sábado 19 de septiembre de 2026
Opinión

La Independencia de Chile: un horizonte de libertad al fin de la dominación colonial española (1810-1817)

Las sociedades mestizas y populares mayoritarias experimentan - sin conocer ni desconocer los argumentos jurídicos y constitucionales de la ‘polis’ - el significado de la libertad en la historia concreta. Con un modo esperanzado, cósmico y poético

19 de septiembre de 2026 - 09:00

“Convertida por la herética y atropelladora independencia la antigua Ollería [de los Jesuitas] en cuartel trocóse en seguida en Maestranza” (Benjamín Vicuña Mackenna 1831-1886, Una peregrinación a través de las calles de la ciudad de Santiago, Santiago, 1902, 15).

“Bajo tu planta, libertad, se doble / la cerviz orgullosa de los reyes; / no haya esa línea de plebeyo y noble… / haya sólo igualdad y justas leyes.” (Eusebio Lillo 1826-1910, Libertad en Chile. 18 de septiembre de 1844).

“Se fregaron las Españas / con su rey de hojas de lata / quiso el león hacer hazañas / y lo ataron de las patas.” (Antonio Acevedo Hernández, La cueca: orígenes, historia y antología, Santiago, 2014, 304).

Benjamín Vicuña Mackenna habla de la “herética y atropelladora independencia”. ¿Qué lleva al historiador a usar esas palabras? La década de 1810 introduce una alteración revolucionaria en el sentido social del tiempo establecido en Chile. Comienza a cuestionarse el régimen de historicidad de la “universitas christiana” europea, la imaginada por el emperador Carlos V y su sacro imperio.

Es el fin de la monarquía y de sus altos representantes en el país: el clero católico romano y la élite fiel a sus ordenanzas. Se introduce un horizonte utópico de igualdad imposible de imaginar y reconocer por la mentalidad establecida desde el siglo XVI. El tiempo colonial se agrieta: puede recomponerse, pero ya está quebrantado, herido en sus fundamentos.

En 1811 prosperan las ideas revolucionarias, frente a los planes reformistas de la aristocracia santiaguina, principal bastión colonial. José Miguel Carrera (1785-1821), con 25 años, después de combatir contra la invasión napoleónica en España, vuelve a su tierra, a vivir y luchar con sus hermanos. Es el caudillo más popular por su espíritu resuelto e indómito. Tiene una visión más amplia de la historia de su tiempo. En 1812 encabeza una Junta que da a luz la Aurora de Chile, el primer periódico chileno, encargado a Camilo Henríquez, religioso perseguido por la Inquisición española. Aparece el primer escudo nacional: la representación de una mujer y un hombre indígenas, con el lema “Después de las tinieblas la luz. Se inventa la primera bandera chilena: reemplaza el emblema militar de la monarquía, la cruz aspada roja de Borgoña.

Bordada por Javiera Carrera enseña la pura naturaleza: el cielo azul, la nieve andina, los campos dorados de trigo y maíz, el alimento esencial. Se iza por primera vez en El Monte, no en Santiago, en 1812. Blanco y azul: colores sagrados mapuches. No está el rojo, que aparece en la bandera posterior como símbolo de la guerra (Vera y Pintado, 1817). Al ver la bandera de Carrera, dice Camilo Henríquez, “El León se postra, se confunde y tiembla.” (El Monitor Araucano, 1813).

Se promulga el Reglamento Constitucional, precursor de la Constitución política. Nace la libertad de imprenta. Se fundan el Instituto Nacional y la Biblioteca Nacional, instituciones culturales públicas. Acontecimientos políticos y simbólicos que alcanzan una significación en el tiempo largo de Chile. Acompaña en la década, a José Miguel Carrera, otro joven, Manuel Rodríguez, “verdadero centauro de la imaginación popular” (Ricardo A. Latcham, en Estampas del Nuevo Extremo. Antología de Santiago 1541-1941, Nascimento 1941, XXXIII).

En el transcurso de la década se propaga un estilo cultural que enfatiza formas propias de compartir y de sentir entre los seres humanos. El baile de la cueca, o zamacueca, adquiere prestigio como danza de la tierra, con sus orígenes árabes o africanos. Los espacios desenvueltos de chinganas y fondas, palabras también de origen quechua y árabe, adquieren especial visibilidad. Las expresiones mestizas se imponen a la luz del día. Triunfa un sentido entusiasta, jovial, de la vida, de raíces andinas, andaluzas, africanas. Un mundo que no se aviene con los pesados muros de la arquitectura colonial – los templos, los palacios, las casas grandes, la prisión - y de las pesadas cargas de la culpa y del castigo enseñadas por un clero confundido con la obediencia al rey y a Dios.

Todo esto encarna una liberación del miedo de los siglos coloniales santiaguinos, con sus lúgubres penitentes, viernes santos, y terremotos que derriban los proyectos urbanos (Joaquín Díaz Garcés, “La ciudad del miedo”, en Ricardo A. Latcham, obra citada, 1941, 291-294; Eugenio Pereira Salas, Danzas y cantos populares de la Patria Vieja, Santiago, 1938; Maximiliano Salinas, “El espíritu carnavalesco y la defensa de la tierra: las poesías populares sobre Manuel Rodríguez”, Caravelle. Cahiers du monde hispanique et lúso bresilien, Toulouse, 88, 2007, 31-47). “Las voces y risotadas en que la alegría popular desahoga el fuego de su contento y el exceso tumultuoso de su robusta vitalidad”, se escuchan en la década de 1810 (Alberto Blest Gana, Durante la Reconquista: novela histórica, París, 1897).

La Santa Sede condena la Independencia.

Es el breve apostólico del Papa Pío VII Etsi longissimo terrarum, ‘Desde los confines más remotos de la tierra”, de 1816.

“Nos competen, el excitaros más con esta carta a no perdonar esfuerzo para desarraigar y destruir completamente la funesta cizaña de alborotos y sediciones que el hombre enemigo sembró en esos países. Fácilmente lograréis tan santo objeto si cada uno de vosotros demuestra a sus ovejas con todo el celo que pueda los terribles y gravísimos prejuicios de la rebelión, si presenta las ilustres y singulares virtudes de Nuestro carísimo Hijo en Jesucristo, Fernando, Vuestro Rey Católico, para quien nada hay más precioso que la Religión y la felicidad de sus súbditos.”

El obispo de Santiago, José Santiago Rodríguez Zorrilla, condena la Independencia de Chile.

Se niega a jurar obediencia al Reglamento Constitucional de Carrera de 1812. En 1817 Bernardo O'Higgins, el hijo del virrey borbónico, lo deporta a Mendoza. En 1824 el Papa León XII insiste en condenar la independencia de América y sus “inventores de innovaciones”. En 1825, finalmente, Rodríguez Zorrilla es embarcado a Madrid por su vínculo con Giovanni Muzi, delegado del Vaticano en Chile, acusado de ser espía de la Santa Alianza.

Los intelectuales republicanos de Santiago se imponen morigerar el entusiasmo popular.

José Ignacio Cienfuegos Arteaga, clérigo de la aristocracia, recomienda en su Catón cristiano-político para el uso de las escuelas de la República de Chile: “[Huye] de las bufonadas groseras, gestos, sátiras y murmuración (...). Para reír, no darás grandes carcajadas.” (1819). Juan Egaña Risco, nacido en la sede virreinal de Lima, filósofo universitario, diputado por Melipilla en el Congreso Nacional de 1811, explica en 1823 que la revolución es algo serio, no “un juguete o una cosa cómica” (Mario Góngora, El pensamiento de Juan Egaña sobre la reforma eclesiástica, en id., Estudios de historia de las ideas y de historia social, 1980).

Con el transcurso del siglo la revelación utópica de la década de 1810 pierde visibilidad, sobre todo en las alturas del persistente orden oligárquico que sabe a monarquía, a restauración, a nostalgia del espíritu de la Corona. Continúa la desigualdad histórica de ricos y pobres, la intolerancia religiosa, los aires de superioridad étnica y cultural, los tonos de ‘distinción’ social. Es el “peso de la noche”. Lo que interesa a Diego Portales para sostener un orden que no es claro como el día. La rápida expansión del mundo burgués fractura más la relación entre los chilenos en la segunda mitad del siglo.

En 1886 Rubén Darío observa la capital del antiguo reino: “Santiago es aristócrata. Quiere aparecer vestida de democracia, pero en su guarda ropas conserva su traje heráldico y pomposo. Baila la cueca, pero también la pavana y el minué. Tiene condes y marqueses desde el tiempo de la colonia, que aparentan ver con poco aprecio sus pergaminos… El Palacio de la Moneda es sencillo, pero fuerte y viejo. Santiago es rica, su lujo es cegador. Toda dama santiaguina tiene algo de princesa… La alta sociedad es difícil conocerla a fondo; es seria y absolutamente aristocrática.” (Rubén Darío, Obras de juventud, Santiago, 1927, 164-165).

En 1891, cinco años después de la mirada de Rubén Darío, la alta sociedad santiaguina, encerrada en su endogamia familiar, socialmente compacta en el Club de la Unión, comprometida económicamente con los intereses de Gran Bretaña, enajenada prácticamente del pueblo chileno, decide derrocar al presidente de la república José Manuel Balmaceda. El político liberal estaba rompiendo el círculo oligárquico con una perspectiva más dilatada y generosa de la historia, más cercana a la tierra y al pueblo de Chile.

La Guerra Civil, que Balmaceda sabe una revolución antidemocrática, destroza la humanidad del país, con cinco mil a diez mil muertos. En 1920 Joaquín Edwards Bello señala que en 1891 se experimenta una lucha entre el “roto” y el Club de la Unión (Manuel Vicuña, La belle époque chilena, Catalonia, 2010, 53. Ver Heraclio Acuña, “Romance en guitarrón al Presidente Balmaceda”, en Juan Uribe Echevarría, Antología para el Sesquicentenario 1810-1960, Anales de la Universidad de Chile, 1960, 196-197; Micaela Navarrete, Balmaceda en la poesía popular, 1886-1896, DIBAM, 1993).

Las sociedades mestizas, la reconfortante mayoría de los habitantes de Chile -lejos de Santiago, o en sus suburbios y extramuros – interpretan a su modo el fin de la monarquía española. No tienen el capital político, económico ni cultural de la elite santiaguina. Lo instintivo es celebrar a su aire el “Dieciocho”. Con fondas, chinganas y ramadas, con un espontaneísmo natural, como la llegada de la primavera imposible de detener.

El “Dieciocho” es la oportunidad para que el pueblo se reúna, ría y cante, disfrute de su propia lengua, improvise su propia poesía, baile contento con sus propios bailes, coma lo que más le guste, invite a quien quiera, defina su espacio de libertad: “A mí el 18 de setiembre, día de la libertá, no me lleva nadie preso.” O, pueda decir, con razones más altas y humanas: “Más me gustan tus ojitos / que la bandera chilena”. El 19 de septiembre es la oportunidad de seguir festejando en un conventillo con gran regocijo la “cueca larga del 19” (Antonio Acevedo Hernández, “Un 18 típico”, “La cueca larga del 19”, en Juan Uribe Echevarría, Antología para el Sesquicentenario 1810-1960, Anales de la Universidad de Chile, 1960, 227-237).

Así se respira el aire de una libertad real, con el cuerpo y con el alma, la promesa de un mundo venturoso y comunitario, donde la tierra - como la viven los pueblos originarios de la humanidad y sus descendencias mestizas -, se comparte con reciprocidad, sin apropiación privada, sin distinción de hombres, mujeres y niños: la entera humanidad.

La utopía revoltosa de 1810, que se imagina desde la naturaleza y con un rechazo vigoroso al despotismo - “tu campo de flores bordado / es la copia feliz del Edén” (Eusebio Lillo, 1847) - cala en el inconsciente colectivo. Dice una cueca patriótica de fin de siglo: “Rodríguez dejó una herencia / y Bilbao la agrandó / Balmaceda le dio forma / y el burgués la destrozó. / Huérfano gime el pueblo / bajo cadena / pero tiene en el pecho / una promesa. / Una promesa sí / qué llegará / vendrá como una flor / la libertad” (Antonio Acevedo Hernández, La cueca. Orígenes, historia y antología, Tácitas, 2014, 170). Las sociedades mestizas y populares mayoritarias experimentan - sin conocer ni desconocer los argumentos jurídicos y constitucionales de la ‘polis’ - el significado de la libertad en la historia concreta. Con un modo esperanzado, cósmico y poético.

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