miércoles 24 de junio de 2026

Secretos del Mapocho: El río que todavía no miramos

Recuperar el Mapocho exige coraje político, gobernanza metropolitana, coordinación intercomunal real e inversión sostenida en infraestructura ecológica.

24 de junio de 2026 - 05:00

Es probable que no exista en Santiago un hito urbano, natural y paisajístico más determinante que el río Mapocho. La historia del río Mapocho es fascinante y está profundamente ligada a la vida de los pueblos originarios y a la propia fundación de Santiago. En términos simples: sin el Mapocho, la ciudad no existiría.

Su nombre da cuenta de esa relación ancestral. Una de las interpretaciones más extendidas lo traduce como “agua de la tierra ” o “ agua que penetra la tierra ”, en alusión a un comportamiento hidrológico clave como lo es la infiltración en el valle. Otra lectura lo vincula a mapuche-ko, “agua de los mapuches ”. Ambas acepciones remiten una relación entre territorio, cultura y agua.

Pero el Mapocho no es un río cualquiera. Es un torrente de régimen nivopluvial, caracterizado por marcadas variaciones estacionales de caudal, máximos en invierno por precipitaciones intensas y en primavera por deshielos cordilleranos, y mínimos durante el verano. Esta dinámica explica su comportamiento históricamente impredecible con altas velocidades, gran capacidad de transporte de sedimentos y crecidas súbitas.

Durante siglos, el Mapocho no tuvo un cauce fijo. En episodios extremos, se expandía sobre el valle, inundando grandes extensiones y dividiéndose en múltiples brazos. Uno de ellos recorría lo que hoy conocemos como la Alameda. Antes de la llegada de los españoles, los incas ya habían intervenido su curso, desviando aguas hacia sectores que hoy conocemos como Recoleta y Huechuraba, donde se generaba una caída, a la cual la avenida El Salto debe su nombre.

Domar el Mapocho ha sido una tarea persistente y nunca completamente resuelta. Los tajamares coloniales, construidos para contener sus crecidas, fueron sobrepasados en múltiples ocasiones. Infraestructuras emblemáticas como el Puente Cal y Canto (erigido en el siglo XVIII con piedra del cerro San Cristóbal) también enfrentaron su fuerza. La relación entre Santiago y su río ha sido, históricamente, más de contención que de convivencia.

Pero el Mapocho guarda otros secretos, menos visibles y profundamente reveladores. A pesar de la presión urbana, aún alberga biodiversidad nativa. En su tramo alto habita el bagrecito (Trichomycterus areolatus), un pez gato adaptado a corrientes rápidas que todavía puede encontrarse en sectores como Lo Barnechea y Vitacura. Más abajo, en zonas periurbanas cercanas a Peñaflor, habita la rana chilena (Calyptocephalella gayi), una de las especies de anfibios más antiguas del planeta, considerada un verdadero fósil viviente cuya estirpe se remonta al Cretácico. Su presencia confirma que el Mapocho es un corredor ecológico activo.

Otro de sus secretos es su color. El Mapocho no es, por naturaleza, marrón. Su tonalidad original es más bien clara, con matices verdososazulados. El color caférojizo que habitualmente observamos se explica principalmente por la conexión artificial con la cuenca del Maipo a través del Canal San Carlos, obra iniciada en la Colonia y concluida en 1829 tras décadas de construcción. Este canal no solo aumentó el caudal del Mapocho, sino que incorporó sedimentos provenientes del río Maipo, y este a su vez, del río Colorado.

Durante estos días de junio, cuando el Canal San Carlos entra en mantención y se reducen o interrumpen sus aportes, el Mapocho recupera ese color más transparente que sorprende a muchos habitantes de la ciudad. Junto con ello, también se desmonta otro mito persistente: desde la entrada en operación de las plantas de tratamiento a comienzos de la década de 2010, el río dejó de recibir descargas directas de aguas servidas en su tramo urbano.

Sin embargo, este redescubrimiento del río suele ser momentáneo. El vínculo cotidiano con el Mapocho sigue marcado por el abandono. La acumulación de residuos en su cauce es una de sus expresiones más evidentes. El gran tapón de basura en Pudahuel durante las lluvias de junio de 2023 no fue una anomalía, sino la manifestación de un problema estructural: falta de cultura ambiental, débil fiscalización y ausencia de una política sostenida de gestión del río como sistema integrado.

Frente a esta realidad, han emergido iniciativas valiosas desde la ciudadanía y desde el Estado descentralizado. Organizaciones como Superbee, Conciencia Ambiental, Austerra o el Frente de Río han impulsado acciones de limpieza, educación y activación territorial. Desde lo público, la declaratoria del Mapocho como humedal urbano en gran parte de su extensión constituye un avance significativo.

No solo por su escala —involucrando a 16 comunas—, sino porque instala un cambio de paradigma: entender el río como ecosistema y no solo como infraestructura de evacuación. Este esfuerzo, además, logró articular voluntades políticas diversas, reuniendo a alcaldes y al gobierno regional en torno a un objetivo común.

A ello se suma el proyecto Paseo Urbano Fluvial Río Mapocho del Gobierno de Santiago, actualmente en fase avanzada de tramitación. La iniciativa busca transformar la relación cotidiana con el río, permitiendo recorrerlo, habitarlo y ponerlo en valor. Experiencias internacionales como la renaturalización del río Cheonggyecheon en Seúl, la recuperación del Sena en París o la revitalización del río Magdalena en Barranquilla demuestran que es posible revertir décadas de abandono y reconectar a las ciudades con sus ríos. Este proyecto podría ser el inicio de un nuevo ciclo para el Mapocho.

Santiago fue construida dándole la espalda, tratándolo como frontera, vertedero o canal de evacuación. Hoy, en un contexto de cambio climático, eventos extremos más frecuentes y creciente presión sobre los recursos hídricos, esa mirada no solo resulta obsoleta, sino derechamente irresponsable.

Recuperar el Mapocho exige coraje político, gobernanza metropolitana, coordinación intercomunal real e inversión sostenida en infraestructura ecológica. Pero también exige algo más profundo: reconocer que los ríos urbanos no son un problema a controlar, sino sistemas vivos que pueden ser parte de la solución.

Mientras no hagamos ese cambio, el Mapocho seguirá escondiendo sus secretos y Santiago seguirá sin aprender a mirarlo.

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