas.
¿Cómo se construyó Perderse para Encontrar junto a los artistas y agentes del barrio?
En Franklin conviven la literatura, el comercio, los oficios y muchas otras capas que van construyendo una historia compleja muy relevante como patrimonio de nuestra ciudad. A partir de ahí aparece la pregunta de cómo transformar todo ese material en una experiencia sin imponer nuestra propia visión. Para nosotras es importante no definir qué es Franklin, sino abrir espacio para mostrar las múltiples historias y formas de habitar el barrio. Así ocurrió con Perderse para Encontrar. Incluso el nombre nació de esas conversaciones, porque una idea se repetía constantemente: en Franklin no hay mapas, uno se pierde y, justamente por eso, encuentra cosas.
En el proyecto aparecen objetos, relatos, sonidos, oficios y otros elementos cotidianos del barrio. ¿Cómo logran construir esos relatos que permiten mirar Franklin de otra manera?
Más que mirar los territorios desde afuera, buscamos vincularnos con ellos, poner en valor esas pequeñas historias, las personas que los construyeron y todo aquello que muchas veces pasa desapercibido. Santiago, como cualquier ciudad, está lleno de microhistorias y micromundos que vale la pena detenerse a descubrir.
Cuando uno descubre esas conexiones, empieza a mirar la ciudad de otra manera. Los lugares cotidianos adquieren nuevos significados y comprender esas historias también transforma la forma en que nos relacionamos con el lugar que habitamos.
¿Cómo entiendes el turismo creativo y de qué manera se relaciona con Perderse para Encontrar?
Para mí, propone una forma distinta de conocer un lugar. No se trata solo de visitarlo, sino de involucrarse con ese territorio, hacer algo allí y conocer a las personas que lo habitan.
Me gusta pensar que, así como la mediación artística busca generar un vínculo entre una obra y el público, el turismo creativo busca mediar entre las personas y un territorio. Esa idea dialoga muy en sintonía con el trabajo que hemos desarrollado en Puebla.
Una ruta patrimonial por ejemplo ya propone una forma activa de conocer un lugar, pero el turismo creativo va un paso más allá porque invita a crear en torno a esa experiencia. En ese sentido, el juego que hicimos sobre el barrio Franklin puede entenderse como una experiencia de turismo creativo, porque busca conocer el barrio pero implicándose de manera activa y lúdica en ese aprendizaje, no solo como espectador.
¿Qué buscan provocar en las personas que participen de las actividades?
En Perderse para Encontrar queremos reunir a vecinos, organizaciones, cultores y artistas para imaginar, en conjunto, formas de mirar el barrio. Y en ese ejercicio espontáneamente surgen tanto miradas críticas como también la necesidad y el deseo común de proteger el patrimonio de Franklin.
Hemos visto como la colaboración entre distintos actores moviliza al barrio y cuando nos activamos se produce un efecto de bola de nieve en que las cosas empiezan a suceder. Creemos que abrir esos espacios de encuentro fortalece las redes existentes y fomenta que aparezcan otras nuevas.
Por eso insistimos en permanecer en los territorios. Aspiramos a que, más allá de un proyecto puntual, quede instalada una red de colaboración que siga funcionando de manera autónoma. Creemos que esa capacidad de organizarse colectivamente es una herramienta que puede replicarse en cualquier comunidad para enfrentar sus propios desafíos.
En ese sentido, ¿qué buscan aportar desde Puebla a todo lo que ya existe culturalmente en Franklin?
Creo que Franklin es un barrio que lo tiene casi todo, mucha cultura, mucha historia. Hay artistas, comerciantes, cultores que alimentan día a día esa identidad del barrio, por lo que nuestra intención no es llevar algo de lo que carece. Más bien, buscamos aportar con nuestro granito de arena en reconocer, poner en valor y conectar todo eso que ya existe.
Por lo tanto desde Puebla nos interesa generar espacios donde aparezcan la curiosidad, el juego, el encuentro y el aprendizaje. Creo que esas son condiciones profundamente humanas. Todos podemos conmovernos frente a una experiencia estética, aprender jugando y sorprendernos cuando nos encontramos con otros. Ahí es donde realmente aparece la posibilidad de crear algo nuevo.
¿Tú ves esto —jugar con otros, reunirse, activar los barrios— como un acto político?
Sí, completamente. Proponer espacios de encuentro, colaboración, juego y disfrute fortalece nuestro sentido de identidad y pertenencia a un lugar. También implica cuestionar los discursos con los que fuimos formados, los discursos de los medios y abrir la posibilidad de imaginar otros futuros desde las comunidades y los territorios. Para mí, eso ya es un acto profundamente político.
También creo mucho en la pequeña escala. Detenerse a observar, dedicar tiempo a algo que podría parecer insignificante o incluso “perder el tiempo” en una actividad colectiva es, hoy, una forma de resistencia. En un contexto donde la cultura muchas veces se considera prescindible, defender estos espacios de encuentro es también una manera de reivindicar su rol fundamental en la construcción de sociedad.