domingo 20 de septiembre de 2026
Opinión

Patria de cartón: El disfraz que no cubre la vergüenza

Cada dieciocho, Chile se llena de huasos de utilería. Sombrero alón, poncho planchado, botas que jamás pisaron un potrero y una foto bien encuadrada para que el país sepa quién defiende "lo nuestro". El problema es viejo: la patria no se demuestra con vestuario, se demuestra con soberanía. Y ahí el disfraz empieza a quedar corto.

20 de septiembre de 2026 - 07:00

Mientras se agita la bandera y suena Los Huasos Quincheros en los supermercados como rezo del consumo, ese entusiasmo no aparece cuando el litio, el cobre o la infraestructura estratégica se negocian con potencias extranjeras. Ahí el discurso cambia: ya no se habla de soberanía, sino de "atraer inversión". Curiosa patria, que se pone brava por una bandera mal doblada pero calla ante un acuerdo minero firmado con Washington.

¿De qué patria hablamos entonces? ¿De la que sale a caballo en la Plaza de Armas o de la que decide, con letra chica y sin cámaras, quién controla los recursos del país? Entregar recursos estratégicos al capital extranjero no es automáticamente traición —depende de condiciones y beneficios—, pero sí merece preguntas incómodas sobre quién gana y cuánto poder conserva Chile sobre lo suyo.

Ese patriotismo de utilería tiene una función precisa: hacer creer que defender los símbolos equivale a defender los intereses. No es lo mismo. La bandera no negocia tratados ni protege salarios. La cueca no controla el litio. El rodeo no cuida la frontera. Eso lo hacen instituciones, leyes y voluntad política, no una manta sobre los hombros.

Lo mismo ocurre puertas afuera. Hay una fascinación evidente por alinearse con liderazgos internacionales como Donald Trump, como si la soberanía se demostrara eligiendo bien al padrino. Una política exterior soberana no consiste en arrodillarse ante Washington, Pekín, Moscú o Tel Aviv, sino en negociar con todos y obedecer a nadie.

Un ejemplo que calza perfecto con este patriotismo mal gestado es el rodeo: la contradicción se vuelve casi cómica. Los mismos sectores que se declaran "provida" encuentran, misteriosamente, que esa vida deja de importar cuando tiene cuatro patas, cola y termina acorralada contra una medialuna a punta de golpes.

La vida se defiende, sí, pero con exclusiones tan convenientes que uno sospecha que no es la vida lo que defienden, sino su propia comodidad moral. Esa es la trampa de fondo: convertir la tradición en coartada para no cuestionar el maltrato animal, tratar al migrante como amenaza, al disidente como traidor y al extranjero como enemigo. Nada de eso es patriotismo; es autoritarismo con banda tricolor, maquillado de folclore.

Y si hablamos de coartadas convenientes, la Iglesia no se queda atrás: mientras bendice el Te Deum, convoca a rezar por Chile a los mismos fieles que después maltratan animales en la medialuna o miran para el lado ante los atropellos del poder. Esa es la trampa perfecta: consagrar la hipocresía en nombre de Dios, para que nadie revise su conciencia. Ahí está el verdadero poder fáctico, no en la manta huasa, sino en una institución que reparte perdón sin exigir cambio y bendice la bandera sin preguntarle nada al que la porta. Rezar por la patria no cuesta nada cuando se reza de rodillas ante el poder y se insulta de pie al débil.

Una nación madura no embalsama cada costumbre como reliquia intocable; se pregunta qué vale la pena conservar y qué ya no está dispuesta a tolerar. Ninguna tradición se vuelve justa solo por ser antigua. Cuestionar el rodeo también es patriotismo, igual que defender a un animal del sufrimiento o decir que una tradición puede ser chilena y, a la vez, moralmente indefendible. Nadie que ame algo lo defiende sin poder cuestionarlo.

Chile no cabe en un sombrero ni en una canción de Los Quincheros. Cabe en la soberanía sobre su territorio, en el trabajo digno, en la educación, la salud y el derecho a decirle que no a cualquier poder, extranjero o doméstico, cuando los intereses del país están en juego. Y cabe, sobre todo, en la dignidad de quienes lo habitan: pueblos originarios, trabajadores, disidentes, migrantes y seres sintientes incluidos, esos chilenos que nunca salieron en la foto con el caballo.

Por eso resulta tan pobre esa versión de amor a la patria que necesita enemigos internos y banderas agitadas para sentirse legítima. Quien realmente ama a su país no necesita gritarlo cada 18 de septiembre; lo demuestra cuando nadie mira y cuando el que exige obediencia no es el vecino incómodo, sino el poder de verdad, el que factura en dólares.

Así que la próxima vez que alguien se ponga el poncho, levante la bandera y dé lecciones de chilenidad, vale la pena hacerle una pregunta: ¿está defendiendo la patria, o disfrazando sus propias miserias con los colores nacionales?

Porque una bandera puede cubrir muchas cosas. Pero no todas merecen ser cubiertas, y las miserias humanas no las cubre una bandera, por grande que sea.

Notas Relacionadas

Las más leídas

Últimas noticias