Cuando el arquitecto chileno Emilio Duhart (1917-2006) ganó con su proyecto el concurso público para crear la sede de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), recordó naturalmente a Le Corbusier, padre de la arquitectura moderna, con quien había colaborado en Europa varios años atrás. Pero Duhart tuvo claro que en este edificio, que diseñó a partir de 1960, convergían tanto la influencia del genio catalán, como su propio aprendizaje y práctica de las bases del Modernismo mundial y, por sobre todo, un diálogo original de esos referentes con los elementos particulares del territorio chileno y la cultura latinoamericana.
Estos son los factores que hacen tan único al complejo de edificios, construido en una zona rural de Santiago Este (actual comuna de Vitacura) bordeando el río Mapocho, que fue inaugurado el 29 de agosto de 1966. La institución dependiente de la ONU ha tenido desde entonces su centro de operaciones en esta amplia estructura de hormigón armado, que constituye un hito de la arquitectura a nivel continental y, acaso, global.
Con la colaboración de los arquitectos Christian de Groote, Roberto Goycoolea y Óscar Santelices, Duhart emprendió esta obra monumental de características inéditas en el Chile de la segunda mitad del siglo XX. Las edificaciones de la Cepal son antecedidas por un gran estanque oval asimétrico y una enorme teja de hormigón. Un anillo de oficinas es sostenido por 28 pilares, agrupando cuatro patios que evocan, con sus especies botánicas, diferentes zonas de Chile. Este anillo exterior se conecta por corredores y puentes peatonales con los tres edificios interiores. El resultado es un recorrido fluido por niveles distintos. La arquitectura parece jugar con la gravedad y, a la vez, plantarse con todo el peso de la estereotomía —el arte de tallar y ensamblar la piedra o el hormigón en grandes volúmenes—, que según muchas interpretaciones emula las grandes montañas de Chile.
Quizás la imagen más emblemática del edificio Cepal sea el caracol de concreto, con su forma cónica recortada en una ligera diagonal hacia la cúspide. Allí están, en planos ascendentes, las salas de conferencias. Su iluminación se ayuda en gran parte del día con las ventanas que Emilio Duhart diseñó para atrapar la luz natural y generar ventilación cruzada, redistribuyendo los flujos de aire en todas las direcciones. El comportamiento de las aguas fue también cuidadosamente diseñado para atravesar el edificio, como un sistema oculto y expuesto a la vez. Este sistema conduce y reutiliza las aguas lluvias para el riego y el aire acondicionado. Todos estos detalles dan cuenta de la importancia que Duhart daba a la naturaleza y el uso razonable de los recursos.
El edificio CEPAL fue concebido en armonía y diálogo con la ciudad, la que puede ser observada en panorámica desde su terraza sobre el auditorio, abarcando los cerros, el cielo y el río Mapocho. Como obra arquitectónica se creó tanto para ser contemplada como para ofrecer una contemplación del paisaje de Santiago.
Revelando la simbología en los muros de la CEPAL
El caracol tiene en sus muros exteriores toda una narrativa de signos y símbolos que Duhart seleccionó de su investigación bibliográfica. Su intención fue cruzar el presente de América Latina y El Caribe —al que se abocan las funciones de la CEPAL— con las huellas culturales en la historia del continente. En años recientes, el proceso detrás de la inscripción de estos 48 símbolos ha sido explorado por la historiadora y curadora chilena Evelyn Meynard en su libro Re-imaginando la arquitectura moderna: Emilio Duhart 1940-1970 (Actar Publishers y Ediciones ARQ). En sus páginas, el arquitecto Alberto Montealegre Klenner cuenta su testimonio como dibujante de la mayoría de estos signos. Según relata, eran trasladados a plantillas de cholguán y terciado por un carpintero, para ser posteriormente sellados por Montealegre en el cemento fresco, mientras se construía el edificio.
Como parte de su investigación, Evelyn Meynard invitó al especialista en culturas precolombinas José Pérez de Arce a hacer la "traducción" de estas imágenes. Así se obtuvo la inédita reconstrucción de un relato esencial de nuestros países, desde el principio de los tiempos. Estos símbolos en bajo relieve hablan, entre otras cosas, de los hallazgos de Monteverde que datan vida humana en lo que hoy es Chile, 14.800 años atrás; o del guanaco, animal endémico del mundo andino; de la pintura rupestre en la Patagonia; de los petroglifos de Arequipa; de las armas y embarcaciones prehispánicas, el cultivo del choclo en México, los sistemas de riego agrícola de la civilización Moche, los animales híbrido entre felino, serpiente y águila, o el mito del hombre jaguar en Colombia.
La inscripción de estos signos prehispánicos, así como las citas a la arquitectura colonial y la casa de campo chilena en el patio central e interiores; incluso el uso de materiales del entorno, como las arenas y ripio del río Mapocho, son elementos que confirman una mirada particular del Modernismo en Emilio Duhart. Mucho más que un desplazamiento de las ideas foráneas que él fue recogiendo en su larga trayectoria y viajes, este arquitecto buscó una impronta única, con sello chileno y, junto a ello, la restitución de un imaginario latinoamericano. Abordando la historia compartida, expresó en su edificio —y particularmente en la simbología recuperada e inscrita en el hormigón— la profundidad de las funciones que debía abordar una institucionalidad abocada a examinar y proyectar los destinos del continente.
Emilio Duhart es también conocido por el diseño del campus Universidad de Concepción (1969), y alrededor de un centenar de proyectos institucionales, industriales, religiosos, educacionales, edificios de altura y residenciales en Chile y el exterior.