Durante la última década, la ciudadanía chilena se ha visto especialmente expuesta al fenómeno global de los podcasts de política. Si bien estos llevaban años en otros países, no fue sino durante la pandemia que el contenido digital y de creación más casera aumentó en número y producción, todo esto derivado del estallido social, el posterior encierro consecuencia del covid y los proyectos constitucionales.
Este producto audiovisual fue una de las principales herramientas de las nuevas formas de hacer propaganda, aquellas que se caracterizaron por la influencia de empresas informáticas extranjeras como Cambridge Analytica y el financiamiento offshore, mediante asociaciones con ideales extremos como CPAC.
Si bien estos ejemplos se ven lejanos, ambos tuvieron una influencia en la política nacional e incluso alentaron la creación de sus versiones locales, igualmente efectivas a la hora de influenciar a algunos votantes que, tras largas y extenuantes jornadas de trabajo, solo podían informarse mediante lo que el maquiavélico algoritmo les ofrecía en las pantallas de sus teléfonos.
Si observamos estos productos, con facilidad notaremos que el principal gancho comercial es la indignación, pues tras el micrófono, lo que se ve es a una persona muy expresiva simplificando distintos problemas de interés público a incomprobables afirmaciones llenas de ira, discriminación y violencia. Estas emociones son fáciles de transmitir, apelan a lo más instintivo del ser humano, quien ante distintas carencias propias de la vida moderna, termina abrazando estos defectuosos ideales con la misma vehemencia que su carismático podcaster.
En el año 2021 y en el auge de las productoras de contenido online, aparece el programa Sin Filtros, que es una suerte de superprograma que reúne a estos rostros de la rabia en conjunto a otros políticos de profesión, con el objetivo de generar un constante debate en supuesta imparcialidad de condiciones, lo que a todas luces nos parece imposible, dado que desde ya, uno de sus productores es un reconocido ultraderechista que, mediante tal programa, logró poner en la palestra temas que ya se daban por superados, dejándolos al mismo nivel que otros asuntos más cercanos a la razón y justificados en las ciencias. Así es como regresaron tópicos como la pena de muerte, la proscripción a algunos partidos políticos, la militarización del orden público y otras ideas que hubiesen sido imposibles de plantear de forma seria hace 20 años.
Sin Filtros funcionó de mil maravillas, por meses fue el programa más visto y las redes sociales estaban inundadas de reels y tiktoks donde sus personajes aparecen discutiendo e insultándose para luego alardear con grandes y coloridas letras que alguien barrió el suelo con el otro, que tal persona fue humillada o que un exacerbado sujeto destrozó a su oponente. La discusión política vio disminuida su calidad y esto no es una frase al voleo, porque cuando vemos a una persona discutir una materia de la cual no es experta ni tiene experiencia, con mayor exposición que otra que sí sabe de lo que habla, es porque la finalidad nunca fue generar debate, sino desinformar y afectar al electorado.
El fenómeno no se limitó a este programa; le siguieron otros con menor presupuesto pero igualmente financiados, algunos que simplemente funcionan como caja de resonancia y posicionamiento de futuros candidatos, como el apabullado podcast La Cofradía.
Igualmente, esta mecánica ha sido utilizada por medios tradicionales en búsqueda de su espacio en internet, siendo natural que la tentación haya llegado a la radio y hoy existen emisoras con una clara agenda política consistente en entregar figuras al actual gobierno, sin importar los pergaminos o el prontuario del postulante. Sin ir más lejos, ejemplo de este caso se da en la fracasada vocería de Mara Sedini, quien tenía por oficio ser panelista en uno que otro mesón lleno de figuras como Pancho Orrego o Ivette Avaria (cónyuge de Johannes Kaiser, figura clave del ragebait nacional).
Finalmente, podemos decir que esta técnica aún no está agotada, aunque, como bien sabemos, hasta la incombustible farándula tuvo su final, por lo que tarde o temprano este modelo caerá para abrir paso a otros que pueden ser mejores o peores.
Hoy lo vemos en su versión post con el caso de Próceres, que resulta ser más plástico o forzado, dado que tiene un claro ejemplo a seguir en Sin Filtros y, por tanto, podría resultar en un desgaste del formato para el que no hay tanto público en un país de pocos habitantes. Este programa está en la palestra y no por su contenido, sino por sus orígenes, donde su conductor Gonzalo Feito ha sido apuntado porque habría sostenido conversaciones con el presidente José Kast, mientras que la productora Porcel TV utiliza espacios de la empresa estatal TVN para generar un contenido que está lejos de significar una necesidad pública que el canal de todos deba suplir.
Sinceramente, espero que la sobreproducción que hoy vemos pueda generar la decadencia de estos productos y, si tenemos algo de suerte, su eventual desaparición. Quizás así podamos volver a discutir sobre políticas públicas con una mirada del siglo XXI y de la mano de quienes sí tienen competencias para estos asuntos.