sábado 19 de septiembre de 2026
Mascotas

Etóloga Josefa Ramírez sobre el vínculo felino: "Llámalo gathijo, pero nunca le quites el derecho de ser gato"

En entrevista con El Desconcierto, la veterinaria y etóloga Josefa Ramírez, autora de "Entiende a tu gathijo", abordó los límites entre el amor y la humanización de los gatos, el duelo animal y su próximo proyecto sobre aves. "El límite está en no confundir amor con humanización", aseguró.

19 de septiembre de 2026 - 09:00

En el marco del lanzamiento de Entiende a tu gathijo (Plaza & Janés), la veterinaria y etóloga clínica Josefa Ramírez —autora también de Entiende a tu perrhijo— conversó con El Desconcierto sobre el comportamiento, las emociones y las necesidades de los gatos. La entrevista abordó, además, el debate sobre el concepto de "gathijo", el duelo animal y sus próximos proyectos.

Leo y Simba, motor del libro

—En el libro dedicas un espacio muy especial a tus gatos, Leo y Simba. ¿Qué rol cumplieron ellos durante el proceso de escritura de este libro? ¿Hay alguna anécdota divertida o emotiva que no hayas incluido en las páginas y que haya marcado este camino?

Para mí, mis gatos lo fueron todo: inspiración y acompañamiento, motivación para escribir y determinación para querer entregar el mensaje. Mis gatos lo fueron todo en el proceso y en la motivación de querer comunicar la verdad sobre los gatos. Bastantes anécdotas, como por ejemplo el Leo me acompaña en mis días cuando estoy falta de cariño, literalmente cuando llego a mi casa después de una situación que me deja abajo emocionalmente, llegar y saber que estará mi gato es como automáticamente saber que estará todo bien. Es la sensación que me dan de literal ese apapacho que necesito y que, claro, como vivo sola, él es el encargado de ser esa base segura que necesito jaja.

—Los gatos pasaron de ser dioses en Egipto o guardianes en Irlanda y Escocia, a ser perseguidos por brujería en la Edad Media, y hoy son furor en internet y vistos casi como "hijos". ¿Cómo explicas esta evolución?

Hoy ocurre algo muy distinto: empezamos a conocerlo de verdad, está con nosotros dentro de nuestras casas y durmiendo en la misma almohada. La ciencia del comportamiento, la etología y también nuestra propia sensibilidad como sociedad nos han permitido entender que ese gato que antes veíamos como distante, independiente o incluso “interesado”, en realidad es un animal profundamente social, capaz de generar vínculos de apego, de reconocer nuestras rutinas, nuestras emociones y de construir relaciones individuales con nosotros.

Hoy sabemos que un gato tiene preferencias, límites, personalidad, emociones, formas propias de comunicarse y necesidades que van muchísimo más allá de ponerle comida y una caja de arena. Y el internet de alguna forma nos ha hundido en conocimiento y justificación: nos permitió observarlos, compartir sus rarezas, reírnos con ellos y descubrir que millones de personas estaban viviendo vínculos muy parecidos en sus casas. Pero para mí hay algo todavía más bonito: el gato nos obliga a relacionarnos de una forma distinta. No puedes imponer el vínculo. Tienes que aprender a observar, respetar sus tiempos, leer sus señales y ganarte su confianza. Y creo que eso explica por qué hoy tantas personas los consideran parte de su familia, incluso sus “gathijos”.

—El concepto de "gathijo" genera discusión entre quienes lo ven como un hijo y quienes creen que no es equiparable a un niño humano. ¿Dónde está el límite para no caer en una humanización excesiva que perjudique su naturaleza?

Para mí, el límite está justamente en no confundir amor con humanización. Yo puedo decir “mi gato es mi hijo” desde el vínculo, desde el cuidado, desde la responsabilidad afectiva. Pero eso no significa que deba tratarlo como a un ser humano ni esperar de él conductas humanas. Ahí entra algo que me gusta mucho explicar: la antropomorfización contextual. Antropomorfizar no siempre es negativo. Es más, gracias a esto hoy en día tenemos las tasas más bajas de maltrato animal. Nos ayuda a empatizar, a comprender que un gato puede sentir miedo, frustración, seguridad, apego o placer.

El problema aparece cuando proyectamos categorías humanas sobre él de una manera que borra su especie. Por ejemplo, decir “está celoso”, “me está castigando”, “lo hace por venganza” o “debería entender que esto está mal” puede llevarnos a interpretar mal una conducta que quizás tiene una explicación completamente felina. Entonces mi llamado siempre es el mismo: quiérelo muchísimo, considéralo familia, incluso llámalo gathijo si eso representa lo que significa para ti, pero nunca le quites el derecho de ser gato.

—¿Cómo pueden los tutores proteger a sus gatos para que no absorban su estrés o terminen enfermándose por su propia carga emocional?

Creo que aquí hay algo muy importante: nuestros gatos pueden acompañarnos emocionalmente, pero no deberían cargar con la responsabilidad de sostenernos. Ellos perciben muchísimo de nuestro estado interno: cambios en nuestras rutinas, tono de voz, movimientos, tensión corporal, disponibilidad para interactuar, incluso alteraciones en el ambiente.

Para mi “absorben” nuestras emociones de una forma mágica, súmale que viven dentro de nuestro clima emocional y pueden verse afectados por él. Para mí, protegerlos también implica hacernos responsables de nosotros mismos. Si estoy pasando por un periodo de mucho estrés, ansiedad o tristeza, no necesito alejarme de mi gato, pero sí evitar convertirlo en mi única fuente de regulación. Tengo que seguir respetando sus tiempos, sus espacios y, sobre todo, su derecho a decir que no, y ser consciente de mi propia emocionalidad para también evitar que de alguna forma les afecte directamente nuestro sentir. Recordemos que existen gatos que llegan a somatizar también enfermedades. Un gato necesita poder retirarse, esconderse, dormir sin interrupciones, observar desde lugares altos, jugar, explorar y mantener rutinas relativamente predecibles.

Esas pequeñas cosas le dan algo fundamental: sensación de control sobre su propio ambiente. También debemos aprender a mirar sus señales. A veces pensamos que un gato está “acompañándonos”, cuando en realidad está tolerando demasiado contacto. Si gira las orejas, mueve la cola con tensión, cambia de postura, se lame repentinamente, intenta alejarse o empieza a esconderse más, tenemos que ver eso. Al final, una relación sana no es aquella en la que mi gato calma todas mis angustias ni un gato ni ningún tercero.

—A diferencia de los perros, existe el mito de que los gatos son súper independientes, cuando en realidad son más autosuficientes pero requieren muchos cuidados. ¿Crees que no todos están preparados para adoptar un gato, o es algo que se aprende en el camino?

Creo que hay un poco de ambas cosas. No todo el mundo está preparado de entrada para convivir con un gato, porque todavía cargamos con muchas expectativas humanas sobre cómo debería comportarse un animal que vive con nosotros. Pero también creo profundamente que esa sintonía se puede aprender. Para mí, el punto de partida debería ser aceptar a la especie tal como es. Un gato no viene a adaptarse completamente a nuestro mundo. Nosotros también tenemos que aprender a entrar en el suyo. Y aquí me gusta mucho la mirada del enactivismo, inspirada en Maturana y Varela, porque plantea que los seres vivos no son receptores pasivos de un mundo externo: construyen significado a través de su cuerpo, de su historia y de la interacción con su entorno.

Un gato, entonces, no es simplemente un animal al que nosotros “enseñamos” a vivir con nosotros. Es un ser autónomo que está constantemente interpretando su ambiente y tomando decisiones desde su propia experiencia. Y cuando convivimos, ocurre algo precioso: nos vamos acoplando.

Y ahí aparece la “gatonalidad”. Porque además de respetar lo que significa ser gato como especie, tenemos que descubrir quién es ese gato en particular. Hay gatos extremadamente sociales, otros más contemplativos; algunos necesitan mucho contacto físico y otros prefieren compartir el espacio sin ser tocados constantemente. Ninguna de esas formas de vincularse es mejor que otra. Por eso para adoptar y convivir con cualquier individuo y ser vivo deberíamos preguntarnos siempre “¿estoy dispuesto a conocer a este individuo y construir una relación con él?”.

Sobre Josefa y sus proyectos

—Tu libro es una guía sobre los cuidados desde que nace un gato. ¿Has pensado en profundizar en cómo acompañarlos en sus últimos días y transitar el propio duelo?

Sí, absolutamente. Para mí, hablar de la muerte es tan importante como hablar de la vida. Porque cuando evitamos la muerte, muchas veces también evitamos vivir de verdad. Acompañar a un animal en sus últimos días puede ser una de las experiencias más dolorosas, pero también una de las más profundas y transformadoras que podemos vivir. Yo siento que nuestros animales llegan a nuestra vida con un propósito, que de alguna manera nos acompañan, nos enseñan y transforman a la familia completa.

Pero, independientemente de nuestras creencias, hay algo que sí podemos compartir: acompañar hasta el final también es una forma de amar. Y para mí acompañar bien tiene mucho que ver con el desapego. No con querer menos, sino precisamente con querer tanto que somos capaces de preguntarnos qué necesita el otro, incluso cuando eso significa dejarlo ir. A veces nos aferramos muchísimo al cuerpo físico porque la idea de perderlo nos resulta insoportable. Pero en esa etapa tenemos que intentar volver a mirar al animal: su calidad de vida, su dolor, su capacidad de descansar, comer, moverse, disfrutar y seguir teniendo momentos de bienestar.

Prepararnos implica conversar antes de que llegue el momento, conocer las opciones de cuidados paliativos y final de vida, aprender a reconocer cuándo estamos prolongando la vida y cuándo quizás estamos prolongando el sufrimiento, y permitirnos después vivir nuestro propio duelo. Porque quizás el último acto de cuidado que podemos ofrecerles sea ese: estar presentes, acompañarlos con dignidad y, cuando corresponda, tener el coraje de soltar. Y creo que ahí la muerte deja de ser solamente una pérdida. También puede convertirse en una última enseñanza sobre el amor, la presencia y el desapego.

—Escribir un libro obliga a recortar mucha información. ¿Qué temas relacionados con el mundo felino te hubiese gustado profundizar más o sientes que tuviste que dejar pasar en esta edición, y por qué tomaste esa decisión?

Creo que este libro quedó exactamente como tenía que quedar. No siento que me haya guardado algo importante. Es mi segundo libro y, mirando hacia atrás, en Entiende a tu perrhijo siento que quizás escribí desde un lugar más contenido, más cuidadoso, como si todavía estuviera midiendo cuánto de mí quería mostrar. En este libro fue distinto. Uno de mis propósitos era justamente soltarme mucho más, exponerme, poner sobre la mesa no solo lo que sé, sino también cómo siento y cómo entiendo el vínculo con los animales. Y creo que eso se logró. Aunque ahora, reflexionando, me guardé la conversación acerca del duelo y la muerte, seguro en una segunda edición añadimos esta cosmovisión.

—-¿Qué novedades vienen por delante? ¿Se asoma una segunda parte de "Entiende a tu gathijo" o algo distinto, como un libro sobre convivir con aves?

Mi sueño es escribir sobre aves, especialmente sobre psitácidos y guacamayos, porque siento que es una de las especies con las que más estamos al debe. Con perros y gatos todavía tenemos muchísimo que aprender, pero al menos existe una conversación cada vez más instalada sobre bienestar, conducta, enriquecimiento, necesidades emocionales y vínculo. Con las aves siento que recién estamos comenzando.

He convivido durante seis años con un guacamayo y, además, lo he observado desde mi formación como etóloga. Y mientras más aprendo, más me cuestiono que no estamos hechos para compartir nuestra vida con animales tan complejos. Porque no basta con tener una jaula grande, buena comida y cariño. Estamos hablando de animales con necesidades físicas, cognitivas, sociales y emocionales enormes que siendo honesta y transparente no podemos cumplir ni satisfacer. Necesitan volar, forrajear, explorar, tomar decisiones, interactuar, aprender y disponer de muchísimo tiempo y espacio. Además, muchas especies pueden vivir varias décadas, por lo que la decisión de tenerlas implica una responsabilidad que incluso puede trascender nuestra propia vida. Y ahí aparece una pregunta que me parece incómoda, pero necesaria: ¿por qué queremos tenerlos? Porque no son animales domesticados. Y creo que cuando desconocemos su naturaleza, aunque tengamos las mejores intenciones, podemos terminar limitando profundamente su calidad de vida.

—En el libro confiesas que antes no eras cercana a los gatos, hasta que la mascota de un amigo despertó en ti el deseo de tener uno. ¿Cómo invitarías a una persona escéptica, que cree que los gatos son huraños, a leer este libro?

Yo fui esa persona. Tenía muchos prejuicios sobre los gatos. Y hoy mírenme, incluso los prefiero. Pero justamente por haber vivido esa transformación, no creo que tenga sentido tratar de convencer a alguien de que ame a los gatos o de que lea este libro.

Por eso no le diría a alguien escéptico “tienes que leer este libro porque estás equivocado respecto a los gatos”. Le diría: “si alguna vez un gato te genera una pregunta, te intriga o te hace sentir algo que no esperabas, este libro puede ayudarte a entrar en su mundo”. Porque Entiende a tu gathijo no está escrito para convencer a todo el mundo. Está escrito para encontrarse con quienes necesitan encontrarse con él. Y quizás con los gatos ocurre exactamente lo mismo.

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